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Tarapacá



El 27 de noviembre un episodio glorioso de nuestra historia se refleja en este día, en que con un ejercito mal armado y mal preparado se logró la única victoria en la campaña terrestre durante el conflicto con el vecino país del sur, que había puesto sus ambiciones en nuestro territorio.

Terminada la campaña marítima, con el Monitor Huáscar y Grau fuera de combate, los chilenos quedaron dueños y señores del mar; se inició entonces la campaña del sur, con lo cual los chilenos pretendían invadir todo el sur de nuestro territorio. La mayor parte de la campaña se desarrolló en territorio peruano, fue entonces que los chilenos emprendieron dos campañas, la de "Tarapacá " y la de "Tacna y Arica".

Tarapacá estaba resguardada por un contingente de 10 mil soldados peruanos y cerca de 4 mil bolivianos, todos ellos al mando del general Juan Buendía. Cerca del lugar, en Atacama, estaban acantonadas las tropas chilenas con un total de 16 mil hombres muy bien equipados; estas fuerzas zarparon de Antofagasta con la finalidad de invadir Tarapacá el 29 de octubre de 1879; fueron transportados en cuatro barcos de guerra al mando del militar chileno Erasmo Encalada.

La primera meta que se trazaron los chilenos fue tomar el pequeño pero estratégico puerto de Pisagua, el cual se encontraba resguardado por un pequeño contingente de mil hombres al mando de Isaac Recavarren. Las tropas chilenas llegaron en la madrugada del 2 de noviembre y atacaron el puerto; la tropa peruana frustró el desembarco hasta en tres oportunidades, hasta que la mala suerte jugó un papel importante; se produjo el incendio de 50 mil quintales de salitre, lo cual causó grandes bajas en las tropas peruanas y su consiguiente derrota.

Coronel Arequipeño ,Don Isaac Recavarren Flores "El León de Pisagua"

Los chilenos marcharon luego sobre San francisco, que era el paso obligado para tomar luego Tarapacá; para resistir el ataque era necesario el concurso de 3 mil soldados bolivianos que debían concurrir desde Arica, esto no se dio, pues las tropas al mando del militar boliviano Hilarión Daza nunca llegaron a Tarapacá; inexplicablemente Daza demoró su marcha y luego desobedeciendo ordenes superiores, retornó con sus tropas a Arica.

El 19 de noviembre, enterado Buendía de la actitud traidora de Daza, retrasó el ataque para el día siguiente, pero la mala suerte otra vez cubrió a las tropas peruanas con su oscuro manto; un soldado boliviano dejó escapar un tiro de fusil, con lo cual se originó en forma inusitada la batalla de San Francisco.

La batalla fue dura y sangrienta, duró aproximadamente 3 horas y significó un duro revés para las tropas peruanas, quienes fueron abandonadas por las tropas bolivianas, que se batieron en franca deserción cuando vieron la cosa perdida.

 Un reducido número de sobrevivientes llegó a Tarapacá para recobrar las fuerzas y continuar la retirada a Arica; los chilenos enterados de esto decidieron atacar sorpresivamente, fue así que un 27 de noviembre las tropas chilenas pretendieron sorprender a los peruanos; sin embargo un arriero había informado a las tropas peruanas que se acercaba el ejército chileno, esto dio tiempo a organizar la defensa de la plaza.

Combatiente arequipeño en Tarapacá ,don Máximo León Velarde .Fotografía del MHMA


Lo primero que hicieron los chilenos fue tomar una colina para atacar desde un sitio alto, el ejército peruano, hábilmente dirigido por el coronel Belisario Suárez, defendió Tarapacá. En el lugar se encontraban también las tropas del héroe nacional Andrés Avelino Cáceres, quien en base a ingenio y hábiles maniobras de sus batallones “Zepita”( integrado en su mayoría por soldados cuzqueños ) y  el batallón “2 d e mayo”, desalojó a los chilenos de su reducto, el mismo ímpetu tomaron las tropas del Crnl Alfonso Ugarte con los batallones Iquique. Tras la batalla se inició la persecución, lamentablemente el ejército peruano no contaba con caballos y estaba casi sin municiones, motivo por el cual tuvo que abandonar la persecución de las tropas chilenas.


Don Nicanor Ruiz de Somocurcio  combatiente arequipeño en Tarapacá  del batallón "Ayacucho"


Los artilleros , sin material bélico a las ordenes del Crnl. Castañon tuvieron que incorporarse a la infantería de Cáceres y de igual manera luchar en las filas como infantes, de igual manera la II división del Crnl. Francisco Bolognesi con los batallones guardias de Arequipa el “Ayacucho” tras iniciativa de los capitanes José Camilo Valencia (natural de Camana) del “Ayacucho” y Rudecindo López del “Guardias de Arequipa“ ,quienes prendieron fuego a las tropas atrincheradas chilenas y posteriormente sellaron la victoria .


El Perú se encontraba gobernado por Mariano Ignacio Prado, que había sucedido al gobierno civilista de Manuel Prado y recibió un país en crisis. Posteriormente Mariano I. Prado sería acusado de traición al abandonar el país en un pésimo momento, le sucedería Piérola quien el 23 de diciembre de 1879 asumiría la jefatura de la República aprovechando la incertidumbre para hacerse del poder. La batalla de Tarapacá representa el pasaje más glorioso en nuestra historia republicana; inmersa en una guerra en la cual no teníamos nada que ver y en la que el Perú solo entró en virtud de un pacto con el vecino país de Bolivia, al cual Chile le declarara la guerra.

El momento político era difícil para el Perú, el ejército tuvo como principal arma el valor, el sacrificio y la entrega, a falta de otras mejores o más efectivas, frente a un ejército como el chileno, que se dice, estuvo armándose y planificando esta guerra por más de 8 años. Fue esta una batalla que se pudo ganar en la guerra del Pacífico, en base al valor de nuestros soldados y del pueblo peruano en general.

Los Guardias de Arequipa
 Uniforme del batallón "Guardias de Arequipa"
(Uniformes de la Guerra del Pacifico. Patricio Grieve-Claudio Fernández)


Al estallar la guerra con Chile el gobierno peruano dispuso la creación de nuevos cuerpos militares para hacer frente al adversario, los primeros en ser llamados a las filas del ejército fueron los guardias civiles de distintas ciudades que por su entrenamiento y las características propias de su oficio se encontraban en una situación equiparable a los soldados del Ejercito de línea.

El Coronel Alejandro Bezada, a la sazón Prefecto de Arequipa, organizó con gran diligencia una División de 560 hombres, cuyo mando asumió el mismo, poniéndose en marcha hacia el sur, en la primera quincena de abril de 1879. Estas fuerzas la integraban dos columnas de la Guardia Civil de Arequipa, la Gendarmería de Arequipa y Puno y la Guardia Nacional de Arequipa, las mismas que después formaron con el Batallón “Ayacucho” la Tercera División del Ejército Peruano del Sur, de esta manera se formó el Batallón Guardias de Arequipa, integrado por seis Compañías de la Guardia Civil y una Columna de Gendarmes, con un total de 560 hombres.


Lista de Revista  pasada en Arica ,del Batallón Guardias de Arequipa,  el 14 de abril de  1880 ( del libro:  Intervención de Arequipa en la guerra con Chile, Arturo Santos Mendoza.)


El destino no quiso que el Prefecto arequipeño llegara a enfrentarse al agresor, pues, a  poco de  su arribo a Iquique  falleció accidentalmente, siendo reemplazado por el Coronel Manuel Carrillo y Ariza.

Al fallecimiento del Coronel Bezada, la Tercera División del Ejército del Sur pasó a ser comandada por el Coronel Francisco Bolognesi Cervantes

Cuando se tuvo noticia de la toma del puerto peruano de Pisagua el Batallón Guardias de Arequipa marchó para hacer frente a la invasión chilena.

Como parte de la Tercera División del Ejército Peruano del Sur, el Batallón Guardias de Arequipa, que no tomó parte en la batalla de San Francisco, marchó a Tarapacá (pueblo de la sierra sur del Perú) donde el 27 de noviembre de 1879 tendría lugar la batalla del mismo nombre y en la cual al batallón al que pertenecía Mariano Santos le sería confiada la defensa del mismo que era atacado por el Regimiento de Infantería "2º de Línea" del Ejército de Chile, en el combate, que tuvo lugar en las mismas calles del pueblo, el Guardia Civil Mariano Santos natural del Distrito de Lucre, provincia de Quispicanchi, Cusco., logró, con la bayoneta en la mano, apoderarse de la coronela del regimiento enemigo tras una sangrienta lucha en la que pereció toda la escolta.

Estandarte y escolta del regimiento 2do de Línea, entre ellos el subteniente Telésforo Barahona, oficial portaestandarte caído en Tarapacá.


Por esta acción a Mariano Santos se le llamó el Valiente de Tarapacá mereciendo una mención especial en el parte que el jefe de su División, el coronel Francisco Bolognesi, redactó tras la batalla señalando que fue él quien arrancó el estandarte de las manos del enemigo; en el lado chileno el comandante accidental del Regimiento de Infantería "2º de Línea" (por haber muerto su primer jefe) manifestó a sus superiores lo siguiente:

Igualmente merecen distinción especial la escolta del estandarte compuesta de los valientes veteranos, todos premiados... Estos individuos, peleando como leones en defensa de su querido deposito perecieron todos en sus puestos, y antes de morir, tres de los últimos que cayeron, tomaron la oportuna precaución de quemar el estandarte, antes que permitir fuera insultado y mancillado por los enemigos de su patria.


Ilustración que describe el momento en que el Guardia Civil Mariano Santos Mateo del Batallón Guardias de Arequipa de la III División del Ejército Peruano del Sur se apodera de la coronela del Regimiento 2º de Línea de la infantería del ejército de Chile durante la Batalla de Tarapacá ocurrida el 27 de noviembre de 1879.


Parte del comandante Liborio Echanez, Regimiento 2do de Línea

Poco después al saberse que el estandarte había sido capturado por las tropas peruanas la prensa chilena circuló la versión que el subteniente Barahona al ser herido mortalmente había rodado envuelto en el estandarte al fondo de la quebrada sin que el resto del regimiento pudiera recuperarlo y de donde supuestamente lo recogieron los peruanos.

Tras la victoria, el ejército peruano continuó su marcha al puerto de Arica donde en una ceremonia solemne, llevada a cabo en la puerta de la Catedral de San Marcos de Arica, el contralmirante Lizardo Montero condecoró y ascendió a Inspector de Guardias GC (Grado equivalente al de Teniente del Ejército de aquella época), el 31 de enero de 1880, al Guardia GC Mariano Santos Mateos, quedando el trofeo capturado en la iglesia de esa ciudad, de donde fue trasladado luego a la de Tacna, en la que sería encontrado por tropas chilenas tiempo después y devuelto a su regimiento antes de la Campaña de Lima.
Un “Zepita “ Arequipeño

Subteniente Emeterio Díaz Arenas



Nació en Yarabamba y se bautizo el 03/03 /1860 en la parroquia de Quequeña fue hijo de Doña Feliciana Díaz Arenas .Inicio su carrera militar tomando parte en la guerra con Chile , donde formó en el batallón “Zepita ".

Terminada la guerra con Chile continuo su carrera militar hasta obtener el grado de sub teniente principalmente en el batallón "Puquina" , siendo su jefe el coronel Pedro Celestino Miranda ; tomaron parte en varios combates de las revoluciones del sur, como partidarios del Gral. Andrés Avelino Cáceres.

Triunfante Pierola , cayo el batallón "Puquina" y sus integrantes se retiraron de la vida militar, enseguida se convirtieron en agricultores y formaron familias. El sub teniente Emeterio Díaz Arenas contrajo matrimonio con doña Gertrudis Fernandez Durand , llegando a ser padres de maría Díaz Fernández , madre de los Drs. Dn. Artemio Peraltilla Díaz, profesor, abogado , historiador y escritor, y Dn. Anibal Peraltilla Díaz distinguido profesor.Falleció en Arequipa el 18/07/1955
  
Fuente: Profesor . Artemio Peraltilla Díaz


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"Melgar"De la letra del poeta Percy Gibson y la música de Don Benigno Ballón Farfán



La última entrevista al Mariscal Andrés Avelino Cáceres


Foto : Archivo Courret.


La patria celebra hoy, estremecida de júbilo, la gloriosa efeméride de la batalla de Tarapacá, página honrosa de nuestra historia y blasón de orgullo para el Ejército Nacional. Todos los peruanos evocamos, con los ojos, el alma, la epopeya singular en que un puñado de bravos, sublimados por el sacrificio y exaltados por el infortunio, en vigoroso empuje, destrozaron a las poderosas y engreídas huestes chilenas, poniéndolas en vergonzosa fuga.

Si desgraciadamente fue infecunda esta victoria, por la impotencia de nuestro Ejército para perseguir, desprovisto como estaba de caballería, a los derrotados enemigos, debemos guardar, empero, eterno culto a ese puñado de bravos que, lejos de abatirse ante la fatiga, el hambre y la desnudez a que quedaron reducidos, después del desastre de San Francisco, reconcentraron todas las potencias de su alma y todas las fuerzas de su organismo en un supremo ímpetu de coraje para cubrirse de gloria y dar a la América una lección única de heroísmo y de energía.

Al rememorar, nosotros, esta hazaña imperecedera, saludamos llenos de patriótico orgullo a los beneméritos sobrevivientes de ella.

En el pintoreso barrio del Leuro en Miraflores, al amor de la soledad y la paz campesinas, vive, entregado a sus recuerdos y mimado por el cariño de los suyos, el viejo Mariscal del Perú.
Hasta su poético retiro, va a buscarle el insaciable reclamo de nuestra curiosidad periodística y el homenaje rendido de nuestro orgullo patriótico y encontrando la acogida cordial de su vejez gloriosa.

Lo hallamos en su escritorio, acomodado en un sillón de cuero, abrigadas las débies piernas por gruesas mantas de color oscuro. Visto correcto de jaquet gris y cubre la nieve de sus canas, con una gorra del mismo color. Decoran las paredes del aposento finas estampas que reproducen escenas guerreras.


De un gran cuadro al óleo, que se alza sobre el escritorio, se destaca la fina y bella efigie de la hija del mariscal, cuya fresca y alegre juventud fue tronchada por la muerte. Frente al retrato del héroe de La Breña, luciendo sobre su pecho las medallas ganadas a fuerza de bravura y de audacia, y sobre el rostro, la condecoración eterna de su gloriosa cicatriz.

Mariscal, en el aniversario de la victoria de Tarapacá, demandamos de usted, el relato vívido de esa gloriosa acción.

Se anima el rostro venerable del anciano guerrero. Un relámpago encandila sus pupilas y alisándose, nerviosamente, las albas barbas puntiagudas, nos dice: Recuerdo la batalla, con absoluta precisión, y voy a relatársela, como si acabara de realizarse.

Y empieza el relato con voz emocionada:

Me encontraba yo, con mi división, en una de las calles de Tarapacá, tomado un rancho frugal, antes de emprender, con todo el Ejército y como lo habían hecho ya las tropas del general Dávila, la retirada hacia Arica, después del desastre de San Francisco, cuando mi ayudante que había distinguido al enemigo en la cresta de los cerros situados al Oeste de la ciudad, llegó corriendo a avisármelo. Al recibir esta inesperada noticia, estaba comiendo. Solté la pequeña cacerola que contenía mi ración, y procediendo con impetuosa actividad, ordené a mi división que se lanzara con la bayoneta calada, cerro arriba, para desalojar al enemigo.

Procedí rápidamente a dividir mis tropas en tres columnas: la primera y la segunda compañías formaban la de la derecha, que puse al mando del comandante Zubiaga, valiente y experto jefe; la del centro la constituyeron la quinta y sexta compañías, mandadas por el mayor Pardo Figueroa, distinguido jefe, también, y la de la izquierda quedó formada por la tercera y cuarta compañías que confié al mayor Arguedas.

Advertí a mis tropas que evitaran hacer fuego, mientras no hubieran alcanzado la cumbre, para economizar las municiones, que, por desgracia, eran muy escasas. Al coronel Recavarren, Jefe de Estado Mayor, le envié en comisión donde el coronel Manuel Suárez, que tenía el mando del batallón Dos de Mayo, para que hiciera, con sus fuerzas, igual distribución a las del Zepita, y se colocara a mi izquierda.

A poco, ya cuando mis bravos soldados se habían lanzado al combate, llenos de entusiasmo y de ardor bélico, el coronel Belisario Suárez toma sus disposiciones y los coroneles Bolognesi, Ríos y Castañón, se sitúan en sus respectivos emplazamientos.

El Zepita escala el cerro por el lado Oeste, con empuje irresistible desafiando los tiros que el enemigo descarga sin descanso sobre ellos. Se despliegan en guerrilla y sin detenerse, disparan incesantemente, a ciento cincuenta metros del enemigo, que cede al empuje de los nuestros. La columna Zubiaga, se lanza a la bayoneta sobre la artillería chilena y, audazmente, se apodera de cuatro cañones. Las columnas de Pardo Figueroa y de Arguedas, despedazan, entre tanto, a la infantería enemiga.

Perdón, Mariscal, en ese asalto, ¿qué acción notable de arrojo, de sus soldados, recuerda usted?

No puedo olvidarme del heroísmo del Alférez Ureta, de la compañía primera de la columna derecha, que inflamado por un ardiente entusiasmo patriótico y un coraje a toda prueba, se montó sobre un cañón chileno, lanzando estruendosos vivas a la patria. Tampoco me olvidaré nunca de un acto meritísimo del comandante José María Meléndez, veterano de la Columna Naval, uno de los primeros en unírseme en el asalto al enemigo.

Cuando derrotados los chilenos y cansados nosotros de perseguirlos infructuosamente, por falta de caballería; desfallecíamos de sed y de hambre, al extremo de que me vi obligado a humedecer los labios de algunos de mis soldados con pequeñas rodajas de un limón, que por fortuna llevaba en uno de mis bolsillos de mi casaca; el comandante Meléndez se presentó de repente y sin que yo pudiera explicarme su procedencia, cargando un barril de agua que aplacó la sed de esos valientes. Y como éste, tantos otros episodios de coraje y de entusiasmo.

Y destrozada la infantería y despojados los chilenos de su artillería, ¿qué pasó?

El enemigo así castigado en ese primer combate por los nuestros, huyó a la desbandada, pampa abajo, perseguido de cerca por los nuestros y acampó a una legua de distancia hasta juntarse con otro cuerpo chileno que vení­a a reforzarlos. Entretanto, mi caballo habí­a sido herido de un balazo y hube de detenerme, a mitad de jornada. Un oficial que habí­a encontrado una mula de un regimiento chileno, me la trajo y montado en ella, pude seguir la persecución.

Después de tres horas de refriega, tuvimos que contramarchar hasta el sitio donde había tenido lugar el primer ataque, porque mis tropas estaban rendidas por la fatiga de la acción. El general en Jefe Buendía me dio su enhorabuena por el éxito alcanzado por mi división. Pero en medio de la alegría del triunfo, hube deplorar profundamente la muerte de mis mejores tenientes: Zubiaga, Pardo Figueroa, mi propio hermano Juan… también rindieron la vida en el primer encuentro.

¿Y el segundo encuentro?

Reforzada mi división con el batallón Iquique que mandaba el inmortal Alfonso Ugarte, la Columna Naval de Meléndez, un piquete del batallón Gendarmes que mandaba Morey, una compañía del batallón Ayacucho con Somocurcio (*arequipeño) a la cabeza, una hora después se reanudaba la lucha en plena pampa hacia el SO de Tarapacá.

Primero se realiza un vivo combate de fusilería sostenido por ambas partes, con empeño. El enemigo es arrollado cinco veces, rehaciéndose, luego otras tantas. Entonces envolviendo el ala y el flanco izquierdo chileno que manda Arteaga, con mis tropas lo obligué a retirarse hacia el sur. El batallón Iquique llega a tiempo para rechazar a los granaderos chilenos que habían sorprendido al Loa y al Navales.

Sin embargo, antes, Arteaga trata de rehacerse en vano y nosotros cargamos otra vez con irresistible denuedo. En momentos que la victoria se decidía ya por nuestras armas, llegó Dávila con su división al trote (habí­an recorrido 12 kms. desde Huarasiña) y muy cerca del flanco chileno, aún jadeantes, le hace repetidas descargas de fusilería. Entonces yo aproveché para dar el definitivo ataque por el centro, que decidió la derrota de los chilenos que abandonaron el campo, dejando tras de sí sus 6 últimas piezas de artillerí­a Krupp, entonces la más moderna del mundo. Fue en ese momento –prosigue entusiasmado el Mariscal- cuando llamé al Capitán Carrera y, entregándole uno de esto cañones, le dije: “artillero sin cañones, ahí tiene Ud. una pieza para actuar”. Y a fe mía que supo hacerlo, disparando sobre la retaguardia enemiga que huía.

Eran las cinco de la tarde. La batalla había terminado después de nueve horas de reñida lucha. Sobre el campo quedaron muchísimos de mis bravos soldados junto con centenares de enemigos

Pero, le he relatado solamente la parte que me tocó desempeñar a mí, en la altura. Sin embargo Uds. deben saber que en la quebrada, Bolognesi, Castañón, Dávila y Herrera se batieron con ardor.
Fue un soldado de Bolognesi, Mariano de los Santos, quien se apoderó de un estandarte chileno. El enemigo es arrojado por esa parte hasta Huarasiña, después de vigorosos encuentros y ahí se reúne con los restos de la división Arteaga, que nosotros habíamos arrollado.

Al mismo tiempo, todo nuestro ejército se concentra, y reunidas todas las fuerzas perseguimos a los chilenos hasta más allá del cerro de Minta. Ya les he dicho que fue imposible barrerlos, como hubiéramos querido, porque la fatalidad que siempre nos acompañó en la guerra, quiso que no tuviéramos caballería. Y así, la victoria fue infructuosa, pues después de ella faltos de víveres y de refuerzos, hubimos de continuar nuestra retirada a Arica.

¿Cómo fue la batalla de San Francisco? 

Doloroso es el recuerdo: la falta de previsión, el espionaje chileno, la defección de Daza y su famoso cable: “Desierto abruma, ejército niégase seguir adelante”, el asalto frustrado, la muerte del Comandante Espinar al pie de los cañones chilenos, la catastrófica retirada nocturna…

¿Cuál fue la causa decisiva de la perdida de la guerra? 

La falta de organización militar y autonomí­a bélica, particularmente en municiones. Eso en cuanto al aspecto técnico, pero más allá, la discriminación racial fue determinante. No hubo armonía cultural ni polí­tica. La falta de organización militar, de cohesión, de armonía política.

Había patriotismo, había entusiasmo generoso, había valor y virtudes militares en nuestros soldados y en nuestros oficiales, pero también hubo mucha traición en los sectores pudientes.

¿Y en nuestros generales? 

También. Hubo demasiados generales, cuyos conocimientos y aptitudes no pudieron destacarse en la contienda, por falta de disposición de un comando totalmente politizado.

¿Pero, usted cree, que, sin esos defectos y deficiencias, hubiésemos podido ganar la guerra?

Con toda la superioridad numérica y armamentística del ejército chileno, creo, firmemente que sí­. La desunión, el desatino, la ambición política y la carencia de identidad en los sectores acomodados nos perdieron.

¿Cuándo comenzó su carrera?

En 1854, acababa de estallar la revolución contra Echenique, provocada por los escándalos de la corrupción del guano. De todos los rincones del país, se sumaban las adhesiones. En Ayacucho, mi tierra natal, don Ángel Cavero, uno de los vecinos del lugar, encabezó el movimiento rodeado de simpatí­a popular. Muchos jóvenes nos presentamos voluntarios a filas. Yo contaba 19 años, estudiaba en la universidad de Huamanga y era de los más entusiastas. Nos apoderamos de la gendarmerí­a. Luego llegó el ejército rebelde, en donde terminé de enrolarme. Entonces el general Castilla, a quien sin duda caí­ en gracia, me llamó a su despacho y me dijo: “¿Quiéres seguir la carrera?”, “Sí­, señor, es mi mayor deseo”, le contesté con aplomo. Entonces, me respondió, palmeándome la espalda, “serás un buen guerrero”.

¿Y el mariscal Castilla, cómo le trató a Ud.? 

Castilla, que me conoció desde la batalla de La Palma, me dispensó simpatí­a y apoyo. Tanto, que varias veces soportó mis engreimientos. Y eso que una vez me le sublevé.

¿Le hizo la “revolución”?

He querido decir que tuve un rapto de altivez. Fue cuando el Mariscal quiso formar el batallón “Marina”. Llamó a palacio a los oficiales escogidos de los distintos regimientos. Yo fui destacado del Ayacucho. Ya me habí­a conocido en La Palma y después en la campaña de Arequipa contra Vivanco. Pues bien, Castilla revistó uno a uno a todos los oficiales congregados y al llegar a mí, se detuvo observándome y me dijo: “¿Cómo se Ilama Ud. capitán?”. Me impresionó desfavorablemente el olvido que el mariscal habí­a hecho de mi nombre y le contesté: “Soy, excelentí­simo señor, el hijo de don Domingo Cáceres, cuya hacienda fue destruida por el general Vivanco, por haber sido leal a Ud. Estuve en la batalla de Arequipa, donde fui herido casi perdiendo un ojo; me llamo Andrés Avelino Cáceres”. “Hola, hola”, replicó el mariscal: “Con que Ud. es el capitán Cáceres, hijo de mi amigo don Domingo. Bueno, bueno, Ud. se quedará en su cuerpo”. Y me quedé en mi batallón Ayacucho, en el cual me habí­a iniciado y en el cual continué hasta que fui a Francia, como agregado militar.

Su cicatriz en la cara, Mariscal…

Esta “condecoración” la recibí­ en la torna de Arequipa, en 1856. El Mariscal Castilla que habí­a acampado en las afueras, llevó a cabo, por varias noches, simulacros de ataque, que tení­an al enemigo en sobresalto. La noche que decidió darlo por cierto, me ordenó que avanzara con mi compañía y me apoderara de la 1ra. trinchera enemiga. Sin vacilar, ejecuté esa orden y sorprendiendo a los ocupantes, logré capturar la trinchera, regresando a dar parte al mariscal de mi cometido.

Entonces, Castilla me mandó: “siga Ud. avanzando sobre la ciudad, tomando las alturas hasta los conventos de San Pedro y Santa Rosa”.

Y, aunque pensaba que era una crueldad enviarme así­ al sacrificio, no dudé, y deslizándome por los techos fui avanzando hasta el primero de los conventos. No sé cómo logré saltar los innumerables obstáculos hasta de repente hallarme dentro de la bóveda, próxima a la torre. Por el camino había perdido a muchos soldados, muertos por descargas vivanquistas. Desde la torre de Santa Rosa, el fuego que se hacía sobre nosotros era incesante.

Pero, los 2 cuerpos que formaban la 1ra. división del Mariscal Castilla habían desembocado por calles paralelas al convento y así­ cayeron sobre el atrio y el interior, obligando a los enemigos a abandonarla. Entretanto yo subí­a, con los mí­os, hasta la torre y ahí­ tuve que soportar el fuego desde la torre fronteriza de Santa Marta. Mientras, Castilla había penetrado al convento por otro lado. El coronel Beingolea, subió a la torre, creyéndola vací­a y se dio de bruces conmigo y mis soldados. Calcule Ud. la sorpresa de ambos, a punto de acribillarnos mutuamente. “Acabamos de tomar el convento”, me dijo; “Mi coronel: ya la habí­a tomado yo”, contesté. El coronel me abrazó y me anunció que harí­a conocer a Castilla esa hazaña. “Está ahí­ abajo, con todo el Ejército”, y se fue.

Yo continué haciendo frente al fuego de los de Santa Marta, y mostrando a mis soldados el blanco hacia el que debí­an disparar, un balazo me derribó cegándome. Me recogieron mis soldados y me bajaron al refectorio del convento, en donde el sargento Coayla y el cabo Huamaní­, me atendieron. Estuve privado del conocimiento. Cuando lo recobré hallé a mi lado al capitán Norris, uno de mis mejores compañeros, que me preguntaba qué deseaba. “Agua, muero de sed”, contesté. Al poco rato regresó con un plato de mermelada y una garrafa de agua. El dulce no me era necesario, ni podrí­a ingerirlo. Tení­a la mandí­bula apretada. Apenas una pequeña ranura dejaba pasar el agua. Bebí­, desesperado, parte del contenido de la garrafa y el resto hice que me lo vaciaran en la cara, para que me lavara la herida, casi desfallecido.

El médico dijo que la herida era mortal. El capellán estuvo a punto de darme la extremaunción… Entonces mis soldados me trasladaron a casa de una señora de apellido Berrnúdez, porque el tifus infectaba a los heridos en el convento y me hubiera terminado de matar. En mi nuevo alojamiento me trató el doctor Padilla, extrayéndome la bala a exigencia de mi tropa. Ellos me salvaron la vida.

¿Y cómo fue su convalecencia? 

Recuerdo que las madres del convento que me habí­an tomado afecto, me enviaban allí­ la dieta. ¡Qué tortas! ¡qué dulces! Y aquí­ viene lo curioso: una vez convaleciente, iba a almorzar al convento y la madre superiora, muy seria, me habló un dí­a así­: «Teniente, usted ha renacido en este convento, verdad?”, “sin duda, reverenda; de aquí­ me recogieron casi cadáver y aquí­ me comenzaron a curar, a Ud. debo cuidados que no sabrí­a cómo agradecer”. “¿Y por qué no deja Ud. la carrera y se hace fraile?” Casi me caigo de espaldas de la impresión. Tuve que contener la risa: “¡Yo fraile, madre! No soy digno de vestir los hábitos…”.

Hube de apelar a todos mis recursos oratorios para hacer desistir a la madre. La pobre sufrió un desencanto. ¡Ya me veía con cabeza rapada, capuchón y sotana!

Mariscal, ¿cuál ha sido la época más feliz de su vida?

Los mejores dí­as de mi vida, durante mi juventud, por supuesto fueron los pasados en Arica, cuando estuvimos de guarnición, antes de la toma de Arequipa. Tuve gran partido entre las muchachas ¡me divertí­ mucho!

¿Mariscal, y el recuerdo más satisfactorio de su vida militar?

La campaña de La Breña, es, la página más honrosa de mi vida militar. No vacilo en proclamarlo yo mismo. Me enorgullezco de ella. Tengo muy presentes y me acompañarán hasta la tumba, todos los entusiasmos, todas las satisfacciones, todas las decepciones, y amarguras también, que experimenté durante esos tres años de constante batallar. Todos los que se agruparon a mí, para continuar la campaña y arrojar al odiado enemigo del país, aún después de los desastres de San Juan y Miraflores y la toma de Lima, rehuyeron ayudarme… Ambiciones, rencillas, pequeñas pasiones, todo se coaligó contra mí, que defendía la patria, cuando todos la dejaban abandonada al infortunio, el recuerdo de mis soldados y guerrilleros, el pueblo en armas, marchando entre punas y quebradas, airosos y bravíos, ellos fueron los grandes héroes anónimos que algún dí­a la historia reivindicará.

¿Cierto que el Kaiser, reconoció en Ud. al vencedor de Tarapacá? 

Claro. Fui a la audiencia que pedí­a en mi carácter de ministro del Perú y el Káiser avanzó hasta alargarme la mano: “Tengo el gusto de estrechar la mano al vencedor de Tarapacá, esa gran batalla ganada después del desastre de San Francisco”. El Rey de España cuando me conoció, me dijo: “Se conoce que Ud. ha combatido siempre de frente, general”. Aludí­a a la cicatriz que llevó en el rostro. Y el de Italia: “Celebro mucho conocer al general que tantas glorias ha dado a su paí­s”.


Entrevista al Mariscal Andrés Avelino Cáceres, en el diario La Crónica, 27 de noviembre de 1,921, con ocasión del 42 aniversario de la victoria de Tarapacá, durante la Guerra del Pacífico.








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