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Carnaval Arequipeño




Con el establecimiento de Villa hermosa, Arequipa por otro nombre en el valle del Chili debió tener iniciación el Carnaval, que había de alcanzar fama por sus características tradicionales. El primero que se jugó tuvo que ser, pues, en febrero, marzo o abril de 1541, hace 410 años. A medida que aumentó la población y se tranquilizó el territorio, debió incrementarse la fiesta pagana, tanto en el pueblo, que la criollizó, como en la soledad goda, que le conservó distinción. Los indios, cuyos núcleos aún llegaron a principios del siglo XIX, debieron contribuir a la caracterización del Carnaval popular, siendo las "bifalas" hasta hoy las que conservan el cariz indígena. Andando el tiempo, cuando el yaraví, que encontró Melgar, ya se había amestizado, aunque no adquirido todavía categoría literaria, debió surgir la tonada del Carnaval de Arequipa, que tiene la alegría india.La escala pentatónica la hace triste para quien no es serrano. Hay llorido en su fondo dionisíaco, dionisíaco-indio.

Alguna vez la oímos tocar por la banda de la Guardia Republicana en un Carnavalón de Lima y dinosaba. El alborozo costeño es otro.

Cada vez tomó mayor fuerza colectiva el Carnaval de Arequipa, como una institución con sus características lugareñas. El Cabildo tomaba parte principalísima. Encabezaba nada menos el juego. En sus archivos existen varias cuentas de los gastos. Lo presidían dos maceros. Es decir tenía todo el aspecto de la Colonia.

En el pueblo el "cachet" indígena debió ser más pronunciado, y lamentamos que nadie nos haya dejado una descripción, una alusión siquiera. Monótana era la vida de Arequipa en la Colonia, sin otras fiestas que las de Iglesia. Las de Momo debieron serle, pues, como un desahogo, descargándose por ellas toda la contención beata del año. Y ya imaginamos lo que pasaría en la Vieja ciudad cuando el Domingo de Carnaval de 1600 el día se le tornó noche, relámpagos esféricos cruzaban la tiniebla y las descargas de los truenos eran pavorosas. Se creyó el juicio final, pero sólo era la reventazón del Quinistaquillas, que dejó los alcores como si hubiera nevado en ellos por la ceniza blanca.

 El Carnaval era, pues, desbordado. Sin embargo se abría con la procesión de la Virgen de Copacabana, que salía de San Agustín, hasta hoy, precediéndola bailes de indígenas disfrazados, contra cuya subsistencia hasta mediada la República no dejaban de tronar los periódicos, pero es verdad que, como hoy, el domingo no había juego. Cuando éste estallaba, todos, sin excepción, se entregaban a él. Se recuerda que Carratalá en uno de esos días cerró con tropas las bocacalles y reclutó inmisericordemente a todos los mozos para el ejército realista. ¡Qué conmoción habría en la ciudad! Pero el juego era loco.

Sólo había un grito pánico, y puede aplicársele lo que dijo un viajero de él, pero refiriéndose al Carnaval de la República. "Arequipa no es sino una boca inmensa, de donde se escapa un rugido continuo". Sólo había un grito pánico, pero arrítmico con la religiosidad del pueblo arequipeño, a modo de ciertos dichos españoles, pese a ser España nación tan fieramente católica. He aquí una de sus particulaciones: "Mañana Cuaresma, día de ayunar. ¡Qué ayunen los santos, que son de papel! i Yo que soy de carne tengo que comer!" Empero, los que habían cantado, locamente, estos versos desafiantes, eran los más contritos y entraban en rigurosos ejercicios espirituales: quizá hasta ayunaban a pan y agua.

Pero es el hecho de que la música de "El Carnaval de Arequipa", incluso sus cantares, viene desde el fondo de la Colonia, en que se formó el mestizaje tristón de la mistiana ciudad. Y no ha variado. Sólo se habrá aumentado algunos cantares sobre el patrón antiguo: "El año pasado con tanta guaragua, y este año ¡vidita! con tamaña guagua".




El Auge Carnavalesco El entusiasmo popular debió acrecerse y manifestarse con mayor franqueza, porque las familias todas estaban alicaídas, el pueblo surgía al llamado de la Democracia y la clase media se diseñaba con la implantación de las Casas Comerciales. Quedaría eliminado lo ceremonioso de la Colonia, que muy bien representaban los maceros del Cabildo y el festejo carnavalesco tomaría el aspecto que, en auge, alcanzaron nuestros padres y que, en nuestra juventud todavía vimos, aunque decían aquellos que ya estaba en decadencia y deploraban con nostalgia. De esos Carnavales, existe un grabado en acero en la voluminosa obra de Paul Marcoy, "Viaje por la América del Sur"; grabado que nos muestra el juego de Momo en Arequipa como una verdadera batalla. Poca diferencia hay con una fotografía de la defensa de la Quinta de Vargas en la revolución de 1867, que hemos visto y tenemos.

Pueblo que jugaba así era un pueblo belicoso, y su historia no dice lo contrario. Así debió seguir hasta el establecimiento del ferrocarril a la costa, obra que iba a hacer variar la socialidad de Arequipa. Todavía en 1867 el Carnaval debió encontrarse en pleno auge, cuando el Prefecto de la época, para celebrar el primer aniversario del a victoria del 2 de Mayo, tuvo la ocurrencia de decretar tres días de festejo carnavalesco, desde esa fecha, por ser éste lo más regocijado que encontró en la vida arequipeña. Todos se rieron, y a dos o tres jugadores que salieron la chiquillería los pifió y corrió. Ese Prefecto repitió el caso de aquel Corregidor de Moquegua, que, para celebrar no sabemos qué acontecimiento, ordenó una Semana Santa, en fecha inusitada del año, según refirió el tradicionista Cateriano, porque la Semana Santa era lo mejor de aquella tierra. En esa época, el juego se reconcentraba en el jirón que va de Guañaimarca (hoy Rivera) a Mercaderes y de Mercaderes a la calle del Puente Viejo (hoy Bolognesi) y de ésta al Beaterío. Las familias que vivían en él invitaban a las demás, y el jirón era el disloque o el descuaje, como ahora se dice. Rompían la marcha de los jugadores los caballeritos de las buenas familias, vestidos enteramente de blanco, motivo por el cual se los llamaba "los blanquillos'. Seguían las autoridades, en enjaezados corceles, y luego los jugadores de categoría y el pueblo que se divertía como en día de balas.

Eran los tiempos en que esos jugadores de categoría arrojaban a la chiquillería amotinada a su rededor cartuchos de monedas de plata, reales y medios, siendo lujo el que fueran "huevitos". Y antes, que fueran cuartillos del mismo metal, acuñados en la Casa de la Moneda de Arequipa, los cuales llevaban en el centro la figura de un venadito o vicuñita. Se les apreciaba en mucho y se los guardaba, porque eran de buena plata. Entonces no había bandos restrictores.

Los caudillos eran los primeros en dejarse empapar y polvear. Se cuenta que esto hicieron jubilosamente las cholas de Miraflores con Santa Cruz, cuando regresaba de Quequeña, cubierto con poncho de "carro" (tela gruesa e impermeable), y que el Jefe de la Confederación se inclinaba complaciente para que lo jugase el pueblo conforme a la costumbre criolla. Se cuenta también que tal era el entusiasmo que no escapaban de él ni los severos magistrados, Fiscal de la Corte era el Dr. Ezequiel Rey de Castro P., calificado de Arístides por su autoridad, miembro que había sido de la Convención. Pues hubo Carnaval en que apareció montado a los grupos del caballo en que iba apuestamente el Prefecto General Diez Canseco, pero montado en sentido contrario, espalda con espalda, colmado con el mismo regocijo de la multitud.

Cuando pasaron los días locos, fue tal su vergüenza que pidió licencia de su alto cargo y se sepultó por tres meses en su hacienda de Vítor. El carnaval que nosotros alcanzamos Comenzaban los bailes de máscaras desde Navidad o Año Nuevo, según que el Calendario marcara temprano o tarde la alegre fecha, y sólo los había en las grandes casas y no formaba parte de las comparsas cualquiera. Aún la distinción colonial continuaba en la vida de los salones que entonces se denominaban 'cuadras'. La "cuadra" era la pieza suntuosa que formaba "el principal", como llamábase al lado del patio "fronterizo" a la "puerta de calle".

Desde el zaguán alborotaban las "mascaritas" (generalmente se les designaba en diminutivo), con sus gritillos en falsete, que los asemejaba a bandada alegre de vocingleros periquitos.

Y así inundaban el salón, donde, tras los saludos de mojiganga y las bromas gentiles o intencionadas, se rompía el baile con la cuadrilla, tan señorial, y se seguía luego con los valses, mazurcas y polkas, cuando ya se propagaron, que antes debieron ser el rigodón, el minué y otros tan armoniosos como de elegante decencia. Los disfraces eran de fina seda o de raso y consistían y de "tipos" (los estrafalarios) usándose también en los dos últimos el terciopelo. Y en tales momentos, el cambiadizo movimiento del salón, realzado por las "toilets" de las damas, era kaleidoscópico mientras la orquesta que cada "partida" (comparsa) llevaba, esparcía sus bailables sones entre los que de cuando en cuando, vibraban los de "El Carnaval de Arequipa" ¡para... entusiasmar! Hemos olvidado que, al ingresar la comparsa, el que la llevaba se descubría ante el jefe de la casa, en habitación reservada, y garantizaba que todos sus compañeros eran personas dignas. Sin esta formalidad, no había baile.  No obstante, como no faltan caballeritos trúhanes, hubo vez en que un apuesto negrito, ayudante del General Canevaro (1805), logró a cambio sin duda de gollerías económicas, se le mezclase en la "partida". Recorrió varios salones, hasta que una señorita, en algún movimiento de la manga del dominó, vió la piel negra a raíz del guante ¡Un negro! fue su grito de susto e indignación.

Y ya es de imaginarse la tremolina y la fuga. Sólo los "piratas" no tenían obligación de prestar garantía, pero tampoco tenían derecho de bailar. Llamábanse así dos o tres "mascaritas" sueltos, que recorrían los salones sin otro entrenamiento que bromear, decir chistes, hacer reír en suma. Necesitaban ser mozos de mucho ingenio y preferían el traje de fantasía o de "tipos". También los "piratas" estaban exceptuados de obsequiar a las damas, pues quienes iban en partida acostumbraban, en los intermedios, regalarlas con cajitas de finos polvos, pomos de perfume, etc. Una gentil sonrisa era la correspondencia. Eran los tiempos en que todavía se enamoraba a lo Melgar: románticamente. Seguir a la Silvia soñada a la Iglesia, miraditas suspirosas y furtivas, "pelar la pava" en vano en las tardes, alguna misiva idealista por medio de la servidumbre y otros langores sentimentales. Pero llegaba el Carnaval y los bailes de máscaras y el juego proporcionaban la ocasión de acercarse a la Silvia de los ensueños y de hablarla y de prometerse "amor eterno" y no pocas veces de iniciar un noviazgo. Ya es de suponerse, pues, la inquietud de los jóvenes. Pero volvamos a los bailes de máscaras. A cierta hora se pasaba al comedor para el ambigú, ya todos con las caretas quitadas, y entonces venían los cargos por las bromas hechas y las discusiones reideras sobre si se conoció o no al disfrazado. Sólo entonces podía contestarse a firme a la inocentona pregunta hecha desde la entrada de la "partida", con voz de "mascarita": ¿me conoces? En la mesa del ambigú se encontraba en abundancia fruta, colación, unos licores, la infaltable chicha dulce, tazas de caldo, reconfortante, con exquisitas presas de pollo. Vibraban charlas. Sonaban risas de festejo.

Nuevo baile, y con una marcha entusiasta se retiraba la "partida" para dar paso a otra, no sin cambiar pullas al cruzarse en patio y zaguán. Los salones se cerraban a la hora que era la voluntad de la casa respectiva, pero cuando se anunciaba "remate" —confluían todas las partidas, de manera que entre las tres y cuatro de la mañana era el salón una Babilonia de disfrazados, que aturrulaban con sus voces en falsete de alegres periquillos. Pasada la hora del alba, comenzaba la retirada ya con la vocinglería algo ajada. Y eran los momentos peligrosos, porque el alegror de los licorcillos, las sátiras entre las "partidas" o individuales, amén de las rivalidades amorosas, solían resolverse en trompadazas criollas, ritmadas con los aspavientos de las "muchachas" (señoritas, familiarmente) y el escándalo de las primeras beatas que se encaminaban a misa. Recordamos los suntuosos "remates" en casas de nuestro barrio (el de Santa Catalina): en la del ex Presidente de la República General Diez Canseco, en la de los Polar, en la de Rickettes y en la de Don Enrique Barrón, cuyas hermanas, garbosas limeñas, perturbaron los sentidos en la ciudad del Misti. El carnaval popular El pueblo también se divertía, ya entreverado con los jugadores o ya a baldazo limpio. Pero el agua de estos recipientes estaba también coloreada con airampo. Era una injuria arrojarla sin colorear, se indignaba quien "era empapado con agua cristalina".

"No tiene Ud. medio para comprar airampo", y con frecuencia la gresca se armaba. Hoy sucede lo contrario: es ofensa echar agua teñida, pero hay que advertir que antes el color se daba con el fruto de aquella cactácea y que en los últimos tiempos se sustituyó con anilinas de todos los matices. Y ¡ay! los ternos cuestan, sobre todo a estas alturas en que, como dijo el otro, "los precios suben por ascensor y los sueldos por gradas". Las calles quedaban como después de un aguacero torrencial. Pasar por delante de las puertas de las casas grandes sin recibir un diluvio, habría sido milagro, porque era el placer de la servidumbre bañar a todo transeúnte, entre descomunal algazara y mientras mayores eran las protestas del empapado, arreciaban las cataratas de los baldes. "Quien no quiere que lo mojen, que no salga", era la máxima de esos días. Al mismo tiempo cruzaban las calles, causando alborozo, tipos populares disfrazados de lo que les daba la gana y empeñados en que el público se divirtiese a su costa. Pero el día de las 'bifalas' (así se decía) era el martes. De Yanahuara y de Miraflores bajaban a la ciudad ruedas de cholos y cholas o de indios o indias, transeúntes éstos, bailando huainos, cashuas, etc., al son de vihuelas o charangos. Todos polveados, otros con disfraces adefesios algunos, otros portando cañas de maíz ya en espiga y cantando con una canturria triste, pero de letras intencionadas.



 Desde luego, todos ya inecuánimes por las libaciones de chicha en todas las picanterías del trayecto, que las botellas de licor blanco ellos la llevaban y a cada rato la empinaban. Se detenían en los cruceros, en los que el baile en círculo era más animado y los dichos y cantares partían como otros tantos cascaronazos, sobre todo si era tiempo de agitación política. Era uno de los modos de desfogue de la sátira popular, cargada de gruesa sal criolla. La copla común e inocente era ésta, en la que se variaban las palabras consonantes según el distrito a que se aludía. 'A mi amor lo pintan en una sandilla, para las buenas mozas, las de la Antiquilla ¡Apúcllay!" Yanahuara, situado al NO, y Miraflores, situado al NE, son pueblos rivales, quien viene del primero a la ciudad tiene que "chimbar" (vadear) el río. Pues las huifalas del segundo distrito les cantaban así: "Las de Miraflores, zapatos bordados: las de Yanahuara, zapatos mojados" Y suponemos que no se quedaban sin respuesta. También aquéllas al pasar por el monasterio de Santa Rosa o Santa Teresa, de regreso a su distrito soltaban esta coplilla. "Vota tu mistura, china de las monjas, para las pampeñas, que son tus señoras" Estas "pampeñas" o miraflorinas siempre eran las triunfantes', pero últimamente se sintió vibrar esta saeta "Las indias pampeñas gastan en piano por menear el mundo, como el aeroplano" Cuando se encontraban dos bifalas, la "batalla" era inevitable. Principiaba por las sátiras, seguía con las trompadas y terminaba con la trabajosa intervención de la policía, que obligaba a seguir a cada una camino contrario.



La yunta de don Elvis Benavente Romaña, (el fijo y el chevere)

El martes de Carnaval popular se concentraba en el Cerrito de San Vicente, al extremo de Yanahuara, pero ahí se jugaba al uso serrano, a duraznazos y a golpes en las pantorrillas. El miércoles era de Miraflores, pues ahí se iba a enterrar el Carnaval, representado por un muñeco, cargado con cuanto adefesio se le pedía cargar y cabalgado en un borrico de mala muerte. Aún se jugaba en el lugarejo y las bifalas abundaban, sobre todo las de indios, de modo que las quenas y charangos se oían por doquier. Quimsa-mocco se llama el sitio por tres colinas, que en los años de lluvia se cubren de verdor. Cuando esto sucedía, se "cutaneaba". Se llamaba "cutanear" al hecho de abrazarse fuertemente un hombre y una mujer y rodar desde la cima de la colina hasta el pie. Todo esto es tiempo pasado. Mientras todo esto ocurría en el paraje del popular paseo, que es en la pampa, las picanterías del pueblo estaban bullendo de plena diversión, aún las gentes con la señal de ceniza que el sacerdote les había puesto en la frente en la mañana, con el "pulvis et reverteris" consabido.

   Francisco mostajo


Que se callen los pianos, que perdone el Carnaval y usted comadrita linda al próximo año vendrá

Como tenemos ya dicho, en la vida y en la muerte de los antepasados de nuestros antepasados, la religión ocupaba -y por varias letanías- el centro indiscutible de su interés. Si las fiestas son a la vida como la cecina al chupe (la presencia o ausencia de aquella determina que éste resulte sazonado o desabrido), pues, ¿¡quién les dice!? que las fiestas más sonadas eran, precisamente, las religiosas, que como toros de una misma yunta combinaban los devotos ritos y las fritangas civiles; sin embargo, en aquellos tiempos había una fiesta en la que un solo toro hacía todo el trabajo: las fiestas del carnaval. Tan celebrados eran los días de Ño Carnavalón, que los arequipeños decimonónicos no se contentaban con los días señalados por el almanaque y como preámbulo de las festividades, instauraron la costumbre de los Jueves de compadres desde tiempo tan remoto que ni el Tuturutu puede precisar (a los que duden hagan la prueba de preguntarle).


Nota: Las Comadres es una fiesta que se celebra en Asturias y otros lugares de España Los JUEVES DE COMADRES tienen su origen en las romanas fiestas “matronalias”, en honor de la diosa Juno, celebradas en días de primavera y con finalidad de exaltación de la feminidad. Día en que la mujer cobra especial protagonismo, como vienen haciendo cada 5 de febrero, desde 1227, en Zamarramala (Segovia) donde las mujeres, ese día, rigen el Ayuntamiento como alcaldesas, designan al “Matahombres de Oro” y premian al “Ome bueno e Leal”.

En Asturias, este jueves previo al carnaval, las mujeres comadrean, meriendan bollos preñaos, picadillo, callos, picatostes o torrijas… y hasta asisten, algunas, a espectáculos “sexy boys”. Y desigan a la COMADRE DE ORO y al FELPEYU DE ORO”.

El JUEVES DE COMPADRES suele celebrarse en coincidencia con el de Comadres o, en algunos pueblos, el jueves anterior. Se le conoce como JUEVES LARDERO (en el antiguo castellano “lardo” era el nombre del tocino) y su origen se remonta a los finales del siglo XV o inicios del XVI. Los varones, para demostrar su cualidad de cristianos viejos o de “paganos” conversos, comían públicamente tocino, alimento prohibido a los judíos y mahometanos. En Arequipa el jueves ante penultimo al carnaval es el jueves de compadres y el último el de comadres, por estas fechas que con coincidencia caen las lluvias  se hace apuestas para saber si es un buen año y cuando llueve  en algún jueves, sea de comadres o compadres  se dice que los compadres lloraron mucho  y que será buen año. 


Diez días antes del Domingo de Carnaval, se verificaba el Jueves de Comadres cuando las matronas de la localidad enviaban a alguno de sus compadres (el de mayor aprecio o el mas rompón) un obsequio que podía consistir en una colcha tejida, una canasta de frutas, una chombita de chicha u otro objeto de significación y valor. 

El agraciado recibía el obsequio y la primorosa esquela de su comadrita; quedando con ello sellado un compromiso ¡tan serio! que ni los contratos elevados a escritura pública de ahora generan mayor obligación. El jueves siguiente, que resultaba el previo al carnaval, en cabalgaduras, en el urbano o a pie, partía una numerosa comitiva invitada por el compadre obsequiado y en la que, obviamente, iba la comadrita del obsequio y los familiares y amistades más íntimos de los protagonistas. Se encaminaban  a una picantería de Yanahuara, Sachaca, del callejón Loreto o el Palomar, que con días de anticipación había sido contratada por el compadre. Llegados a destino y, luego de apagar la sed del caminante con unos espumosos cogollos, abrían el apetito con unas zarzas picantes o un batido de rocotos que ponían en ristre no solo las glándulas salivales sino hasta las lacrimales de los convidados. A poco, comenzaban a desfilar los más exquisitos potajes cholos: picantes, cuyes chactados, estofado de gallina, choclos con queso, habas puspas y el infaltable chancho al homo que era al Jueves de Compadres tan necesario como el compadre mismo. 

Después de tan opípara merienda, surgía el bajamar de rigor y el "obligo a mi compadrito”, “le pago a mi comadrita", "mi amor con usté se va", "correspondido será"; por ahí el bordoneo en mozamala de una vihuela y rompían el baile la pareja de compadres,  jaleados por los demás, que entonaban la glosa:  “Ya salieron a bailar /la rosa con el clavel,/ la rosa derrama flores/ y el clavel los va a coger”. 

Entrada ya la noche volvían a la ciudad con el estomago hinchado y la cabeza caliente, terminando todos en casa de la comadre para el "Remate" de rigor en que las frases pasaban de cumplidas a atrevidas, y el paso de los danzarines de ceremonioso a un trote de nunca acabar. Cuando el lucero de la  mañana anunciaba el nuevo día –que era de ayuno por ser viernes-, se retiraban los circunstantes, quedando todos invitados a pasar el carnaval en casa de la comadre, como establecía la costumbre. 

Fuente:
Texao.  Arequipa y Mostajo.  Tomo II, fasc. II,
Juan Guillermo Carpio Muñoz
Arequipa, 1983, 2° ed., p. 37





Cuando las "niñas" de 10 a 30 años de edad sentían en el trasero . el golpe contundente y preciso de un pepinillo de papa tirado por la cacha de un palomilla, sabían que venía el carnaval. Cuando las muchachas domésticas eran golpeadas y, al mismo tiempo, empolvadas por "matacholas" (otra "arma" de la "guerra" divertida del carnaval, consistente en una larga media de señora que en el extremo cerrado llevaba como un ovillo de trapos y polvos), sabían que venía el carnaval. Cuando los ccoros, después de comprar en las tiendas, eran yapados con confites, sabían que venia el carnaval. Y esto sucedía desde un mes antes del día en que, efectivamente, llegaba el carnaval.

Los pepinillos de papa, lanzados como perdigones, eran las reminiscencias de épocas prehispánicas en que los indios en determinadas épocas del año, solían jugar a "la guerra" arrojándose y golpeándose con frutos y otros productos vegetales. Los confites, que en los días mismos del carnaval también servían para ser arrojados y, las "matacholas", eran versiones mestizas y relativamente modernas de aquellas reminiscencias.



En una sociedad tan católica y restrictiva como la arequipeña, los carnavales han sido siempre muy esperados y festejados. Sin embargo, hasta donde podemos precisar de acuerdo a nuestras investigaciones históricas, alcanzaron su apogeo (como en otras ciudades del Perú, particularmente en Lima) en las décadas que corrieron entre 1920 y 1950. De ese apogeo nos estamos ocupando.

Por disposición eclesiástica el carnaval dura los tres días que preceden al miércoles de ceniza. En el Perú de los años señalados, los tres días eran de fiesta: domingo, lunes y martes de carnaval. En Arequipa el carnaval empezaba el sábado, con la soberbia "Entrada del No Carnavalón" que venía desde Miraflores, escoltado por decenas de muñecos gigantes y algunos centenares de "cholas pampeñas" que bajaban bailando, tomando y cantando con el acompañamiento de "la Banda del Ejército" y el bullicioso reventar de cuetes chinos. Muchas eran las coplas, conocidas e improvisadas, que se cantaban como grito de batalla, pero una era la más repetida de ese y los otros días de carnaval:

"Cantemos, bailemos ¡apujllay! sobre una granada, hasta que reviente, ¡apujllay! agua colorada".

En pocas palabras, las cholas pampeñas bajaban pidiendo "guerra", pues provocaban con sus contoneos, además de arrojar mixtura a la multitud de espectadores y hasta envolvían serpentinas de colores en el cuello de algunos "viejos verdes" que esa tarde al ser tocados por una adoradora del No Carnavalón, sentían ser tocados por la inmortalidad. Por la noche del sábado eran numerosos los bailes familiares que se verificaban al son de estudiantinas, pianolas y "victrolas"; varios de los cuales eran de disfraces o, por lo menos, de caretas y antifaces.



Reinas de los juegos florales de Arequipa 1912, fotografía de Max T. Vargas

Podríamos decir que el Domingo de Carnaval era el día de la galantería, pues las gentes estaban dispuestas a las acciones y expresiones obsequiosas, elegantes y ¿por qué no? cortesanas (si tenemos en cuenta que por aquellos tiempos la Reyna de Arequipa era la dama ungida como Reyna del Carnaval). Ese día todo era cumplidos, piropos y un cultivo acentuado de las buenas maneras entre las gentes, especialmente en los acercamientos entre solteros y solteras.



El acto central del Domingo lo constituía el Corso de Flores. Los "carros alegóricos" tenían la particularidad de estar adornados -algunos íntegramente cubiertos- por flores naturales. Presidía el alegre cortejo la Reyna del Carnaval que era designada por una junta de vecinos notables ligados a la Municipalidad. Hubo años también en que se eligió por voto popular, con ánforas en el Portal de la Municipalidad y Comité Electoral incluso, a la Reyna del Carnaval. Elegida o designada, la reyna siempre se escogía entre las más bonitas señoritas "de sociedad" (eufemismo que se utilizaba para nominar a las familias de mayor poder económico). Por supuesto que la radiante Reyna estaba rodeada de corte de damas de compañía y pajes, todos vestidos de etiqueta. Su majestad saludaba a sus súbditos agitando sus brazos en alto y les regalaba con la mejor de sus sonrisas, con sus besos volados, ayudada por su corte, desenrollándoles "serpentinas de conversación" y hasta echándoles los confites de carnaval más pequeños (pelotitas de azúcar que por núcleo llevan un granito de trigo, anís o ajonjolí de colores rojo indio y blanco).


La animación era general entre los concurrentes al corso que se emplazaban, esa refulgente mañana de domingo, en los balcones, ventanas, azoteas y aceras de las calles y la Plaza de Armas por donde pasaba el festejo. Todas las familias se esforzaban porque sus hijos tengan vestido de estreno en el corso del Domingo de Carnaval. Incluso los más pequeños eran primorosamente disfrazados para concurrir a ver el corso, de pierrots, de colombinas, de japonesitas, de turcos, de chunchos, de diablitos, de chinitas,etc. Todos sabían y respetaban la tradición de no jugar con agua y hasta con polvos ese día en lugares públicos y, por supuesto, en el corso de flores. Para eso estaban las "serpentinas de conversación" con piropos y otras frases galantes; la mixtura colorida de papel picado; los "chisguetes de eter" cuyos chorros provocaban una sensación helada, pasajera y localizada; los confites más pequeños. Los señoritos se daban el lujo de rociar con agua florida y hasta con perfumes finos a las damiselas más atractivas. Las bandas del Ejército y otras menos formales, esparcían con reiteración la melodía del Carnaval Arequipeño y su contagiante ritmo.




Pasado el mediodía, concluía el corso pero no la alegría. Regresaban todos a sus casas y cada familia se entregaba al más extremo sibaritismo que sus recursos les permitía. Para empezar, en toda casa estaban al alcance de la mano los confites de carnaval, no sólo los pequeños ya descritos, sino los grandes que eran de maní, castañas, nueces. Después de ponerles el último toque, la reyna del hogar, llena de orgullo, daba de tomar la "chicha de carnaval" que personalmente había preparado en los últimos tres días y de acuerdo a la receta que aprendió de sus antecesoras. En realidad las chichas de carnaval podían ser de dos clases: "la chicha dulce" también conocida como "chicha de frutas", que era la más difundida y celebrada, hecha con membrillos, manzanas, "granuja" de uvas, piñas maduras, higos secos y otras frutas y especias; y la "chicha de masa", cuyo ingrediente principal era la harina de trigo. Aunque en su contenido podía ser diverso por las distintas tradiciones familiares o por la especialidad de la dueña de casa, el almuerzo era opíparo. La mayoría de familias se servían un exuberante puchero con carnes de pecho de vaca, de cordero, lonja de chancho, cecina, papas, camote, choclo en rodajas, zapallo, chuño blanco, ocas, peras, manzanas y hasta duraznos, por supuesto que con abundante repollo y llatan, para los grandes y, ocopa para los chicos.

El puchero se servía -"como Dios manda"- en dos platos sucesivos. Primero el "hondo" con el caldo en que se cocinó todo lo enumerado, al que se agregaba un poco de arroz graneado. Y, después, "el plano" en el que se amontonaba todo lo sólido cubierto por las hojas del repollo hervido. Se remataba el almuerzo con un banquete de frutas al natural en que reynaban la sandía, el blanquillo y la uva Italia; teniendo por subditos al melón, a los duraznos de carne amarilla, a los duraznos de corazón rojo, a los "aurimelos", a los damascos, a los higos blancos y negros, a los mangos y a las uvas negras. En realidad, ningún día en el año la fruta brilla tanto en la mesa arequipeña como el Domingo de Carnaval. Cuando la extendida sobremesa contagiaba el sopor entre sus beneficiados, no faltaba un muchacho que sobaba la cáscara de la sandía, por la parte de tuvo su rojo cuerpo, en la cara de la hermanita y se desataba -ya en el patio familiar- el juego con agua, polvos y anilina de los menores de casa, entre gritos, ayes y risas.



En la tarde del Domingo de carnaval era de rigor que las señoras mandasen en obsequio a sus amigas y familiares más queridas jarras de su chicha, canastas o bandejas con frutas y hasta pedazos del chancho al horno que habían preparado para dar de "lonche" esa tarde a sus gentes de casa. Como esta conducta era recíproca, en cada casa se verificaba una especie de concurso de chichas de carnaval y las familias se estrechaban entre sí con los lazos de la gratitud y de los cumplidos.

Después de servirse el consabido chancho al horno, generalmente de un lechón criado en casa con puro maíz, la familia con algunas amistades se dedicaban a cantar, bailar, beber y jugar con polvos, mixtura y serpentinas.

El Lunes de Carnaval era el primer día en que estaba permitido - públicamente- el juego con agua, por eso muchos lo llamaban "el lunes de agua". A golpe de nueve de la mañana, cuando el sol comenzaba a calentar el ambiente, salían las pandillas de muchachos desafiantes por las calles de la ciudad, a combatir contra el "ejército" de pimpollos enfaldados que se parapetaban en sus casas y que furtiva, como coquetamente, los atacaban desde balcones, ventanas, azoteas y muros.

Aunque la diversidad de "uniformes", equipos y hasta composición de las pandillas, dependía del poder adquisitivo de sus integrantes; todos utilizaban para la "guerra" a distancia: los cascarones.
Meses antes del carnaval, en las casas, en las tiendas y, sobre todo en las panaderías y pastelerías de la ciudad, se atesoraban los benditos cascarones. Para utilizar los huevos de gallina se hacía, con mucho cuidado, un orificio pequeño -cuando más pequeño más valioso- en uno de los extremos de la cáscara. Se consumía el contenido y con delicadeza se guardaban los cascarones en una canasta hasta el carnaval, en que se convertían en un preciado tesoro. Llegada ya la fiesta del Rey Momo, se teñía agua con airampo y se llenaba cascarón por cascarón (después se utilizaría la anilina y hasta la tinta de lapicero). El orificio de los cascarones llenos se tapaba con un pedacito de tela pegada con cola. Seca la cola, la munición quedaba lista para ser disparada.

Las pandillas de "los niños bien" eran vistosísimas. Todos sus integrantes -más o menos doce- vestían completamente de blanco (camisa, pantalón y zapatillas), indumentaria que exprofesamente se hacían para un día de carnaval y en la que los cascarones que les caían marcaban heridas coloradas imborrables. Además de sus miembros, estas pandillas llevaban contratados a cargadores que en sus espaldas y brazos llevaban canastas y "balayes" llenos de cascarones con agua colorada. Las pandillas más pudientes se daban el lujo de contratar además una banda "de guerra", perdón una banda de ccaperos, para que no les faltase, en cada uno de sus ataques, el "Cantemos, bailemos ¡apujllay! / sobre una granada,/ hasta que reviente ¡apujllay! / agua colorada."

Avanzaban los pandilleros por la calle, cantando, bailando, gritando y entablando pequeñas escaramuzas con algunas francotiradoras. En las casas que presumían "enemigas" hacían algunos tiros de provocación: trizando el vidrio de una ventana o levantándole un chichón a un ccoro curioso de una azotea que no quiso delatar al "enemigo". Cuando les respondían el ataque o, por sorpresa, les llovían cascarones o baldazos de agua, sabían los pandilleros que ahí era la "guerra". Entonces se ubicaban frontalmente a la fortificación enemiga, la banda tocaba con más fuerza, los estrategas evaluaban los puntos débiles del emplazamiento rival y determinaban los lugares por donde lo asaltarían; mientras la tropa, como hélices humanas, lanzaban los cascarones o sorteaban los que les venían.

Cuando estaba por terminarse la munición, procedían al asalto, ya sea escalando muros o forcejeando la "puerfi calle". Una vez dentro del campo enemigo empezaba la batalla final en el zaguán de entrada y en el patio casero, donde el combate era cuerpo a cuerpo. Damiselas y jovenzuelos mojándose, resbalándose, manoseándose, pelliscándose y en medio de un griterío infernal se disputaban el control del abastecimiento de agua que estaba depositada en la piedra del pilón, en gamelas y bateas; donde la mayoría de veces terminaban metidas las lideresas de la tenaz resistencia. Terminada la batalla, seguía una etapa de reproches mutuos y, entre la diversión general, la reconstrucción de los hechos. Enseguida los asaltantes eran agasajados con chicha de carnaval, confites y uno que otro bocadillo. Algunas veces los jovenzuelos eran invitados a quedarse a almorzar o, bien, a regresar "por la tardecita" en que se verificaba un baile juvenil muy entretenido. Si el cuerpo les daba para más y tenían más pertrechos, la pandilla prometía regresar "por la tardecita" y partían a verificar otros asaltos. No se crea que el éxito en tomar un castillo de doncellas se debía a la sapiencia "militar" de los jovenzuelos, no. Eso era lo que ellos creían. Pero en realidad eran las doncellas quienes elegían con quién combatir y quienes decidían hasta donde resistir. En conclusión, no era un "casus belli" sino artes del amor galante.



Como que era el último día, el martes de carnaval era de locura, "todo estaba permitido". Por añadidura, los soldados del Ejército (de a verdad) eran liberados ese día, después de haber estado en los precedentes acuartelados y con ganas de amotinarse. Además de las consabidas pandillas callejeras, en los barrios más populares se verificaban verdaderas batallas campales con cascarones, agua, hollín, polvos, mixtura, harina, serpentinas y en las que no faltaba uno que otro desalmado que tiraba cascarones pero de huevo de pato o de pavo que, por irrompibles, eran de artillería pesada. Las batallas más célebres se daban en "las siete esquinas" y en "la Casa Rosada" (mocotectes de hoy día, no vayan a pensar que me refiero al Palacio Presidencial de la Argentina. En "illo tempore" se llamaba Casa rosada a una enorme casa de vecindad, que era como una pequeña cuidadela, que quedaba donde hoy se levanta el Conjunto Residencial Nicolás de Piérola al fondo de la calle del Guatanay, perdón, al fondo de la calle Piérola).

Otros dos escenarios bélicos muy concurridos en Martes de Carnaval eran la Pampa de Miraflores y el Cerrito de San Vicente en Yanahuara. Allí los enfrentamientos tenían sus matices, aunque en los dos casos parecía verificarse el rapto de las sabinas. Al final de la Calle Grande, en la Pampa de Miraflores (donde hoy se ubica la Plaza Azángaro) terminaba la ciudad. Allí, entre bailes; juegos con polvos, ceniza, agua, cascarones, chisguetes, mixtura, serpentinas; comparsas; estudiantinas; bebida; fritangas; trompeaderas y yo- te-estimo; los pampeños (miraflorinos) y los ccalitas de la ciudá se disputaban los favores de las más guenasmozas "cholas pampeñas". En forma parecida en el Cerrito de San Vicente se parapetaban los recios yanahuarinos a defender "sus" mujeres que los fortachones caymeños querían enamorar y raptar. No se piense que todos iban a la trompeadera o que con ella terminaba el fandango. Había trompeaderas sí; pero lo que más había en San Vicente como en la Pampa, era una emulación entre jóvenes del lugar y los que llegaban de fuera por ganarse el derecho a cortejar a las lugareñas más bonitas, demostrando ser el mejor bailador, el mejor bebedor, el mejor trompeador, el mejor guitarrista, el mejor cantor, el mejor coplista (creador de coplas improvisadas que su grupo cantaba con la música del Carnaval Arequipeño, zahiriendo al grupo rival o piropeando a las guenasmozas). En fin, todos terminaban más mojados por dentro que por fuera.


En la ciudad, la tarde y la noche del Martes de Carnestolendas (como decían los engolados) se efectuaban numerosos bailes sociales, la mayoría de disfraces y "de fantasía" en clubes sociales, deportivos, asociaciones culturales, gremiales y "laboristas". Los más célebres fueron los del Club Internacional (que entonces quedaba al final de la calle San Juan de Dios) y los de La Casa del Maestro (altos de una casa abalconada de la segunda cuadra de Tristán). No puedo dejar de señalar que nuestros antepasados "movieron el esqueleto" disfrazados de colombinas, pierrots, dominós, kuklusklanes, diablos, japonesitas, turcos, ñustas, toreros, manólas, mosqueteros, gitanas y cuanto hubo; embrujados por la música interpretada por orquestas tan celebradas como las de don Benigno Bailón Farfán y donAurelio Díaz Espinoza. Los ritmos de moda tenían su esplendor en el Carnaval.

En los primeros lustros del siglo XX reynaron las cuadrillas, mazurcas, jotas, galopas, pasodobles, valses y marineras. Entre la primera y segunda guerra mundial, época del esplendor del carnaval en Arequipa, los arequipeños demostraron sus dotes dancísticas y enamoraron, a los compases del "fox¬trot", del "blue", del "one step", del "cameltrot", del "charleston", del bolero, de la guaracha, del tango, del vals criollo. Pero por sobre todos esos ritmos, siempre brilló nuestro autóctono carnaval Arequipeño, contagiosa pampeña que constituye la música popular más difundida de la historia de Arequipa.




Orquestas como , Los delirios, Centty , Yalan y los Linares amenizaban las fiestas d e carnaval a mediados del siglo XX

El Miércoles de Ceniza, que ya era laborable, la mayoría de la población volvía a la normalidad acudiendo muy temprano a misa a pedir perdón por los pecados cometidos (propios y extraños) y a recibir una cruz de ceniza en la frente que les recordaba que la Pasión del Señor empezaba. Quienes se resistían de volver a la normalidad, concurrían la tarde del Miércoles de Ceniza al entierro del No Carnavalón en la Pampa de Miraflores y; otros, predominantemente chacareros, preferían asistir a las peleas de toros de la Acequia Alta, que eran seguidas de carreras de caballos chuscos (ordinarios), montados "al pelo" por sus jinetes cotidianos. Después del Miércoles de Ceniza, si algún niño usaba algún juego de Carnaval, era reprendido por los mayores y obligado a abandonarlo, con el calificativo lapidario de "diablo cuaresmero".

El domingo siguiente al Domingo de Carnaval se realizaba la fiesta de la Amargura en Paucarpata y, al subsiguiente, la fiesta de Cuasimodo en Tiabaya. La religiosidad de Arequipa volcada a venerar a Jesús Nazareno en esas dos encantadoras villas rurales, demostraba que Arequipa toda se hallaba inmersa en los tiempos de pasión.





LA MUSICA EN EL CARNAVAL AREQUIPEÑO

El Carnaval arequipeño, como género musical, es una pampeña, con el ritmo mucho más marcado y acentuado. Es más rítmico que melodioso, pues en realidad se trata de un género musical para ser bailado como una danza pandillera y de recorrido. El carnaval arequipeño se lo interpreta como música "de guerra" en el juego del carnaval y, por tanto, indistintamente se lo eje¬cuta con el acompañamiento de las bandas de ccaperos o de las estudianti¬nas. El carnaval arequipeño tiene unas coplas que los grupos en juego improvisan para zaherirse cantando. En la presente grabación hemos preferido la brillantez de la versión instrumental, pero ahora es necesario que se difundan las coplas más célebres de las que he podido recopilar. La contagiante música del carnaval arequipeño tiene una extraordinaria difusión popular en todo el sur del Perú. La línea melódica que se repite en las coplas que siguen: 





COPLAS DEL CARNAVAL AREQUIPEÑO
 Recopiladas por Juan Guillermo Carpió Muñoz


Cantemos, bailemos, iAPUJLLA Y! (1)
 sobre una granada, hasta que reviente, iAPUJLLA Y! 
agua colorada.
Las cholas cay menas, iAPUJL LA Y!
 montadas a burro,
con las piernas "ccalas" (2) iAPUJL LA Y! 
enseñando el culo.

El año pasado, iAPUJL LA Y! 
con tanta "guaragua" (3)
 y este año que viene iAPUJL LA Y! con tamaña guagua.

Estos carnavales ¡APUJL LA Y! 
¿quién inventaría?
el "ccasa" (4) Morales
 ¡APUJLLA Y! de la Ranchería. (5)

"Chancame " (6), "chancame " ¡A PUJL LA Y!
 "chancarme" los "huevos" (7)
 y si no los chancas, ¡APUJLLA Y! 
"quedate" (8) con ellos.

Los indios pampeños, (9) ¡APUJLLA Y! 
con tamaña "geta" (10)
 barriendo las calles ¡APUJL LA Y! 
pa'que pase Urquieta. (11)

Ha llegado un barco ¡APUJL LA Y! 
lleno de galletas, para regalarlas ¡APUJLLA Y! 
a las "bicicletas" (12)

A mi amor yo pin to ¡APUJL LA Y! 
en un "lacayote", (13) 
los que me aborrecen: iAPUJL LA Y! 
bésenme el "ocote". (14)

El día domingo ¡APUJL LA Y!
 con sombrilla en mano, 
llega el día lunes ¡APUJL LA Y!
 con su "quepe'guano" (15)

El cielo de Cayma (16) ¡APUJLLA Y! 
no quiere llover,
porque el "tata cura" (17) ¡APUJLLA Y! 
tiene su mujer.

Carnaval "cojudo" (18) ¡APUJLLA Y!
 muy pronto te vais,
dejando a los "lonccos" (19) ¡APUJLLA Y! 
"meyando " (20) "p 'atrás".

(1)¡Apujllay!. Arequipeñismo derivado del verbo quechua: "Pukllay" (jugar) y que significa: ¡juguemos!, refiriéndose exclusivamente al juego del carnaval. 
(2) "Ccalas". Arequipeñismo derivado del quechua que significa: desnudas, descubiertas. También, en contraposición de "lonccos" (habitantes del campo), sirve para nominar a los habitantes de la ciudad.
(3) "Guaragua". Peruanismo que se refiere ai adorno exagerado en el vestido, o en general en el arreglo personal. También, por extensión sirve para calificar la utilización exagerada, barroca o inconsistente del hablar.
(4) "Ccasa". Arequipeñismo que designa al desdentado parcial, pero evidentemente.

(5) La Ranchería. Nombre de un barrio antiguo y popular de la ciudad de Arequipa que hoy se nomina: Calle Octavio Muñoz Nájar. Esta copla del Carnaval Arequipeño que hasta la fecha se canta, es idéntica —salvo una palabra— a una estrofa de la canción: "Los Monos", que el pueblo arequipeño cantaba en diciembre de 1867 cuando a fuego limpio luchaba contra el ejército peruano y el gobierno del Presidente del Perú: Mariano Ignacio Prado, quien personalmente dirigía el ataque armado a la ciudad. La lucha la terminó ganando el pueblo arequipeño, quien impuso como Presidente al jefe rebelde: Gral. Pedro Diez Canseco. En esa época, un tal "ccasa Morales" era un popular armero y fabricante de pólvora que tenía su taller en La Ranchería. La letra de "Los Monos" es como sigue: 

"El mono de Prado / ¿qué se pensaría, / entrar a Arequipa / con su artillería. / Ay monos, ay monos / contaditos están todos. / Esta artillería / iquién inventaría! / el ccasa Morales / de La Ranchería. / Ay monos, ay monos / contaditos están todos."

(6)"Chancame". Arequipeñismo por pronunciación defectuosa de la esdrú- jula: cháncame, que a su vez deriva del conocido americanismo Chan¬car, que significa, triturar.

(7)"Huevos". Antiguamente en el juego de carnaval, se utilizaba los cascarones de huevos de gallina, con una pequeñísima abertura y llenos con agua coloreada con airampo o anilinas, que se arrojaban los hombres y las mujeres entre sí. Las mujeres jugaban desde las azoteas, balcones o ventanas de sus casas; los hombres en pandillas recorrían las calles de la ciudad, turnándose —los señoritos utilizaban a un sirviente— para cargar los enormes canastones llenos con estos artefactos, que popularmente eran llamados: "huevos". La copla utiliza en doble sentido la palabra "huevos", como los artefactos del juego de carnaval y como los testículos de los pandilleros.

(8)          "Quedate", Arequipeñismo por pronunciación defectuosa de la esdrújula: quédate
(9)          "Indios pampeños". "La Pampa" era el nombre popular con que se conocía, antiguamente, al distrito arequipeño de Miraflores. Por su ubicación geográfica. La Pampa, era —y es— la entrada de los caminos y carretera que unen la ciudad de Arequipa con Puno. Esta ubicación, hace que en La Pampa (Miraflores) se ubiquen el mayor número de migrantes que vienen de Puno a residir en Arequipa, de ahí la connotación de discriminación racial: "los indios pampeños".

(10)        "Geta". Arequipeñismo. Labio, principalmente el inferior, cuando es extremadamente grande o abultado.

(11)        Esta copla carnavalesca, debió ser creada a principios del siglo veinte, cuando la acción de los liberal-independientes arequipeños, jefaturados por Mariano Lino Urquieta, era rechazada por los conservadores arequipeños, uno de cuyos grupos más visibles era la familia Muñoz Nájar que domiciliaba en La Pampa (Miraflores) y manejaba a muchos pampeños contra los liberales. La copla, obviamente, está hecha desde las tiendas liberales o urquietistas.

(12)        "Bicicletas". Arequipeñismo que, partiendo de la forma como se mane¬ja ese vehículo: montándolo, designa a las prostitutas o, simplemente, a las mujeres fáciles.

(13)        "Lacayote". Tipo de calabaza que produce abundantemente la campiña arequipeña. Su forma es regular: siempre ovoide. Su cáscara siempre es verde-limón. Su carne es más dura que la de la calabaza. La planta del lacayote produce varias cosechas, a diferencia de la de la calabaza que sólo tiene una cosecha.

(14)        "Ocote". Voz quechua que significa: ano.

(15)        "Quepe' guano". Arequipeñismo derivado del quechua, "quepe" o "que- pi" significa: atado, paquete de forma irregular que se lleva a la espalda sujeto con una tela. "Guano": se refiere al excremento de aves marinas o "guano de islas" que tradicionalmente se ha utilizado como fertilizante en la agricultura arequipeña.

(16)        Cayma. Nombre de un tradicional distrito rural de Arequipa, hoy convertido paralelamente en zona urbana residencial del más alto valor monetario.

(17)        "Tata cura": peruanismo. Vocativo afectuoso para referirse al cura de un poblado.

(18)        "Cojudo". Si tenemos en cuenta que la única acepción que le otorga la Academia de la Lengua a este vocablo: "Dícese del animal no castrado" (Diccionario de la lengua española. Decimonovena edición. Madrid. 1970. Pág. 319), éste, por extensión es un arequipeñismo, con el que se califica a una persona tonta, despreocupada o poco avispada. Esta copla se toma la licencia de tratar así al carnaval, por lo que se va o termina.

(19)        "Lonccos". Arequipeñismo con el que se nombra a los campesinos are- quipeños que al venir a la ciudad ponen en evidencia su poca urbanidad. En realidad, se trata de un despectivo.

(20)        "Meyando": meando, en la tradicional pronunciación popular arequipeña.


Juan Guillermo Carpió Muñoz







El Carnaval Tradicional arequipeño es con acompañamiento de guitarra y charango el más popular fue el del distrito de Miraflores ... es después que las melodias de Benigno Ballon fueron adoptadas por la población , entre los principales estilos y coplas tenemos los siguientes temas : (Haga click para escuchar)




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