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Tarapacá



El 27 de noviembre un episodio glorioso de nuestra historia se refleja en este día, en que con un ejercito mal armado y mal preparado se logró la única victoria en la campaña terrestre durante el conflicto con el vecino país del sur, que había puesto sus ambiciones en nuestro territorio.

Terminada la campaña marítima, con el Monitor Huáscar y Grau fuera de combate, los chilenos quedaron dueños y señores del mar; se inició entonces la campaña del sur, con lo cual los chilenos pretendían invadir todo el sur de nuestro territorio. La mayor parte de la campaña se desarrolló en territorio peruano, fue entonces que los chilenos emprendieron dos campañas, la de "Tarapacá " y la de "Tacna y Arica".

Tarapacá estaba resguardada por un contingente de 10 mil soldados peruanos y cerca de 4 mil bolivianos, todos ellos al mando del general Juan Buendía. Cerca del lugar, en Atacama, estaban acantonadas las tropas chilenas con un total de 16 mil hombres muy bien equipados; estas fuerzas zarparon de Antofagasta con la finalidad de invadir Tarapacá el 29 de octubre de 1879; fueron transportados en cuatro barcos de guerra al mando del militar chileno Erasmo Encalada.

La primera meta que se trazaron los chilenos fue tomar el pequeño pero estratégico puerto de Pisagua, el cual se encontraba resguardado por un pequeño contingente de mil hombres al mando de Isaac Recavarren. Las tropas chilenas llegaron en la madrugada del 2 de noviembre y atacaron el puerto; la tropa peruana frustró el desembarco hasta en tres oportunidades, hasta que la mala suerte jugó un papel importante; se produjo el incendio de 50 mil quintales de salitre, lo cual causó grandes bajas en las tropas peruanas y su consiguiente derrota.

Coronel Arequipeño ,Don Isaac Recavarren Flores "El León de Pisagua"

Los chilenos marcharon luego sobre San francisco, que era el paso obligado para tomar luego Tarapacá; para resistir el ataque era necesario el concurso de 3 mil soldados bolivianos que debían concurrir desde Arica, esto no se dio, pues las tropas al mando del militar boliviano Hilarión Daza nunca llegaron a Tarapacá; inexplicablemente Daza demoró su marcha y luego desobedeciendo ordenes superiores, retornó con sus tropas a Arica.

El 19 de noviembre, enterado Buendía de la actitud traidora de Daza, retrasó el ataque para el día siguiente, pero la mala suerte otra vez cubrió a las tropas peruanas con su oscuro manto; un soldado boliviano dejó escapar un tiro de fusil, con lo cual se originó en forma inusitada la batalla de San Francisco.

La batalla fue dura y sangrienta, duró aproximadamente 3 horas y significó un duro revés para las tropas peruanas, quienes fueron abandonadas por las tropas bolivianas, que se batieron en franca deserción cuando vieron la cosa perdida.

 Un reducido número de sobrevivientes llegó a Tarapacá para recobrar las fuerzas y continuar la retirada a Arica; los chilenos enterados de esto decidieron atacar sorpresivamente, fue así que un 27 de noviembre las tropas chilenas pretendieron sorprender a los peruanos; sin embargo un arriero había informado a las tropas peruanas que se acercaba el ejército chileno, esto dio tiempo a organizar la defensa de la plaza.

Combatiente arequipeño en Tarapacá ,don Máximo León Velarde .Fotografía del MHMA


Lo primero que hicieron los chilenos fue tomar una colina para atacar desde un sitio alto, el ejército peruano, hábilmente dirigido por el coronel Belisario Suárez, defendió Tarapacá. En el lugar se encontraban también las tropas del héroe nacional Andrés Avelino Cáceres, quien en base a ingenio y hábiles maniobras de sus batallones “Zepita”( integrado en su mayoría por soldados cuzqueños ) y  el batallón “2 d e mayo”, desalojó a los chilenos de su reducto, el mismo ímpetu tomaron las tropas del Crnl Alfonso Ugarte con los batallones Iquique. Tras la batalla se inició la persecución, lamentablemente el ejército peruano no contaba con caballos y estaba casi sin municiones, motivo por el cual tuvo que abandonar la persecución de las tropas chilenas.


Don Nicanor Ruiz de Somocurcio  combatiente arequipeño en Tarapacá  del batallón "Ayacucho"


Los artilleros , sin material bélico a las ordenes del Crnl. Castañon tuvieron que incorporarse a la infantería de Cáceres y de igual manera luchar en las filas como infantes, de igual manera la II división del Crnl. Francisco Bolognesi con los batallones guardias de Arequipa el “Ayacucho” tras iniciativa de los capitanes José Camilo Valencia (natural de Camana) del “Ayacucho” y Rudecindo López del “Guardias de Arequipa“ ,quienes prendieron fuego a las tropas atrincheradas chilenas y posteriormente sellaron la victoria .


El Perú se encontraba gobernado por Mariano Ignacio Prado, que había sucedido al gobierno civilista de Manuel Prado y recibió un país en crisis. Posteriormente Mariano I. Prado sería acusado de traición al abandonar el país en un pésimo momento, le sucedería Piérola quien el 23 de diciembre de 1879 asumiría la jefatura de la República aprovechando la incertidumbre para hacerse del poder. La batalla de Tarapacá representa el pasaje más glorioso en nuestra historia republicana; inmersa en una guerra en la cual no teníamos nada que ver y en la que el Perú solo entró en virtud de un pacto con el vecino país de Bolivia, al cual Chile le declarara la guerra.

El momento político era difícil para el Perú, el ejército tuvo como principal arma el valor, el sacrificio y la entrega, a falta de otras mejores o más efectivas, frente a un ejército como el chileno, que se dice, estuvo armándose y planificando esta guerra por más de 8 años. Fue esta una batalla que se pudo ganar en la guerra del Pacífico, en base al valor de nuestros soldados y del pueblo peruano en general.

Los Guardias de Arequipa
 Uniforme del batallón "Guardias de Arequipa"
(Uniformes de la Guerra del Pacifico. Patricio Grieve-Claudio Fernández)


Al estallar la guerra con Chile el gobierno peruano dispuso la creación de nuevos cuerpos militares para hacer frente al adversario, los primeros en ser llamados a las filas del ejército fueron los guardias civiles de distintas ciudades que por su entrenamiento y las características propias de su oficio se encontraban en una situación equiparable a los soldados del Ejercito de línea.

El Coronel Alejandro Bezada, a la sazón Prefecto de Arequipa, organizó con gran diligencia una División de 560 hombres, cuyo mando asumió el mismo, poniéndose en marcha hacia el sur, en la primera quincena de abril de 1879. Estas fuerzas la integraban dos columnas de la Guardia Civil de Arequipa, la Gendarmería de Arequipa y Puno y la Guardia Nacional de Arequipa, las mismas que después formaron con el Batallón “Ayacucho” la Tercera División del Ejército Peruano del Sur, de esta manera se formó el Batallón Guardias de Arequipa, integrado por seis Compañías de la Guardia Civil y una Columna de Gendarmes, con un total de 560 hombres.


Lista de Revista  pasada en Arica ,del Batallón Guardias de Arequipa,  el 14 de abril de  1880 ( del libro:  Intervención de Arequipa en la guerra con Chile, Arturo Santos Mendoza.)


El destino no quiso que el Prefecto arequipeño llegara a enfrentarse al agresor, pues, a  poco de  su arribo a Iquique  falleció accidentalmente, siendo reemplazado por el Coronel Manuel Carrillo y Ariza.

Al fallecimiento del Coronel Bezada, la Tercera División del Ejército del Sur pasó a ser comandada por el Coronel Francisco Bolognesi Cervantes

Cuando se tuvo noticia de la toma del puerto peruano de Pisagua el Batallón Guardias de Arequipa marchó para hacer frente a la invasión chilena.

Como parte de la Tercera División del Ejército Peruano del Sur, el Batallón Guardias de Arequipa, que no tomó parte en la batalla de San Francisco, marchó a Tarapacá (pueblo de la sierra sur del Perú) donde el 27 de noviembre de 1879 tendría lugar la batalla del mismo nombre y en la cual al batallón al que pertenecía Mariano Santos le sería confiada la defensa del mismo que era atacado por el Regimiento de Infantería "2º de Línea" del Ejército de Chile, en el combate, que tuvo lugar en las mismas calles del pueblo, el Guardia Civil Mariano Santos natural del Distrito de Lucre, provincia de Quispicanchi, Cusco., logró, con la bayoneta en la mano, apoderarse de la coronela del regimiento enemigo tras una sangrienta lucha en la que pereció toda la escolta.

Estandarte y escolta del regimiento 2do de Línea, entre ellos el subteniente Telésforo Barahona, oficial portaestandarte caído en Tarapacá.


Por esta acción a Mariano Santos se le llamó el Valiente de Tarapacá mereciendo una mención especial en el parte que el jefe de su División, el coronel Francisco Bolognesi, redactó tras la batalla señalando que fue él quien arrancó el estandarte de las manos del enemigo; en el lado chileno el comandante accidental del Regimiento de Infantería "2º de Línea" (por haber muerto su primer jefe) manifestó a sus superiores lo siguiente:

Igualmente merecen distinción especial la escolta del estandarte compuesta de los valientes veteranos, todos premiados... Estos individuos, peleando como leones en defensa de su querido deposito perecieron todos en sus puestos, y antes de morir, tres de los últimos que cayeron, tomaron la oportuna precaución de quemar el estandarte, antes que permitir fuera insultado y mancillado por los enemigos de su patria.


Ilustración que describe el momento en que el Guardia Civil Mariano Santos Mateo del Batallón Guardias de Arequipa de la III División del Ejército Peruano del Sur se apodera de la coronela del Regimiento 2º de Línea de la infantería del ejército de Chile durante la Batalla de Tarapacá ocurrida el 27 de noviembre de 1879.


Parte del comandante Liborio Echanez, Regimiento 2do de Línea

Poco después al saberse que el estandarte había sido capturado por las tropas peruanas la prensa chilena circuló la versión que el subteniente Barahona al ser herido mortalmente había rodado envuelto en el estandarte al fondo de la quebrada sin que el resto del regimiento pudiera recuperarlo y de donde supuestamente lo recogieron los peruanos.

Tras la victoria, el ejército peruano continuó su marcha al puerto de Arica donde en una ceremonia solemne, llevada a cabo en la puerta de la Catedral de San Marcos de Arica, el contralmirante Lizardo Montero condecoró y ascendió a Inspector de Guardias GC (Grado equivalente al de Teniente del Ejército de aquella época), el 31 de enero de 1880, al Guardia GC Mariano Santos Mateos, quedando el trofeo capturado en la iglesia de esa ciudad, de donde fue trasladado luego a la de Tacna, en la que sería encontrado por tropas chilenas tiempo después y devuelto a su regimiento antes de la Campaña de Lima.
Un “Zepita “ Arequipeño

Subteniente Emeterio Díaz Arenas



Nació en Yarabamba y se bautizo el 03/03 /1860 en la parroquia de Quequeña fue hijo de Doña Feliciana Díaz Arenas .Inicio su carrera militar tomando parte en la guerra con Chile , donde formó en el batallón “Zepita ".

Terminada la guerra con Chile continuo su carrera militar hasta obtener el grado de sub teniente principalmente en el batallón "Puquina" , siendo su jefe el coronel Pedro Celestino Miranda ; tomaron parte en varios combates de las revoluciones del sur, como partidarios del Gral. Andrés Avelino Cáceres.

Triunfante Pierola , cayo el batallón "Puquina" y sus integrantes se retiraron de la vida militar, enseguida se convirtieron en agricultores y formaron familias. El sub teniente Emeterio Díaz Arenas contrajo matrimonio con doña Gertrudis Fernandez Durand , llegando a ser padres de maría Díaz Fernández , madre de los Drs. Dn. Artemio Peraltilla Díaz, profesor, abogado , historiador y escritor, y Dn. Anibal Peraltilla Díaz distinguido profesor.Falleció en Arequipa el 18/07/1955
  
Fuente: Profesor . Artemio Peraltilla Díaz


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"Melgar"De la letra del poeta Percy Gibson y la música de Don Benigno Ballón Farfán



La última entrevista al Mariscal Andrés Avelino Cáceres


Foto : Archivo Courret.


La patria celebra hoy, estremecida de júbilo, la gloriosa efeméride de la batalla de Tarapacá, página honrosa de nuestra historia y blasón de orgullo para el Ejército Nacional. Todos los peruanos evocamos, con los ojos, el alma, la epopeya singular en que un puñado de bravos, sublimados por el sacrificio y exaltados por el infortunio, en vigoroso empuje, destrozaron a las poderosas y engreídas huestes chilenas, poniéndolas en vergonzosa fuga.

Si desgraciadamente fue infecunda esta victoria, por la impotencia de nuestro Ejército para perseguir, desprovisto como estaba de caballería, a los derrotados enemigos, debemos guardar, empero, eterno culto a ese puñado de bravos que, lejos de abatirse ante la fatiga, el hambre y la desnudez a que quedaron reducidos, después del desastre de San Francisco, reconcentraron todas las potencias de su alma y todas las fuerzas de su organismo en un supremo ímpetu de coraje para cubrirse de gloria y dar a la América una lección única de heroísmo y de energía.

Al rememorar, nosotros, esta hazaña imperecedera, saludamos llenos de patriótico orgullo a los beneméritos sobrevivientes de ella.

En el pintoreso barrio del Leuro en Miraflores, al amor de la soledad y la paz campesinas, vive, entregado a sus recuerdos y mimado por el cariño de los suyos, el viejo Mariscal del Perú.
Hasta su poético retiro, va a buscarle el insaciable reclamo de nuestra curiosidad periodística y el homenaje rendido de nuestro orgullo patriótico y encontrando la acogida cordial de su vejez gloriosa.

Lo hallamos en su escritorio, acomodado en un sillón de cuero, abrigadas las débies piernas por gruesas mantas de color oscuro. Visto correcto de jaquet gris y cubre la nieve de sus canas, con una gorra del mismo color. Decoran las paredes del aposento finas estampas que reproducen escenas guerreras.


De un gran cuadro al óleo, que se alza sobre el escritorio, se destaca la fina y bella efigie de la hija del mariscal, cuya fresca y alegre juventud fue tronchada por la muerte. Frente al retrato del héroe de La Breña, luciendo sobre su pecho las medallas ganadas a fuerza de bravura y de audacia, y sobre el rostro, la condecoración eterna de su gloriosa cicatriz.

Mariscal, en el aniversario de la victoria de Tarapacá, demandamos de usted, el relato vívido de esa gloriosa acción.

Se anima el rostro venerable del anciano guerrero. Un relámpago encandila sus pupilas y alisándose, nerviosamente, las albas barbas puntiagudas, nos dice: Recuerdo la batalla, con absoluta precisión, y voy a relatársela, como si acabara de realizarse.

Y empieza el relato con voz emocionada:

Me encontraba yo, con mi división, en una de las calles de Tarapacá, tomado un rancho frugal, antes de emprender, con todo el Ejército y como lo habían hecho ya las tropas del general Dávila, la retirada hacia Arica, después del desastre de San Francisco, cuando mi ayudante que había distinguido al enemigo en la cresta de los cerros situados al Oeste de la ciudad, llegó corriendo a avisármelo. Al recibir esta inesperada noticia, estaba comiendo. Solté la pequeña cacerola que contenía mi ración, y procediendo con impetuosa actividad, ordené a mi división que se lanzara con la bayoneta calada, cerro arriba, para desalojar al enemigo.

Procedí rápidamente a dividir mis tropas en tres columnas: la primera y la segunda compañías formaban la de la derecha, que puse al mando del comandante Zubiaga, valiente y experto jefe; la del centro la constituyeron la quinta y sexta compañías, mandadas por el mayor Pardo Figueroa, distinguido jefe, también, y la de la izquierda quedó formada por la tercera y cuarta compañías que confié al mayor Arguedas.

Advertí a mis tropas que evitaran hacer fuego, mientras no hubieran alcanzado la cumbre, para economizar las municiones, que, por desgracia, eran muy escasas. Al coronel Recavarren, Jefe de Estado Mayor, le envié en comisión donde el coronel Manuel Suárez, que tenía el mando del batallón Dos de Mayo, para que hiciera, con sus fuerzas, igual distribución a las del Zepita, y se colocara a mi izquierda.

A poco, ya cuando mis bravos soldados se habían lanzado al combate, llenos de entusiasmo y de ardor bélico, el coronel Belisario Suárez toma sus disposiciones y los coroneles Bolognesi, Ríos y Castañón, se sitúan en sus respectivos emplazamientos.

El Zepita escala el cerro por el lado Oeste, con empuje irresistible desafiando los tiros que el enemigo descarga sin descanso sobre ellos. Se despliegan en guerrilla y sin detenerse, disparan incesantemente, a ciento cincuenta metros del enemigo, que cede al empuje de los nuestros. La columna Zubiaga, se lanza a la bayoneta sobre la artillería chilena y, audazmente, se apodera de cuatro cañones. Las columnas de Pardo Figueroa y de Arguedas, despedazan, entre tanto, a la infantería enemiga.

Perdón, Mariscal, en ese asalto, ¿qué acción notable de arrojo, de sus soldados, recuerda usted?

No puedo olvidarme del heroísmo del Alférez Ureta, de la compañía primera de la columna derecha, que inflamado por un ardiente entusiasmo patriótico y un coraje a toda prueba, se montó sobre un cañón chileno, lanzando estruendosos vivas a la patria. Tampoco me olvidaré nunca de un acto meritísimo del comandante José María Meléndez, veterano de la Columna Naval, uno de los primeros en unírseme en el asalto al enemigo.

Cuando derrotados los chilenos y cansados nosotros de perseguirlos infructuosamente, por falta de caballería; desfallecíamos de sed y de hambre, al extremo de que me vi obligado a humedecer los labios de algunos de mis soldados con pequeñas rodajas de un limón, que por fortuna llevaba en uno de mis bolsillos de mi casaca; el comandante Meléndez se presentó de repente y sin que yo pudiera explicarme su procedencia, cargando un barril de agua que aplacó la sed de esos valientes. Y como éste, tantos otros episodios de coraje y de entusiasmo.

Y destrozada la infantería y despojados los chilenos de su artillería, ¿qué pasó?

El enemigo así castigado en ese primer combate por los nuestros, huyó a la desbandada, pampa abajo, perseguido de cerca por los nuestros y acampó a una legua de distancia hasta juntarse con otro cuerpo chileno que vení­a a reforzarlos. Entretanto, mi caballo habí­a sido herido de un balazo y hube de detenerme, a mitad de jornada. Un oficial que habí­a encontrado una mula de un regimiento chileno, me la trajo y montado en ella, pude seguir la persecución.

Después de tres horas de refriega, tuvimos que contramarchar hasta el sitio donde había tenido lugar el primer ataque, porque mis tropas estaban rendidas por la fatiga de la acción. El general en Jefe Buendía me dio su enhorabuena por el éxito alcanzado por mi división. Pero en medio de la alegría del triunfo, hube deplorar profundamente la muerte de mis mejores tenientes: Zubiaga, Pardo Figueroa, mi propio hermano Juan… también rindieron la vida en el primer encuentro.

¿Y el segundo encuentro?

Reforzada mi división con el batallón Iquique que mandaba el inmortal Alfonso Ugarte, la Columna Naval de Meléndez, un piquete del batallón Gendarmes que mandaba Morey, una compañía del batallón Ayacucho con Somocurcio (*arequipeño) a la cabeza, una hora después se reanudaba la lucha en plena pampa hacia el SO de Tarapacá.

Primero se realiza un vivo combate de fusilería sostenido por ambas partes, con empeño. El enemigo es arrollado cinco veces, rehaciéndose, luego otras tantas. Entonces envolviendo el ala y el flanco izquierdo chileno que manda Arteaga, con mis tropas lo obligué a retirarse hacia el sur. El batallón Iquique llega a tiempo para rechazar a los granaderos chilenos que habían sorprendido al Loa y al Navales.

Sin embargo, antes, Arteaga trata de rehacerse en vano y nosotros cargamos otra vez con irresistible denuedo. En momentos que la victoria se decidía ya por nuestras armas, llegó Dávila con su división al trote (habí­an recorrido 12 kms. desde Huarasiña) y muy cerca del flanco chileno, aún jadeantes, le hace repetidas descargas de fusilería. Entonces yo aproveché para dar el definitivo ataque por el centro, que decidió la derrota de los chilenos que abandonaron el campo, dejando tras de sí sus 6 últimas piezas de artillerí­a Krupp, entonces la más moderna del mundo. Fue en ese momento –prosigue entusiasmado el Mariscal- cuando llamé al Capitán Carrera y, entregándole uno de esto cañones, le dije: “artillero sin cañones, ahí tiene Ud. una pieza para actuar”. Y a fe mía que supo hacerlo, disparando sobre la retaguardia enemiga que huía.

Eran las cinco de la tarde. La batalla había terminado después de nueve horas de reñida lucha. Sobre el campo quedaron muchísimos de mis bravos soldados junto con centenares de enemigos

Pero, le he relatado solamente la parte que me tocó desempeñar a mí, en la altura. Sin embargo Uds. deben saber que en la quebrada, Bolognesi, Castañón, Dávila y Herrera se batieron con ardor.
Fue un soldado de Bolognesi, Mariano de los Santos, quien se apoderó de un estandarte chileno. El enemigo es arrojado por esa parte hasta Huarasiña, después de vigorosos encuentros y ahí se reúne con los restos de la división Arteaga, que nosotros habíamos arrollado.

Al mismo tiempo, todo nuestro ejército se concentra, y reunidas todas las fuerzas perseguimos a los chilenos hasta más allá del cerro de Minta. Ya les he dicho que fue imposible barrerlos, como hubiéramos querido, porque la fatalidad que siempre nos acompañó en la guerra, quiso que no tuviéramos caballería. Y así, la victoria fue infructuosa, pues después de ella faltos de víveres y de refuerzos, hubimos de continuar nuestra retirada a Arica.

¿Cómo fue la batalla de San Francisco? 

Doloroso es el recuerdo: la falta de previsión, el espionaje chileno, la defección de Daza y su famoso cable: “Desierto abruma, ejército niégase seguir adelante”, el asalto frustrado, la muerte del Comandante Espinar al pie de los cañones chilenos, la catastrófica retirada nocturna…

¿Cuál fue la causa decisiva de la perdida de la guerra? 

La falta de organización militar y autonomí­a bélica, particularmente en municiones. Eso en cuanto al aspecto técnico, pero más allá, la discriminación racial fue determinante. No hubo armonía cultural ni polí­tica. La falta de organización militar, de cohesión, de armonía política.

Había patriotismo, había entusiasmo generoso, había valor y virtudes militares en nuestros soldados y en nuestros oficiales, pero también hubo mucha traición en los sectores pudientes.

¿Y en nuestros generales? 

También. Hubo demasiados generales, cuyos conocimientos y aptitudes no pudieron destacarse en la contienda, por falta de disposición de un comando totalmente politizado.

¿Pero, usted cree, que, sin esos defectos y deficiencias, hubiésemos podido ganar la guerra?

Con toda la superioridad numérica y armamentística del ejército chileno, creo, firmemente que sí­. La desunión, el desatino, la ambición política y la carencia de identidad en los sectores acomodados nos perdieron.

¿Cuándo comenzó su carrera?

En 1854, acababa de estallar la revolución contra Echenique, provocada por los escándalos de la corrupción del guano. De todos los rincones del país, se sumaban las adhesiones. En Ayacucho, mi tierra natal, don Ángel Cavero, uno de los vecinos del lugar, encabezó el movimiento rodeado de simpatí­a popular. Muchos jóvenes nos presentamos voluntarios a filas. Yo contaba 19 años, estudiaba en la universidad de Huamanga y era de los más entusiastas. Nos apoderamos de la gendarmerí­a. Luego llegó el ejército rebelde, en donde terminé de enrolarme. Entonces el general Castilla, a quien sin duda caí­ en gracia, me llamó a su despacho y me dijo: “¿Quiéres seguir la carrera?”, “Sí­, señor, es mi mayor deseo”, le contesté con aplomo. Entonces, me respondió, palmeándome la espalda, “serás un buen guerrero”.

¿Y el mariscal Castilla, cómo le trató a Ud.? 

Castilla, que me conoció desde la batalla de La Palma, me dispensó simpatí­a y apoyo. Tanto, que varias veces soportó mis engreimientos. Y eso que una vez me le sublevé.

¿Le hizo la “revolución”?

He querido decir que tuve un rapto de altivez. Fue cuando el Mariscal quiso formar el batallón “Marina”. Llamó a palacio a los oficiales escogidos de los distintos regimientos. Yo fui destacado del Ayacucho. Ya me habí­a conocido en La Palma y después en la campaña de Arequipa contra Vivanco. Pues bien, Castilla revistó uno a uno a todos los oficiales congregados y al llegar a mí, se detuvo observándome y me dijo: “¿Cómo se Ilama Ud. capitán?”. Me impresionó desfavorablemente el olvido que el mariscal habí­a hecho de mi nombre y le contesté: “Soy, excelentí­simo señor, el hijo de don Domingo Cáceres, cuya hacienda fue destruida por el general Vivanco, por haber sido leal a Ud. Estuve en la batalla de Arequipa, donde fui herido casi perdiendo un ojo; me llamo Andrés Avelino Cáceres”. “Hola, hola”, replicó el mariscal: “Con que Ud. es el capitán Cáceres, hijo de mi amigo don Domingo. Bueno, bueno, Ud. se quedará en su cuerpo”. Y me quedé en mi batallón Ayacucho, en el cual me habí­a iniciado y en el cual continué hasta que fui a Francia, como agregado militar.

Su cicatriz en la cara, Mariscal…

Esta “condecoración” la recibí­ en la torna de Arequipa, en 1856. El Mariscal Castilla que habí­a acampado en las afueras, llevó a cabo, por varias noches, simulacros de ataque, que tení­an al enemigo en sobresalto. La noche que decidió darlo por cierto, me ordenó que avanzara con mi compañía y me apoderara de la 1ra. trinchera enemiga. Sin vacilar, ejecuté esa orden y sorprendiendo a los ocupantes, logré capturar la trinchera, regresando a dar parte al mariscal de mi cometido.

Entonces, Castilla me mandó: “siga Ud. avanzando sobre la ciudad, tomando las alturas hasta los conventos de San Pedro y Santa Rosa”.

Y, aunque pensaba que era una crueldad enviarme así­ al sacrificio, no dudé, y deslizándome por los techos fui avanzando hasta el primero de los conventos. No sé cómo logré saltar los innumerables obstáculos hasta de repente hallarme dentro de la bóveda, próxima a la torre. Por el camino había perdido a muchos soldados, muertos por descargas vivanquistas. Desde la torre de Santa Rosa, el fuego que se hacía sobre nosotros era incesante.

Pero, los 2 cuerpos que formaban la 1ra. división del Mariscal Castilla habían desembocado por calles paralelas al convento y así­ cayeron sobre el atrio y el interior, obligando a los enemigos a abandonarla. Entretanto yo subí­a, con los mí­os, hasta la torre y ahí­ tuve que soportar el fuego desde la torre fronteriza de Santa Marta. Mientras, Castilla había penetrado al convento por otro lado. El coronel Beingolea, subió a la torre, creyéndola vací­a y se dio de bruces conmigo y mis soldados. Calcule Ud. la sorpresa de ambos, a punto de acribillarnos mutuamente. “Acabamos de tomar el convento”, me dijo; “Mi coronel: ya la habí­a tomado yo”, contesté. El coronel me abrazó y me anunció que harí­a conocer a Castilla esa hazaña. “Está ahí­ abajo, con todo el Ejército”, y se fue.

Yo continué haciendo frente al fuego de los de Santa Marta, y mostrando a mis soldados el blanco hacia el que debí­an disparar, un balazo me derribó cegándome. Me recogieron mis soldados y me bajaron al refectorio del convento, en donde el sargento Coayla y el cabo Huamaní­, me atendieron. Estuve privado del conocimiento. Cuando lo recobré hallé a mi lado al capitán Norris, uno de mis mejores compañeros, que me preguntaba qué deseaba. “Agua, muero de sed”, contesté. Al poco rato regresó con un plato de mermelada y una garrafa de agua. El dulce no me era necesario, ni podrí­a ingerirlo. Tení­a la mandí­bula apretada. Apenas una pequeña ranura dejaba pasar el agua. Bebí­, desesperado, parte del contenido de la garrafa y el resto hice que me lo vaciaran en la cara, para que me lavara la herida, casi desfallecido.

El médico dijo que la herida era mortal. El capellán estuvo a punto de darme la extremaunción… Entonces mis soldados me trasladaron a casa de una señora de apellido Berrnúdez, porque el tifus infectaba a los heridos en el convento y me hubiera terminado de matar. En mi nuevo alojamiento me trató el doctor Padilla, extrayéndome la bala a exigencia de mi tropa. Ellos me salvaron la vida.

¿Y cómo fue su convalecencia? 

Recuerdo que las madres del convento que me habí­an tomado afecto, me enviaban allí­ la dieta. ¡Qué tortas! ¡qué dulces! Y aquí­ viene lo curioso: una vez convaleciente, iba a almorzar al convento y la madre superiora, muy seria, me habló un dí­a así­: «Teniente, usted ha renacido en este convento, verdad?”, “sin duda, reverenda; de aquí­ me recogieron casi cadáver y aquí­ me comenzaron a curar, a Ud. debo cuidados que no sabrí­a cómo agradecer”. “¿Y por qué no deja Ud. la carrera y se hace fraile?” Casi me caigo de espaldas de la impresión. Tuve que contener la risa: “¡Yo fraile, madre! No soy digno de vestir los hábitos…”.

Hube de apelar a todos mis recursos oratorios para hacer desistir a la madre. La pobre sufrió un desencanto. ¡Ya me veía con cabeza rapada, capuchón y sotana!

Mariscal, ¿cuál ha sido la época más feliz de su vida?

Los mejores dí­as de mi vida, durante mi juventud, por supuesto fueron los pasados en Arica, cuando estuvimos de guarnición, antes de la toma de Arequipa. Tuve gran partido entre las muchachas ¡me divertí­ mucho!

¿Mariscal, y el recuerdo más satisfactorio de su vida militar?

La campaña de La Breña, es, la página más honrosa de mi vida militar. No vacilo en proclamarlo yo mismo. Me enorgullezco de ella. Tengo muy presentes y me acompañarán hasta la tumba, todos los entusiasmos, todas las satisfacciones, todas las decepciones, y amarguras también, que experimenté durante esos tres años de constante batallar. Todos los que se agruparon a mí, para continuar la campaña y arrojar al odiado enemigo del país, aún después de los desastres de San Juan y Miraflores y la toma de Lima, rehuyeron ayudarme… Ambiciones, rencillas, pequeñas pasiones, todo se coaligó contra mí, que defendía la patria, cuando todos la dejaban abandonada al infortunio, el recuerdo de mis soldados y guerrilleros, el pueblo en armas, marchando entre punas y quebradas, airosos y bravíos, ellos fueron los grandes héroes anónimos que algún dí­a la historia reivindicará.

¿Cierto que el Kaiser, reconoció en Ud. al vencedor de Tarapacá? 

Claro. Fui a la audiencia que pedí­a en mi carácter de ministro del Perú y el Káiser avanzó hasta alargarme la mano: “Tengo el gusto de estrechar la mano al vencedor de Tarapacá, esa gran batalla ganada después del desastre de San Francisco”. El Rey de España cuando me conoció, me dijo: “Se conoce que Ud. ha combatido siempre de frente, general”. Aludí­a a la cicatriz que llevó en el rostro. Y el de Italia: “Celebro mucho conocer al general que tantas glorias ha dado a su paí­s”.


Entrevista al Mariscal Andrés Avelino Cáceres, en el diario La Crónica, 27 de noviembre de 1,921, con ocasión del 42 aniversario de la victoria de Tarapacá, durante la Guerra del Pacífico.








San Gil de Cayma

Plaza de Cayma


El verdadero origen de San gil lo cuenta la tradición caymeña, De 1822 a 1823 se estableció en el pintoresco pueblecín que siempre sirvió de sanatorio para las enfermedades pulmonares, el médico del batallón de infantería de Valdivia , Dr. Ignacio Piruez que se encontraba atacado por la peste blanca . Espíritu altruista , puso al servicio d e los campesinos su ciencia y su dinero, atribuyéndose el cariño popular . Falleció a poco del 1ro de Junio de 1823 o sea cinco días después de Zamacola . Su entierro fue solemne realizándolo el R.P. Fr. Sebastián Belanguer y su desaparición fue hondamente lamentada, superviviendo su memoria.


Todo esto consta en la partida  de defunción, que está autorizada por el párroco . Simón Tadeo Cervantes. Seguramente cuando pasó tiempo para que su osamenta descarnara fue extraída  ésta en algún "escarbo de huesos” y el pueblo caymeño agradecido e impresionado por la bondad infinita de Piurez, lo santifico y convirtió en objeto de devoción. curioso es que no hicieran lo mismo con el de Zamacola párroco diligente y superior que puede decirse formó a Cayma.  Quizá porque sus restos se enterraron en la iglesia, en medio del presbiterio , o quizás porque , no obstante sus excelencias debió tener vasco el carácter.

Barrunto que el nombre del médico benefactor se escribió en la partida  tal como se pronunciaba y no tal como se escribía . Debió ser Peironex . ¿A qué se debió que su esqueleto se le denominara San Gil? . Sin duda que a lo ahilado de este nombre el más breve en castellano y el cual por la “i” única vocal que lleva da una impresión onomatopéyica de delgadez como la del esqueleto

Tal era el nombre de un esqueleto que existía en la parroquia de Cayma, con ojos de cristal tamboril pendiente a la cintura una ballesta en la mano ya por añadidura, una guadaña en el dobles del brazo. De las clavículas le pendía un manto violáceo y ceñía su monda calavera un sombrero de teja verde.
Históricamente se sabe que era el esqueleto de un humanitario médico francés. Se le guardaba en el depósito de cadáveres, como presidiéndolo, y en la "fiesta de las almas" se le sacaba en procesión, tanto para realizar el escarbo (le huesos como en la peregrinación nocturna para el cambio de mayordomo.

El vulgo le tributaba culto, encendiéndole velas para obtener que apareciesen las cosas perdidas o el castigo de quien había causado perjuicio o la curación de ciertas enfermedades. Se iba hasta creer que en las luchas de Vivanco y Castilla conducía San Gil correspondencia de los partidarios de aquel al campo de éste y viceversa. Existió hasta que el Obispo Huerta ordenó se le enterrase a raíz de que fue utilizado por unos mocetones para amedrentar al propio autor de sus días impidiendo mediante la presencia del espectro que saliera de sus habitaciones, mientras vaciaban el repleto granero. Quien esto escribe publicó en 1919 en la revista "La Campiña", una leyenda.- San Gil de Cayma - aprovechando por tema las supersticiones y costumbres desarrolladas alrededor del famoso esqueleto, que espeluznaba a grandes y chicos con su aspecto macabro, con la fijeza de sus ojos cristalinos y con el temor de su huesamen, cuando era conducido en procesión.

Para denominarlo el pueblo buscó el patronímico más breve que hay en castellano y en cuyo patronímico la "i", única vocal produce una impresión de delgadez infinita. Pues bien la locución San Gil le sirvió después para designar a las personas raquíticas o flacas, sea por constitución o enfermedad. "Es un San Gil" quiere decir en labios arequipeños que se es esquelético o que de tan extenuado se está hueso y pellejo o que se es sumamente delgado. "Que habla San Gil de Cayma", es frase con que se moteja a quien siendo desmirriado critica la flacura de otro. "Cuidado con San Gil" era en otra época locución con que se amenazaba a los niños, y "se lo llevó San Gil" era locución con que se expresaba que una persona murió en los días de la fiesta de las almas. Debieron existir muchos otros dichos, que han desaparecido juntamente con el vestigio; pero aún perdura el llamar San Gil a los individuos flacos, extenuados o raquíticos. ( San Gil de Cayma, Leyenda folklórica. Francisco Mostajo).


EL RITO DEL ESCARBO DE HUESOS

LOSPREPARATIVOS

 
En el Distrito de Cayma se tiene por costumbre la ejecución del rito el primer domingo de diciembre de todos los años, como finalizando todas las ceremonias del mes de todos los santos, y como es un día de descanso podrán concurrir mayor cantidad de creyentes a este culto a las almas.

La organización.- Para tal efecto hay una persona encargada de organizar toda la “fiesta del escarbo de huesos, fiesta de las almas” a quien se le denomina “mayordomo”, yo diría mayordomo devotado porque todos los que asisten a la ceremonia ellos mismos se dicen que son devotos de las almas.

El mayordomo devotado.- todo el año tiene que buscar la forma de agenciarse de recursos, de solicitar el permiso al Municipio para que señale el sitio para el escarbo (cuando no hay oferente), hacer las invitaciones a los creyentes, comprometerlos para el día señalado. Hay alféreces para otras actividades menores.

El maestro.- es una persona de edad, que año tras año viene realizando el rito conservando el mito, el Sr. Zeballos dice que lo viene haciendo hace 28 años y que la tradición viene de familia porque su padre y abuelo también lo hacían.
Otro es el maestro (curandero), que contribuye en la preparación de la ayranta y mesa andinas, que forman parte de la fiesta. Un alférez mujer se encarga de las comidas, otra de las flores etc.

El difunto.- necesariamente tiene que ser de un poblador de la zona, cuyos restos deben estar bajo tierra y no en nicho, anteriormente eran los familiares quienes se ofrecían para que hagan el escarbo de huesos de sus seres queridos, en la actualidad se hace de una persona desconocida cuyos restos están olvidados y de quien los familiares ya no están en esta ciudad, migraron a otros lugares. De este difunto se extrae el cráneo Tocka.

Las 35 misas.- El día de todos santos se arma un altar para las toccas(calaveras) en la casa del mayordomo, para recibir a las almas de los difuntos, el día uno de noviembre por la noche, se pasa la primera misa de difuntos en la iglesia de Cayma, y luego todos los días el mayordomo y las personas que se ofrecen deben realizar una misa hasta cumplir las 35 en todo el mes contando las dos más del día del entierro de huesos.

En Cayma el altar se forma en las casas del mayordomo, en todos santos, y en estas celebridades

EL ESCARBO DE HUESOS

El proceso del escarbo de huesos consta de tres momentos importantes: el permiso, la ceremonia en sí y la despedida.

El permiso.- El día domingo por la mañana antes de toda actividad primeramente se pide permiso, pagando a la tierra con una ayranta (mesa pequeña) cuyo instrumental es netamente andino, que contiene coca, sebo de llama, incienso, Este ritual lo hace el maestro conocedor de la preparación y proceso, la realiza masticando coca fumando, bebiendo licor y tinkando, luego queman el atado ofreciendo a los volcanes que circundan la ciudad (apus), así entremezcladas con oraciones cristianas padres nuestros y ave marías. Ellos dicen para que la tierra no se enoje no los agarre, y ellos encuentren lo que buscan.

Luego el devoto y familiares hacen la limpieza de la tumba que se ha escogido en el cementerio, sacando hierbas y maleza que crecieron por la antigüedad de la tumba, midiendo el ancho y largo del hoyo que irán a escarbar. Tinkando con aguardiente echando a la cruz y a la tierra para que la tierra suelte a los huesos y los encuentren.

El escarbo en sí.- Aproximadamente a los diez de la mañana del día domingo 6 de diciembre observamos y participamos de este ritual, el maestro que pidió permiso y otros ayudantes con palas y picos y barretas procedieron a escarbar el sitio de la tumba, movieron la cruz y se hicieron espacio para votar más rápido la tierra porque deberían hacer un hoyo de aproximadamente tres metros y recién encontrarían los restos.

Las mujeres, generalmente esposas de los devotos y de los ayudantes, alzan sus manos en señal de oración cristiana con padres nuestros, credo, aves marías, luego (y durante todo el ritual) ellas van sirviendo chicha de maíz, aguardiente, alcanzan coca y cigarro a todos los que trabajan y participan en el ritual, mientras van llegando más ayudantes hombres para escarbar quienes traen un cajón nuevo para los huesos, y llegan más mujeres con ramos de flores (pompos) de color amarillo blanco en cantidad, destapan el cajón y dentro de él deshojan los pétalos de las flores haciendo una capa (cama) donde colocarán los restos de los huesos que encontrarían.

En plena faena, las conversaciones se refieren a los recuerdos de años pasados a los cuentos de sus padres y abuelos, quienes les transmitían esa costumbre, y que en esos años había mucha concurrencia de gente y el ritual lo hacían de noche(Confróntese Mostajo, San Gil de Cayma) todo era con banda de música (caperos) y no como ahora apenas un tambor y una quena (eso también se debe a los recursos con que pueda contar y conseguir los devotos). También hay momentos de bromas como a la persona que muestra cansancio le dicen que el muerto lo ha “caicado” y le dan de beber licor.

Ya al medio día cuando encuentran al cajón muy deteriorado por la humedad del suelo se procede a tinkar con licor y a sacar los huesos uno por uno hasta encontrar el cráneo (tocka) en forma ordenada poniéndolo en un mantel para llevarlo a colocar al cajón nuevo. Una vez extraídos todos los huesos se hace limpieza del fondo de la tumba dejándolo listo para el segundo entierro de los mismos restos al día siguiente.

Las mujeres continúan echando los pétalos de flores ya encima de los huesos colocados en el nuevo cajón. Luego se procede a poner la tapa, se escucha el golpeteo lento del tambor y un sonido prolongado de la quena -como un llanto-, dando un sentido fúnebre y triste en el total silencio sepulcral del cementerio.

Ya son dos de la tarde y todos se reparan para salir en procesión del cementerio a la casa donde serán velados los restos en el trayecto de seis cuadras, se va tocando el tambor y quena, de las casas algunos curiosos observan tras las rendijas de las puertas, otros al ver pasar se persignan, en la plaza de Cayma frente a la iglesia muchos curiosos se detienen se ponen de pie y se persignan.

En la casa del velatorio espera una capilla ardiente moderna contratado a una funeraria y en ese lugar se instaló el cajón con los restos óseos, la tocka es puesta a su costado en una mesa adornada con coronas de flores amarilla y blancas en los agujeros de los ojos y nariz se colocan flores rojas, y para culminar la tarea del día ya las tres de la tarde se ofrece un almuerzo a todos los que participaron y presentes y visitantes, las mesas están distribuidas alrededor del ambiente, y se cruzan las bromas, recuerdos y se comenta de los que no han venido, y todos prometen volver más tarde para el velorio.

En la noche es de acompañamiento a los restos, se brinda con licor, mezclado con té mastican coca, existe los cuentos de almas, recuerdos ancestrales, otros hacen lectura de la suerte en coca y a media noche todos rezan oraciones.

Al día siguiente, lunes muy temprano todos se preparan para la misa de medio día, un devoto de años anteriores trae una tocka adornada en su urna y la ponen junto a la otra para compañía, también la adornan con flores, simultáneamente los músicos (caperos) están tocando notas alegres y tristes como la “Marcha fúnebre a Morán”. Salen en procesión llevando el féretro completo con la tocka, van hasta el interior de la Iglesia bajo la protección de la Virgen candelaria de cayma. Es una misa de difuntos como si fuera un recién fallecido, hay discursos del cura y devotos. Terminando la misa todos vuelven a la casa del velatorio es la una de la tarde hora de almorzar, la música continúa, hay mucha más cantidad de gente que el día anterior.

Todos se preparan para el entierro programado a las tres de la tarde, mientras se elaboran coronas de flores para los devotos salientes y los nuevos que se ofrecieron, una corona para la cabeza (similar a las tockas) y otras para el cuello que cubre todo el pecho. Ambos devotos ya siendo las cuatro de la tarde encabezan la procesión, van con dirección a la plaza, se detienen frente a la Iglesia y es un silencio sepulcral un buen rato, luego caminan el perímetro de la plaza y se dirigen al cementerio. La gente se turna para cargar el féretro, los músicos siguen tocando se bloquea el tránsito de vehículos, en el trayecto los curiosos se persignan, en el camino los acompañantes conversan de lo milagrosas que son las calaveritas, que ellos son muy devotos, que cuidan su casa, y es verdad que muchos pobladores en sus casas tienen un lugar para ellas y las adoran como si fueran un santo católico. etc.

Llegando al cementerio se encaminan a la tumba de donde fue sacado para volverlo a enterrar en el mismo sitio. En la fosa se tinka con licor, se echa una capa de flores, para luego poner el cajón con huesos, las tockas se quedan con los devotos la tocka que extrajeron el día anterior es entregada al nuevo devoto para que lo conserve todo el año y una vez presentado al público el devoto manifiesta que el ritual se volverá a realizar el próximo año.

En el momento de puesto el cajón hay una gran emoción en las gentes, como si se tratara de un recién fallecido, muchos echan licor, flores, ellos mastican beben fuman, los niños participan echando pétalos de flores multicolor a la fosa. En este segundo enterramiento se aprecia en la gente una mirada profunda, como si vieran a un santo hay una veneración y adoración, todos rezan, a la hora de echar la tierra, todos deben dar siquiera una pala hacia la fosa hasta las mujeres de edad avanzada, luego se pone la cruz, se pone corona de flores, se dan los discursos por el maestro invocando a los creyentes que son actos de devoción de adoración, respeto y mucha fe. Todos se junta se ponen en fila para continuar la procesión con las tockas recorriendo por todo el cementerio e iniciar la retirada, siempre encabezado por los devotantes hasta volver a la casa del velatorio y dejar a las tockas con velas encendidas hasta el día siguiente.

La despedida.- También la denominan el “descaique” expresión quechua y aymara que consiste en de quitarse el mal de muerto la actividad se programó para las tres de la tarde del día martes, de la casa del velatorio se dirigen al cementerio, antes el mayordomo y maestro llevaron los instrumentos y objetos necesarios que integran la mesa andina, que será preparada en el cementerio la explicaciones son en aymara se dirigen a los apus Anuckara, Chachani, Pichupichu, Misti y otros lugares sagrados mezclados con oraciones cristianas, y una vez preparado proceden a enterrar la ofrenda tinkando con aguardiente y bebiendo los presentes que participaron en las ceremonias anteriores.

Luego realizan una forma de baile con alegría y cierto castigo flagelándose con látigos, varas de membrillo y ramas de ortiga, unos a otros se pegan, el castigo va entre bromas dicen para quitarse el mal de muerto, -años antes se arrojaban frutas y comida-. Después de buen rato y finalizando todos salen amistosos y contentos por haber cumplido con sus tradiciones, costumbres ancestrales, unos van a la casa del velatorio, porque ahí quedaron las tockas con velas encendidas y los devotos proceden a llevarlas a sus domicilios y conservarlos hasta el próximo año. (Edgar Chalco Pacheco).


Con un contemporáneo de San Gil

Don Pepe , necesito “documentar mi leyenda San Gil de Cayma” reporteando a los mas viejos de su pueblo, En al acequia alta vive un centenario que s e da cuenta cabal de todo, Suficiente. Vamósnos allá y con don Casimiro, para que lo xilografie.

A poco rodábamos en el primer colectivo que pasó por Cayma y mientras rodábamos recogía una vez más, la visión de la amplia vega de sus rurales pagos, La Tomilla y la Acequia alta . al llegar al Boquerón, en que un puente salva gran acequia que da nombre al lugarejo y es aorta del distrito dejamos el auto y, no sin lanzar una mirada a las copas d e los árboles d e la vieja quinta donde Jorge polar soñaba y Juan Manuel meditaba, seguimos por la ancha calle, como que es el principio del camino a Charcani y la sierra.

A ambos lados la forman humildes casas de techos de paja, angulados y corralillos en abandono y ruina. Los alambres d e la luz eléctrica penetran , sin embargo , por esos techos primitivos y pobres. Algunos muros son de “sillar” y s e ha empleado, en ellos, en vez de cal, el “pillacan” , que es una argamasa que arrastra una d e las llocllas (torrenteras) detrás del Chachani . Por ahí hay un a pared que, en contraste con tal techumbre pajiza, ostenta zócalo del cemento, como en la ciudad. Ingenuo entrevero de épocas el de caserío.

Por un senderillo que va a la quebrada del Chili, nos desviamos, con el objeto de que nuestra mirada abarca todo su paisaje. aquella despliega sus alfombras de sembradío, pero sólo un sector , entulado ya por la tarde y que hacia el Chachani cierra una rinconada , cuya revuelta comienza a esfumarse, como en un sueño, y hacia la ciudad interrumpe un ancho avance d e la pampa leonada y en promontorio de lado opuesto. No alcanzase, pues a ver la blanca urbe d e los poetas , como desde Carmen Alto.

Tomamos, en charla , hacia l a calle que ya avecina su término en la pampa extensa y gris , abierta como el reino del alacrán , hacia Cerro Negro , que se ve en lontananza , casi al pie del Chachani . La postrera casucha es la del valetudinario así me lo imaginaba a quien buscamos, y llegamos a ella , satisfechamente bajo el plafón de un cielo conquistado casi por los nublos. Son los primeros días d e enero, que se anuncia lluvioso.

Es la tal una casucha, como las otras sólo que, como en la mayoría de estas , la paja de la techumbre que fue amarilla, está ennegrecida por la intemperie y por el tiempo. Delante hay una ramadita , desde cuyos poyos se ve el murallón encerrillado de la opuesta margen de la barranca, con su agestada expresión d e naturaleza muerta, y hacia el lado libre de casucas, inmediatamente a la del secular anciano, la pampa con el cerro Negro en lontananza y el Chachani azulado y ciclópeo en el confín.

Nos recibió una vieja campesina, arruinada por trabajo y con un chiquelo en los brazos : era la hija del centenario en demanda de cuyos recuerdos habíamos peregrinado . A su lado llamado , emergió éste de entre el tugurio oscuro para recibirnos ,se había despojado del poncho y estaba en mangas de camisa, sin cuita alguna por el aire frígido . Más alto que bajo es el viejo, enjuto de carnes , la cabeza reducida y redonda ,los cabellos recortados y grisáceos, la piel rugosa amorenada por la intemperie , los ojos pequeños inteligentes e ingenuos ,las manos africanizadas pro el trabajo de la tierra y por la edad , tremulas , además con el temblor perlático propio de está .

Vestido de casinete , desaseadamente, no s e ve en él las trazas del cholo que fue vigoroso, pero si se ve en él al labriego sano, pese a los cien años y pico que ha vivido, está afeitado , de no muchos días y que aquí Casimiro Cuadros no pudo menos que romper en una lamentación pues él había prometido hacer el estudio de una cabeza d e aldeano de fisionomía encortezada y barba “enchascada” (greñosa) . “Siempre me hago afeitar , se exculpó el anciano porque la barba me molesta” . algunos arrapiezos , venidos nos miraban con lela curiosidad . alrededor todo era miseria , triste miseria.

Me senté al lado del veterano d e la vida y lo interrogué por intermedio de don Pepe cuadros , que sabe cómo se habla y maneja a los labriegos, de cuyo re4speto, cariño y confianza goza. Inmediatamente captaba el viejo el sentido d e mis preguntas y sin retardo las contestaba, con claridad y precisión . En ningún momento trepitó ni noté en él confusión mental . Su oído era presto y su inteligencia y su memoria, frescas , en sus labios , por una d e cuyas comisuras asomaba una hojita de coca, había una sonrisa de satisfacción por verse en su humildad objeto de una averiguación de cosas pasadas , en la que él tuvo parte . Debió haber sido y es un hombre sencillón : no hay pizca en él d e la malicia d e la vejez.

Mientras, Casimiro cuadros manejaba el lápiz, dando de cuando en cuando, un a mirada al anciano campesino. De repente, sin decir palabra, me mostró el apunte trazado : la reproducción era exacta . Como yo no había concluido mi inquisición , el hábil dibujante emprendió a bocetar a la labriega , hija de aquél , incluso al rapazuelo que sujetaba en sus faldas.
También la reproducción le resulto fiel. Yo en mi interior , hacía la psicología , no solo del viejo , sino d e lo s circunstantes , y mi mirada iba a veces a posarse en el muro agestado d e la barranca y a veces se tendía hasta la mole azul del Chachani , cuyas cimas engorraban las nubes. 

Resumo en los párrafos siguientes cuanto me dijo el secular aldeano:Su nombre es Andrés Vargas . Nació en el mismo pueblo d e Cayma. Sus padres legítimos fueron Hipolo Vargas y Cayetana Núñez . cuenta a la sazón 107 años de edad pero el 4 próximo de febrero día de San Andrés corcino, redondeará lo s 108 comprobados con partida de bautizo . Nació, pues en 1832. En la escuelita del villorrio, que estaba ubicada en los altos d e la “Caridad” . el habitáculo d e San Gil , aprendió la s primeras letras . El maestro era Don Anselmo Delgado, (a) El pellejo, maestro de antiguo tipo ,con la apotema d el a “la letra entra con sangre” por regla . Acostumbraba a tomar la lección con la disciplina de tres ramales en mano, y el muchacho daba con los pantaloncillos bajados a las rodillas, listos los glúteos para recibir los ramalazos a cada punto malo . cuando el escolar era insoportable , lo llevaba a la morada tétrica de San Gil, y sin más ni más, lo encerraba en ella . Pavor le tenían los mataperros a castigo tan inquisitorial , y así andaban con mucho cuidadito.

Mas tarde, lo pasaron a la escuela d e los padres recoletos , con cama , pero antes había ido con su padre , que era arriero , a Islay le encantaba recoger los cocos y nueces que se desbordaban d e los costales rotos. No se halló, pues, en el plantel frailuno y se escapó para irse al puerto d e sus simpatías. Cuando volvió a su pueblo, lo apodaron “padre cimarrón” . Solo a los 22 años de edad conoció por primera vez a Eva: fue indudablemente un sobrio. Se casó con Andrea Ramos, del cerro San Jacinto en la que ha tenido ocho hijos ,que le han dado nietos biznietos tataranietos y choznos. Nunca fue infiel a su esposa porque la quería mucho y era , además su tocaya , del mismo 4 d e febrero . Hace años que murió ,siempre fue trabajador . 

En la época en que llegaron los aperos extranjeros, era gañan. Con esos aperos , dice, se trabajaba mayor extensión . Después , fue mayordomo d e varios agricultores , cuyos nombres nos repite por su orden, ocupando el primer lugar el padre del cura Lozada. A san Gil lo conoció desde antes de ir a la escuela del maestro Pellejo. Lo cuidaba entonces doña Dorotea, l a beata . _Ya hombre , fue mayordomo d e la fiesta , “de hueso” , como expresa con su lenguaje graficante. No sabe de quién sería ,pero supone que fuera una persona santa ,pues se le veneraba y hacía milagros, no pudiendo precisar si esto oyó a sus padres.
Los ojos d e San gil eran de cristal y movibles : daban mucho miedo. Tenia en las manos un a”huallista” (ballesta) , en actitud d e disparar, y también la guadaña . No es cierto que llevase tamborita ni taleguilla alguna. Su capa antigua era morada ,pero doña Manuela Alpaca le hizo cocer una colorada. 

El sombrero era d e teja , y su color varió también como la capa . cierta noche recuerda se encontró con san Gil al pie del “higo” (los campesinos designan los árboles con el nombre del fruto), mientras rondaba el agua en la chacra de "Tocra-huasi". Su susto fue mayúsculo y pudo apenas encomendarse a las almas quienes lo salvaron, llevándolo por los aires hasta la "Tomilla". Esto nos refiere no como desvarío senil, sino como superstición de labriego ,cuyo primitivismo da ancho margen a lo maravilloso.

A San Gil , previa una limosna ,lo llevaban , en tiempos antiguos, a cuidar las chacras, en la noche, cuando los maíces estaban crecidos . Los Ladrones “entonces no se atrevían ,pero hubo vez en que unos mozos muy divertidos se aprovecharon del santo esquelético para robarle graneros a su propio padre. Con sabor , hizo el relato de las supersticiones y costumbres habidas alrededor de aquel vestiglo, y eran , más o menos ,la s mismas que he descrito en la leyenda versificada. Recordó la azotaina con ortiga cuando fue mayordomo y lo mucho que se divirtió , pero sin faltar a su mujer. Con este motivo , dijo que nunca pudo aprender a tocar vihuela ,pero que aprendió estos versitos”

“ya está la rosa , en botón,
Que goce d e su verano;
Que con el tiempo ha de abrirse,
Y verá su desengaño.


Y luego agregó estos otros ,que recuerdan los de alguna fabula, quizás reminiscencia de Samaniego:

“La codorniz, tan sencilla
Antes se cantaba libre
Y ahora llora cautiva,
Dando sus quejas al aire
Y tarde y arrepentida”

Pero también sé concluyó los que rezo todas las mañanas . Eran los mismos que yo oía musitar a mi padre , cuando despertaba
“Buenos días nos des , Madre,
Hija del eterno Padre:
Yo mucho me regocijo
Que tengáis a dios por hijo.
Cúbreme con vuestro manto
Tú esposa del Espíritu Santo,
Hasta aquel dichoso día
Que dura un a eternidad ,
Templo y sagrario
De la santísima trinidad”

Recordó que cuando se casó , su padrino Don Julián Portugal lo visitó ,para la ceremonia, “bien elegante” y le puso una cadena d e oro , gruesa , y que a él le parecía que llevaba una reliquia . conoció al Obispo Herrera en los días que estuvo en Cayma , donde iban muchos caballeros a buscarlo y la bruja Zamatelo lo amenazó con hacerle hechizo. Esta poseía un terrenito detrás del “panteón “ y cierta vez tuvo una disputa con su arrendatario Anselmo Mamani , a quien le dijo que la yunta con que estaba arando se le iba a reducir a cenizas . Entonces aquel cogió la lampa y de un lampazo en la cabeza la mató. al otro día se encontró el cadáver arrojado en unas “hualhuas” que formaban cerco al “panteón”.

Él ha visto dos terremotos el del 13 de agosto de 1868 y el del 11 de octubre de 1921, su abuelito le contaba que en el terremoto de Santa Úrsula “andaba el mundo” . Fue en este lo que se cayó un a peña formando un puente natural sobre el río, en la región del volcán. Es el puente de los Huarhuires ,que así se llaman los indios principales del pie del Misti . Ha subido hasta la mitad d este y al Chachani lo conoce bien, dándonos algunos detalles del gran nevado. Durante la guerra pasó trabajando adentro de Charcani y entonces conoció esos lugares . Oyó referir que en la cruz de la Higuera los chilenos asesinaron a tres individuos que iban para la sierra.

De la batalla d e Carmen alto, refiere que Castilla dejó escondida tropas en una d e las quebradas del Chachani y aparento huir hacia piedra de Piccho. Los vivanquistas lo persiguieron ,pero aquel de repente volvió caras y los atacó , al mismo tiempo las tropas que estaban escondidas cargaron por la retaguardia . La derrota de Vivanco fue completa y Castilla entró triunfante a Arequipa , con banderas azules .

Él posteriormente fue soldado de este General, que acostumbraba mandar a las rabonas por delante ,para que de este modo la tropa no viera la hora d e marchar y cuando llegase al lugar de su destino , encontrara listo el rancho. A Morán lo fusilaron los soldados de Elias ,pero el pueblo pedía su cabeza amenazando a aquel con tomar chicha en su calavera. Elias no quiso oír a nadie , ni a los “reverendos padres” . Los músicos de Moran asistieron al fusilamiento , tocando la “marcha “ . Desde entonces al Perú le ha ido mal , fue la moraleja con que cerró el trágico recuerdo el anciano narrador.También fue soldado cuando Prado , bajo las banderas de éste . Trajo este General un cañón que lo "jalaban” 22 yuntas y para cuyo servicio empleaban 14 hombres .

Él estuvo en el combate de Lloqueo contra el General Segura, y lo hirieron en uno de los dedos de la mano derecha, que nos mostró: lo tiene ligeramente encogido. Fue entonces cuando llegaron los “soles blancos” (nuevos) y él en la casa d e la Antiquilla, donde estaba el gobierno ,los vio amontonados , en una habitación . para pagar a la tropa ,los sacaban en cucharones , y el mismo Prado le regaló uno. Este Presidente y los jefes de su ejercito bailaban con todas las buenas mozas de la Banda (el barrio nombrado y el del Beaterio), que las había hartas . En aquellas épocas, se repartían libritos con versos contra los presidentes.

Al Deán Valdivia lo conoció. Era un sacerdote que usaba arma, pero muy respetado, tenia buena voz para mandar. Del Dr. Urquieta , dijo que fue médico ,pero que quiso negar la religión y no pudo. El buen labriego no sabía que hablaba con el compañero número uno del agresivo líder, heterodoxo como éste. En su frase no había encono fanático, como lo he observado en los individuos beatos del pueblo de la ciudad. Será porque en el alma campesina la fe es ingenua, sin santurronería , sin resecamiento que es yesca para el odio y no savia para el amor. No quise fatigar más al anciano, no obstante que no mostraba desmedro en su charla, y le pregunte si tenía miedo a la muerte. Con los labios inocentonamente sonreídos , me contestó : No , porque solo Dios es eterno y yo ya tengo hecha mi contrición . Cristiana y filosófica respuesta propia del alma campesina de Arequipa. Miré al viejo, enjuto de carnes y perlático y me figuré a San Gil , que habíase encarnado en este labriego para broma mía.

La tarde se había entulado más . porque los nublos, en su conquista del cielo , habíanse hecho compactos y hasta soltado algunas gotas d e lluvia. Estrechamos los tres la mano del centenario de Cayma ,le dimos algunas monedas y don pepe le dijo : Ya no morirás porque este caballero te hará vivir. El viejo nos miró a uno y a otro indefinidamente . Los arrapiezos también nos dirigieron su última mirada de lela curiosidad. Y nosotros emprendimos el viaje de retorno, sin esperar el auto. “No deseo ser centenario” , fue mi comento final, como respondiendo a un soliloquio interior, mientras desandábamos lo andado. Tornamos a pasar por el puente del mentado boquerón del Cuzco así se llama , trabajados por los ayllus que labraron Cayma y su raudal d e color achichado me trasladó imaginativamente al Incario. A poco arribamos a la casita campestre del artista Don Casimiro , suspendida sobre la quebrada hortelana de Tocra-huasi y en ella encontramos a Don Juan Manuel Cuadros y don Vicente Aparicio , que nos esperaban . Bajo su portada de arquitectura arequipeña, nos refocilamos con una comida frugal y una conversación íntima y criolla . 

Mis miradas se perdían a ratos en el fronterizo paisaje, que va hasta el Pichu-Pichu, y mi pensamiento, siempre en labor compleja ,hilaba su propia tela. “Cuando agoniza un anciano analfabeto, me vino de súbito a la memoria esta frase de Carlos Vega ,el profesor argentino ,parece que se quema una biblioteca”.
(Francisco Mostajo) Enero de 1941

Este tema musical : "Sombras" corresponde al compositor Arequipeño Lorenzo Manuel Aguirre fotografías de los hermanos vargas , pintura "San Gil de Cayma" de Raul Oblitas Flores