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Arequipa en la guerra de 1879







 PARTICIPACION  AREQUIPEÑA    EN  LOS ANTECEDENTES DE LA GUERRA


1. El enfrentamiento      armado   de los  hombres   en el campo  de batalla,  no  es el inicio,   sino  la  culminación    del  proceso   histórico   en que  se gesta  toda  guerra.    Si bien  el 5 de abril  de  1879,  Chile  declaró  la  guerra  al Perú,  después  de declararla   a Bolivia,  el enfrentamiento    entre   Chile,  Perú  y  Bolivia,  empezó   en  1836,  cuando se estableció   la  confederación     Perú  -  Boliviana  y, ésta,  fue  vista por  Chile  e incluso  por  Argentina,   como  el surgimiento    de un estado   más  extenso    y  poderoso    que  hacía   peligrar   sus  intereses. Chile  declaró   la  guerra  a   la  Confederación     Perú  -   Boliviana   el 26  de diciembre   de  1836  y acto  seguido  armó  una  "expedición" beligerante de  3,300   soldados   al mando   de  Manuel   Blanco   En­calada,   que   contó    con  la  complicidad     de  algunos   aristócratas limeños   y  caudillos   militares   expulsados    del  poder  de la naciente   República    Peruana   y refugiados   políticos    en  el  país  del  sur. La   "expedición"      que   recibió    el  nombre     de   "restauradora", después   de  conseguir   que  la Marina  Chilena   bloquee   el Callao  y aprovechando que   el  ejército    confederado     se encontraba    en  el Altiplano, ocupó   el'  12 de  Octubre   de  1837,  la  ciudad   de  Arequipa,   que  entonces    era mayoritaria    y fervientemente     partidaria de  la  Confederación.       El  ejército   confederado    viene  a Arequipa al  mando   de  Santa  Cruz  y  siendo   superior   en  efectivos   y armas (además   de  contar   con  el apoyo   de la población   arequipeña),    en lugar   de  aniquilar    a  los  extraños,    como   pudo   hacerlo,    decide Santa   Cruz  entrar   en  negociaciones     con  ellos.    Es así  como   se firma   el  Tratado    de  Paucarpata,     por  el  que   Chile  reconoce    la Confederación     y  ésta  deja  partir  a los invasores.    Vuelta  la expedición  chilena  y restauradora    a Santiago,   Chile  desconoce   el Tratado   de  Paucarpata    y  envía  una  Segunda   Expedición    Restaura­dora,   que  luego  de  algunos   meses  de  campaña   por  la costa  central  de  nuestra   patria,   termina   por  derrotar    a las  fuerzas   confederadas  en la Batalla  de Yungay , el 20 de enero  de  1839.


El  triunfo    del  Ejército   Protectoral    de  Chile  y  de  los  "restaura­dores",    posibilitó    el  restablecimiento      del  Estado   Peruano   y repuso   a  los  caudillos   militares    a  los  aristócratas    limeños   en  su conducción.        Si  eso  ganaron   los  "restauradores",      Chile   consiguió  aniquilar   el surgimiento    de  un  estado   mas extenso    y poderoso   (el  confederado)     y los  Jefes  del  Ejército   Protectoral    Chile no   fueron    gratificados    por   los  "restauradores"      peruanos    con despachos honoríficos  en el Ejército Peruano, elevadas sumas de dinero y hasta  con haciendas  en la costa  central  de nuestra  patria, que les fueron obsequiadas.

2. Repuestos    los  caudillos   militares   y su soporte  de aristócratas  limeños  en la conducción  del Estado  Peruano,  en  1841 se comienza  a exportar  el  "guano  de islas"  a  Europa.    El negocio  guanero,  rápidamente  convertido  en el primer renglón  de los ingresos  "nacionales",   fue a no dudarlo  el más fétido  de los "negocios"  republicanos  del Perú ( y no tanto por  el olor natural  del fertilizante   ,como  por el manejo que de él hicieron  sus beneficiarios).    La época del guano, abarcó 4  décadas  de nuestra  historia.    Los estudios  de Bonilla, Basadre,  Yépes y  otros,  han  probado  con minuciosidad  cómo  el negocio guanero  -escandaloso y fraudulento-.   sirvió para  convertir  esta riqueza  pública  de nuestra  patria,  en la riqueza  privada  de unas  treinta  .familias que  preferían  llamarse a sí mismas "los hijos del país".   Por su magnitud,  el negocio  guanero  se convirtió  en el eje de la política  nacional, en las 4 décadas que mediaron  entre la disolución de la Confederación  Perú-Boliviana   y  la declaratoria  de Guerra por Chile (1879).

¿Quiénes fueron  los beneficiarios  en este  fétido  negocio?, un puñado  de aristócratas  limeños y  caudillos militares que hicieron  "manga y  capirote"  en la conducción  política  de la República  Peruana,  para  conservar  sus privilegios y  saciar sus bastardas  ambiciones.    En estas  4  décadas  de carnaval guanero,  en  que un puñado  de  caudillos  militares y aristócratas  limeños  se pusieron  las "caretas"   de formas republicanas, para ocultamos  sus caras de salteadores y dilapidadores de la riqueza  pública,  se gestó la debilidad que presentaba nuestra patria en 1879.

En estas 4 décadas, la aristocracia  y  el pueblo  arequipeños, lucharon  -con   las armas en la mano  y los ideales de honestidad   y  legalidad  en  los sesos-   contra  los aprovechadores de la riqueza  guanera.   No hubo año en que no estallaran en Arequipa  2  ó     más rebeliones  armadas contra  los detentado­res  del  poder  central  de la  República  ('léase: beneficiarios del guano).

LA GUERRA   (1879   -   1883)  y AREQUIPA

No voy a entrar  en detalles conocidos,  circunscribiéndome  a la participación   arequipeña  en la guerra, basta  señalar que, como  en muchos  pueblos  del Perú, estallada la guerra aquí se conmovió  el alma  colectiva  del pueblo  arequipeño,   poniendo  al tope su peruanismo  y entregándose  a las tareas de defensa de la patria;  fueron  incontables  las manifestaciones patrióticas,  las colectas públicas, la suscripción de actas condenatorias  a Chile, los dolorosos  funerales a los caídos; pero lo  que  es más importante,   en  toda  la  campaña  del sur, el pueblo  de Arequipa jugó. un papel destacado:  cientos de sus mejores 'hombres  (artesanos,  comerciantes,  chacareros, hasta estudiantes   de la  Universidad  y el Colegio Independencia), se presentaron   a los cuarteles,  y a su pedido,  fueron  enviados al frente  de batalla.    [Cómo no mencionar  al Batallón "Cazadores  del  Misti",  o al Batallón  "Guardias  de Arequipa",   íntegramente   conformados   por  civiles arequipeños  y dirigidos por un militar  retirado  que al estallar la guerra, era un  vecino  más  de  Arequipa,  dedicado  al comercio  lanero: Francisco  Bolognesi.   El "Guardias  de Arequipa",  estuvo en toda  la campaña  del sur, destacando  su combatividad  en la Batalla  de Tarapacá,  donde  Mariano de los Santos , si  bien  nacido  en  Cusco,  era un  artesano  avecindado  en Arequipa cuando  fue reclutado y  conquistó  la bandera enemiga como trofeo  guerrero.   Así hubieron  cientos  de arequipeños  en la defensa de Pisagua (el más alto jefe peruano  fue el Coronel arequipeño   Isaac Recabarren;  en el combate  de San Francisco; en la Batalla de Tarapacá;  en la defensa de Arica; en la del "Alto de la Alianza" (Tacna).   En toda la campaña del sur,  decenas  de arequipeños   ofrendaron   sus vidas heroicacamente:  el teniente  coronel  Carlos Llosa y Llosa (murió en combate  en  la Batalla de Tacna, siendo el segundo jefe  del batallón  Zepita  que  tenía  por primer jefe al general Andrés Avelino   Cáceres);   Coronel   Mariano   Emilio   Bustamante Mantilla (quien  siendo  Jefe de Estado Mayor de la 8va. división fue  uno  de los  Jefes  que  tomó  el acuerdo  de "pelear hasta  quemar  el último  cartucho"  y murió en combate en la defensa de Arica el histórico  7 de junio);  sólo en la Batalla de Tarapacá,  murieron  35 arequipeños  del batallón  "Guardias  de  Arequipa";   Clodomiro  Chávez Valdivia   y  34 integrantes  más, que  por  ser miembro  de tropa  que  no  están identificados    en los documentos    existentes,    pero  ¿acaso,  por anónima,   su  muerte   es menos  gloriosa?     A ellos  tendría   que agregarse  los  nombres   de:  Manuel Sebastián   Ugarte  (inmola­do  a los  29  años  de  edad  al lanzar  un torpedo   de  100 libras de  pólvora   contra   una  embarcación    enemiga);   los hermanos Luis   y   Adolfo     La   Jara,    Máximo    y   Raymundo     García, Máximo   Abrill,  José  Chariarse   y Manuel  Manrique   (muertos en   combate    en  la  defensa   de  Lima)   Juan   Portugal    (rematado    en    Huamachuco,      después     de   la   batalla).     Pero   no sólo  hay  que  mencionar    a los  arequipeños    que  tomaron    las armas  para  defender   su  patria,   pues  aquí   quiero   destacar   la forma   en que  el pueblo   arequipeño    la defendió   de mil maneras:   los  comerciantes     donaban    dinero,    frazadas,    telas;   las mujeres   recolectaban    vendas   e hilos,  confeccionaban     uniformes  y  calzones   para  las tropas;   los artesanos   hacían   zapatos, monturas    y  arneses   para   las  cabalgaduras;    los  catedráticos, profesores,    obreros   del  ferrocarril    y  hasta  los tipógrafos   del diario    "La   Bolsa"    donaron    porcentajes    respetables    de  sus sueldos;   los  chacareros    contribuían     con  maíz,   trigo,   papas para  la  tropa,   forraje   para  las  cabalgaduras,    etc.;  y todas  estas  acciones   patrióticas    en  medio   de  una   crisis  económica pavorosa.



LA OCUPACION   CHILENA   DE AREQUIPA

Por la tiranía  del tiempo,  sólo voy a enumerar  algunos sucesos que podría  valer -cada  uno-   como tema de una conferencia.

1.  Ocupada  Lima por los chilenos en 1881, y cuando éstos vie­ron  que  con  el Presidente  Piérola no podrían  conseguir un tratado   que  consagrase  sus ambiciones  territoriales,  el. ejército  de  ocupación  propició  una  Junta  de  Notables  que  el  22  de febrero  de  1881 eligió al jurista  arequipeño  Francisco  García   Calderón   como   Presidente   del  Perú.     García Calderón  no  correspondió   a los planes  chilenos  y  comenzó  a  organizar  un  Congreso  Peruano  Extraordinario   para que  acuerde  los términos  de las tratativas  de paz.   El congreso se reunió  el 15 de mayo  de  1881 y acordó  autorizar a García  Calderón  para  que  negociara  la paz "conforme  a la  Constitución   de  1860"   (es decir,  manteniendo   la integridad  territorial).     Por la autorización   recibida  y porque comenzaba  a lograr  apoyo  diplomático  de Estados Unidos  y   algunos    países    de   Europa    para'  sus  propósitos,     García Calderón    se  convirtió    en  un   obstáculo    para  las ambiciones chilenas;   entonces,    el  6 de  noviembre    de  1881,  los chilenos apresaron             a  García    Calderón    en   su  domicilio    y  días   después  lo enviaron   a Chile  en calidad  de cautivo.


2.           Días    antes   de  su  inminente     "caída",     García   Calderón   reunió  una   Junta   Patriótica    que  a  su  sugerencia   eligió  al  contra-almirante Lizardo    Montero    como    Vice-Presidente    del Perú.

3.            Cautivo   el  Presidente    García,   Montero   viajó  a conferenciar con   los  jefes   militares    que  por  iniciativa   personal   trataban de  organizar   la  resistencia    en  diversos   puntos    de  la  sierra; luego,   decidió   establecer    su  gobierno    en  la ciudad   de  Are­quipa,              Primaron  en esta decisión  de Montero,  varias razones:  Lima estaba  a merced  del enemigo y la ciudad que le seguía  en importancia  era Arequipa;  la cercanía  de Arequipa  a  Bolivia, era  para  Montero  un  resguardo  estratégico, pues pensaba  exigir el apoyo  del aliado de cartón en la guerra;  por  fa identificación   de  Arequipa  con  el gobierno  de García   Calderón-Montero;  porque   Arequipa   a  respetable distancia   de  la costa,  estaba  a resguardo  de intromisiones enemigas,  dado  que  Chile controlaba   el mar,  y desde  allí proyectaba  sus incursiones terrestres.

4.   El jueves  31  de agosto  de  1882,  en medio  de una  soberbia   parada   militar   y   de   una   apoteósica   manifestación popular,   entró   a  nuestra   ciudad,  el  Contra-Almirante  Lizardo   Montero,    Vicepresidente,  encargado   de   la   Presidencia  del  Perú,  junto   con  un  numerosísimo   séquito   de ministros,   edecanes,   secretarios,   jefes  militares,   oficiales y hasta  tropa;  muchos  de los más altos jefes incluso, hasta con sus familias.

5.   El jueves 31 de agosto  de  1882, el mismo  día que Montero y sus subordinados  entraban  a la ciudad de Arequipa, en Cajamarca  el General  Miguel Iglesias ,nombrado    meses antes por Montero  como Jefe Militar del Norte-  se rebeló contra el gobierno  de Montero,  lanzando  una proclama  en. el pueblo de Montán (que se conoce con el nombre  de "el grito de Montán").   En esencia "el grito de Montán"  proclamaba  que entre  la "ocupación  chilena indefinida  y el reconocimiento de  la  derrota",    era  preferible   el reconocimiento     de la derrota  (para  los  usos  del  lenguaje   político    de la época,  esto  que­ ría   decir:   aceptamos    la  amputación     territorial    que  impone el enemigo).                                                                                           


6.            En  la  medida    en  que  fue  conocida   la proclama    de  Iglesias, fue   rechazada            por   diversos   pueblos    del  Perú,   entre    ellos Arequipa.      Aquí   hubo   manifestaciones      condenatorias,     circularon  "hojas  sueltas"  incendiarias,   los periódicos  locales condenaban     a  Iglesias  en todos   los  tonos.     Todos   por    supuesto   que  con  la alegría   y  el aliento  del gobierno de Montero-   atacaban  a Iglesias.  Este proceso  subió de tono  al finalizar  el año  de  1882  cuando  llegaron las nuevas, de que una  Asamblea  convocada  por  Iglesias lo había  elegido Presidente  Regenerador  del Perú.   En conclusión,  para el pueblo de Arequipa,  Iglesias era un traidor  a la patria y un agente chileno.

7.   De  la  noche   a  la  mañana   Arequipa   se  convirtió   en  la "Capital   del  Perú":   con  Presidente   y   escolta   en   "palacio",   con  ministros   y  secretarios   en  sus  despachos,  con el  alto  mando   militar  en sus cuarteles.    Un viejo y  reiterado   sueño   se  transformaba   en  realidad,  aunque   con  visos de sainete  y  de  tragedia:  el gobierno  no  ejercía  su poder en todo  el territorio  nacional  que en sus zonas neurálgicas estaba ocupado  militarmente  por el enemigo; no  era re­ conocido  por  el invasor y ni siquiera podía  entrar  en tratativas  de  paz;  algunos  pueblos  del  norte  que  obedecían  a
Iglesias, tampoco  le reconocían   y, como si todo  ello fuera poco,  este  "gobierno"   del  país  vencido  y  ocupado,  ni si­ quiera   podía   contar   con  recursos  económicos   presupuestados  para  solventar  los más apremiantes  gastos  de  administración,  ni mucho menos, los gastos de guerra.

8.   El  gobierno  de  Montero,   en  los  14 meses que  residió  en Arequipa,   sobrevivió   con  las  erogaciones,   suministros   y cupos  en  dinero,   alimentos  y  forrajes  que  le  proporcionaron  el pueblo  de  Arequipa,  los pueblos  de otras  provincias del  departamento   de Arequipa  y  los pueblos  de otros departamentos   del sur  del Perú,  que  no    estaban  ocupados por el enemigo.   Solo para que se tenga una idea, mencionaré  que  los  distritos   agrícolas  de  Arequipa,  empobrecidos como   todos   los  del  país  en  esos  momentos    difíciles,   fueron gravados   por  el  gobierno  de  Montero   con  las siguientes   cantidades    de   fanegas   "de   trigo   o  de  maíz",    que  entregaron mensualmente:      Socabaya   20;  Paucarpata,   25;  Characato    10; Chiguata   5;  Sabandía    12;  Quequeña    10; Cayma  20;  Tiabaya 30;  Vitor   30;  Miraflores    20;  Uchumayo    8;  Yanahuara     10;  Palomar   20;  Sachaca   20  (La  Bolsa 31 de Enero de 1883, Página 1).  

 El contra-almirante   Lizardo Montero  desarrolló su gobierno,  atendiendo  desde las más insignificantes tareas de administración   municipal,  hasta,  se suponía,  esbozando  en secreto  los planes  bélicos  de  ataque  y resistencia  contra  el ejército  enemigo.   Todos  los varones de Arequipa,  mayores de 20 y menores  de 60 años, por su voluntad  o por la fuerza, fueron  reclutados  y convertidos  en efectivos de la Guardia Nacional y, con la sola excepción  de las autoridades,  los telegrafistas  y  los farmaceúticos   en  razón  a sus oficios­ participaron   en  centenares  de paradas,  desfiles,  "ejercicios doctrinales"   que  se verificaban  en las plazas  y  calles de la ciudad  o  en las pampas de Bustamante  y de Polanco.   Las mujeres y los ancianos  recogían  los cupos y erogaciones, se organizaban  ambulancias  para  -llegado   el caso-,   atender  a los heridos,  confeccionaban   uniformes,  bordaban  estandartes y emblemas,  oraban y realizaban toda suerte de actos religiosos encomendando   a su Dios el destino mismo de la pa­tria,  alentaban  con su presencia  y aplauso a los guardias nacionales en sus ejercicios doctrinales,  etc.  El contra-almirante  Montero,  aparte  de presidir  personalmente  innumerables actos  públicos  como:  procesiones,  instalaciones  de la corte judicial, apertura  del año universitario,  clausuras de colegios, misas de fiesta, retretas;  desfiles, revisiones de tropas  y de­ más, en los 14 meses que localizó su gobierno en Arequipa, hizo un viaje a la Paz, cuyos objetivos se mantuvieron  en secreto  pero  del que se presume  fue para reanimar  la  alianza defensiva con Bolivia.   Igualmente  dispuso  que los titulares de la  Corte  Suprema  de Justicia  que  residían  en  Lima, se trasladaran  a Arequipa,  así como invitó a los ministros (embajadores)  de otros países para que vinieran a residir en Are­ quipa  (ni aquellos  obedecieron,  ni éstos aceptaron  la invitación, con la sola excepción  del representante   boliviano  que presentó  cartas  credenciales  al pie del Misti).   Como el gobierno  paralelo  de Iglesias, erosionaba  su poder, el gobierno de Montero  convocó  a un  "Congreso  Nacional"  que se instaló   con  toda   pompa   y solemnidad    el  22  de  abril  de  1883. El  Congreso,   reunido    en  los  claustros   del  Colegio   Independencia   y  de  la  Universidad,    tuvo   muchas   sesiones   secretas y  algunas  públicas,   hasta   el viernes  20  de julio   de  1883,  en que  clausuró   sus  actividades,    haciendo    públicos   los  siguientes  acuerdos:    Ratificó    la  elección   de  Francisco   García   Calderón   como   Presidente    del  Perú,   a  pesar   de  su  cautiverio; ratificó    la  conducción     del  gobierno    por   parte   del  contra­ almirante     Lizardo    Montero,    con   el  cargo   de  Primer   Vice presidente     del   Perú;   creó   el  cargo   de  Segundo   Vicepresidente   del  Perú   y  eligió  para   desempeñarlo     al  General   Andrés   Avelino   Cáceres;   interpeló    a  los  ministros    de  Monte­ ro,  quienes   renunciaron     antes   de  recibir   el  voto   de  censura;  aprobó   una  ley  que  autorizaba    al ejecutivo   para  que  to­ mase  las  "providencias"     para  lograr  que  Chile  cediera  en sus desorbitadas    condiciones.

9.            Mientras   esto   sucedía    en  Arequipa,    donde   la  disyuntiva    de los  2 gobiernos   (Montero   -   Iglesias),  era solucionada    con  un apoyo   total   y  efectivo   al  "Gobierno     Legítimo"     de  García Calderón-Montero-Caceres               y  una   condena    furibunda    al del "traidor      Iglesias";   el desconcierto    inicial  que  generó   el surgimiento       de  Iglesias  en  el ejército   de  ocupación,    paulatina­ mente   fue  cediendo;   el gobierno   de Iglesias  era lo que  necesitaba   Chile  para  consagrar   sus  conquistas    territoriales    y acabar  con  la  prolongada    ocupación    militar   de  nuestra   patria. Pronto   el ejército   chileno   reconoció    al gobierno   de Iglesias, lo  legitimó,   le  brindó   protección    y ayuda  y entró  en tratativas de  paz  con  él.   En setiembre   de  1883  ya había  un acuerdo  básico   entre   Iglesias  y  Chile,   quienes   acreditaron     a sus representantes                 para  discutir   los  términos    de un  Tratado.     Es en   estas   condiciones     cuando   el  gobierno    de  Iglesias  envía una   misión   diplomática     a  Arequipa,    integrada    por  sus  re­presentantes          Aurelio   Denegri,  y Miguel  Antonio   de la Lama, quienes   llegan  el  13 de  setiembre    y  se entrevistan    con  Montero,   presumiblemente      para  informarle    que  la  paz ya estaba pactada   y  para  pedirle  que  disuelva  su gobierno   y reconociese el de  Iglesias.    Como  el pueblo   de  Arequipa   no era partidario   de  la  paz  con  cesión  territorial,    y vivía  encoraginado con  las  reiteradas    declaraciones    de  Montero   y  sus  hombres de  estarse   preparando     -en   secreto-     para  enfrentar    con  éxito  a los chilenos:   hostilizó   a la misión  Denegri-Lama,   y hasta se suscribieron    actas  de condena   a sus propósitos.
10. Conocida    la derrota   de  Cáceres  en  Huamachuco,     rechazada la  misión   Denegrí-Lama,    comenzaron  a llegar los alarmantes rumores  de que el ejército chileno preparaba  una expedición guerrera  sobre  Arequipa.    En esas condiciones,  circuló una "hoja  suelta"  anónima,  el 27 de setiembre  de  1883, con  el siguiente contenido:

"Arequipeños  Salvad a la Patria"

Los implacables  enemigos  del  Perú,  que  por  doquiera  han empapado  el suelo nacional con la sangre de muchos herma­nos, aún no han  saciado su sed de odio,  y vienen a la tierra sagrada  de  los libres,  a  continuar   su nefanda  obra de con­quista.   Quieren   hollar   con  su  planta,   el  baluarte   de  las libertades   del  Perú,  y  repetir   en  las  faldas  del  Misti,  las escenas de deshonra carnicería  y horror,  que han representa­do en nuestra patria durante  cuatro  años. Nuestros enemigos no   vienen   solos,  los  mueven,   guían   y  acompañan   esos desnaturalizados,    que  han  tomado   el  nombre   de  Iglesias como  el lema de su traidora  bandera que no es otra cosa que el sudario  de la  honra  y de la autonomía   de la República. No  es  Atila  quien  se  encuentra   a  las  puertas  de  Roma, capitaneando  a los bárbaros  del norte,  son las huestes chilenas, más crueles e inhumanas,  son los bárbaros que escarnecen la moderna  civilización, los que avanzan en actitud  hostil  sobre  este  pueblo  de  valientes. ¿Os dejareis  conquistar?

¡Imposible!.  Esperad con el arma al brazo, sin temor ni jactancia,  y probad  a vuestros  conquistadores  que nacisteis libres y que estáis acostumbrados  a morir por la libertad,  que nunca  contasteis  el número  de vuestros enemigos, porque ja­ más medisteis su resistencia, sino vuestra pujanza, y que hoy que  se trata  de  defender  la existencia  de la República,  los fueros  del  hogar  y la santidad  del honor,  luchareis  como siempre,  con fe en vuestra causa y con el denuedo  de los pasados tiempos.  Os amenazan  las fuerzas chilenas, las mismas son que capitularan  en Paucarpata,  por que no pudieron  resistir vuestro  empuje  y el de vuestros hermanos  de Bolivia y hoy   ¡el cielo lo quiere!,  que peruanos  y bolivianos,  unidos siempre,   renoveis   las  glorias  que   entonces   alcanzasteis. Sed pues, el mismo pueblo  del 54, 58, 65 y 67; y si en esas épocas  memorables   vuestro  valor  admiró  el mundo,  hoy que  luchais   por  librar   a la patria   de la dominación    extranjera, sereis  dignos  de la inmortalidad.

Pero    teneis    otro    deber    que   cumplir:     vengar   a   vuestros hermanos.    Los  esforzados    del  Alto  de la  Alianza,   los mártires  de  Arica,   los  pundonorosos     ciudadanos    de  los  reductos de  Miraflores,    los   héroes   de  Huamachuco     y  tantos    otros, asesinados   en  las ambulancias    y fusilados   después  de heridos o  prisioneros,    esperan   que  castigueis   a  sus  crueles  victimarios.     ¡No   defraudesis     esa   esperanza}.     El   Excelentísimo Arzobispo   Goyeneche    pronunció,    poco  antes  del  2 de Mayo, al ver el enemigo  extranjero    estas  inspiradas   palabras   "Ay  de aquel que     en  la hora  de  la prueba,   no  ofrezca   a la Patria  su corazón   y  su vida"  y el inmortal   Bolognesi   dijo  desde  el Morro  de  Arica  al jefe  chileno   que  le intimó   rendición,    "Quemaremos    hasta   el  último   cartucho".       Arequipeños    que  las palabras   del  sacerdote    y del militar  que  tuvieron   esta  ciudad por  cuna,   os  inspire   en  la hora  de  peligro.    ¡si   ofreced   a la Patria  vuestra   vida,  quemad   el último   cartucho,   defended   la bandera   bicolor   que  flamea   sobre  el  cráter  del Misti y el Perú,  la América   y  el mundo   os saludarán   con  respetuosa    admiración.      Deliberad   tranquilos    sobre  la suerte   de  la  República.    El Gobierno    y el Ejército,   estad  persuadidos,    cumplirán  su  deber.     El enemigo   viene  a buscaros,   porque   os  cree dormidos:      ¡Despertad!     pues   y  que  la  Providencia    proteja vuestros   esfuerzos.      Sed  el último   atrincheramiento      del  Perú  o  la  gloriosa   Numancia    del  Pacífico.     Arequipa    Setiembre  27 de  1883"   (L.B.  28  Set. P.l).

En los  primeros   días  de  octubre   de  1883,  ya eran  confirma­ das  las noticias   del  avance  de  fuerzas  chilenas  sobre  Arequipa:   una   división   enemiga   acantonada     en  Tacna,   marchaba sobre   Moquegua.     La excitación    patriótica    en  Arequipa   era inmensa,   como  incomprensibles     eran  las últimas   medidas   del gobierno   de  Montero:    envío   del batallón   Junín   al Cusco,  de 200  celadores   a July   orden  de repliegue   a la división  Somocursio  que  dejó  libre  el paso  por  Moquegua   del  avance  enemigo.    El  16 de  octubre,   parte  de las fuerzas  monteristas    estaban    instaladas     en   Chacahuayo     organizando     la  defensa, cuando   llegó  hasta   allí  Montero   y  el  Coronel   Belisario   Suarez  (alcalde  de Arequipa,   nombrado    el día  anterior   por  Montero   como   Jefe  de  Estado   Mayor  General   de  los  Ejércitos).
Los  recién   llegados   junto   a los jefes  allí  posesionados,    evaluaron    la  situación,     y  en   la  madrugada    del   17,  partieron Montero   y  Suárez  hacia  Arequipa.     Ese mismo  día  el general Canevaro   , jefe   pospuesto    por  el  nombramiento     de  Belisario  Suárez-    recibió   en Arequipa   una  orden  de Montero:   sus­ pender    todo    envío    de  tropas    y  el  acuartelamiento      de  las fuerzas    cívicas   "mientras     llego   a  Arequipa    y  conferenciamos"   (Muñiz   1909  T. II. Pág. 431).    En la madrugada   del  18 llegó  al  campamento     de  Chacahuayo    la  orden   de  Montero, en  cumplimiento     de  la cual,  y luego  de  penosas  marchas,   el batallón    Constitución     se posesionó    en  la cuesta  de Huasacache  y  el  Ayacucho   en el alto  de Jamata.    Los jefes  de los batallones   movilizados,    vieron   in  situ,   la  imposibilidad     de  la defensa   con  el  medio   millar   de  hombres   y las dos  antiguas piezas  de  artillería    de  que  disponían    y mandaron    a pedir  refuerzos   al  coronel   Godínez    que  estaba   en  Chacahuayo.      El 22  de  octubre    llegan   a  Jamata    y  Huasacache:     Canevaro   y Godínez  con  numerosos    ayudantes    y verifican   lo inminente del ataque   y el insuficiente    número   de defensores.     Canevaro dispone   la traída   del  batallón   No.  10 de la Guardia   Nacional que  estaba   en  Chacahuayo.      En  presencia   de tan  altos  jefes, todos   se  quedan    anonadados     al  distinguir   la  polvareda   que anuncia   la  proximidad     del  enemigo.      A los  pocos   minutos una  bala  de  cañón  chileno   cae muy  cerca  del lugar  en que  se encontraban     los jefes  visitadores. El coronel   Francisco   Llosa  jefe   de  los  defensores     comienza   a disponer   a su tropa para  repeler   el ataque,   instantes   en los que  Canevaro  y Godínez se marcharon  con sus ayudantes  sin dejar instrucción  alguna.   Felizmente,  el enemigo contra el que cruzaron  fuego, era sólo una partida de adelanto  que tenía  por fin reconocer posiciones  peruanas  y verificar el alcance de sus tiros, logrado lo cual, regresaron  a informar  de su misión (parte oficial de  la  Expedición  a Arequipa,  por el jefe  de la misma, José Velásquez.  L.B. 28 En. 1884).   La noche del 22 al 23 de octubre,  es una noche  negra para los 290  hombres  del Constitución,  sin refuerzos,  sin saber qué hacer, sienten  la proximidad  de los enemigos que estiman  en 4,000.   Con las primeras claridades del 23, el coronel  Llosa ordena  la retirada al campamento  del Grau, donde  llegó Godínez  a las 8 de la mañana  y ordenó  la retirada  general "para  después atacar". Estas últimas  acciones fueron  hechas prácticamente  a vistas del enemigo que tenía  listos para el ataque a sus batallones:

Santiago,    Angeles,   el  Cuarto    de  Línea   a  los  escuadrones: Cazadores   a Caballo,   Las Heras  y el General   Cruz.

11. El  24   de   Octubre    se  conoció   en  la  ciudad   la  retirada    de las  fuerzas   militares    de  Jamata   y  Huasacache    y  el  avance chileno  sobre    Arequipa.       Los   ciudadanos     enrolados    a  la Guardia  Nacional    retomaron     su   acuartelamiento       (detenido   una   semana    antes).   La  conmocionada      población     se preparab     para   el  combate    que   se  sentía   inminente.       Ese mismo   día,  Montero   reunió   una  Junta   de Guerra  con  los jefes  intermedios     de  la  Guardia    Nacional,    les  precisó   que  el retiro'   estratégico    del  ejército    de  Huasacache    y  Jamata   no tenía   la menor   importancia    y  que  la resistencia    era posible, igualmente   les  consultó    si  estaban   dispuestos    a resistir.     El acuerdo     fue  unánime:    había   que   dar  batalla.     El gobierno nombró  una   comisión    de  notables,    presidida   por  Armando de  la  Fuente,   para  que  estudie   -  ¡a esa altura! la      fortificación  de  la ciudad.    Las horas  que  corrieron   entre  la tarde  del 24  y  la  mañana  del  25  de  octubre,    fueron   de  preparativos bélicos. Los  arequipeños    nacidos   entre   el  olor  a la pólvora y al incienso,   estaban   decididos   a luchar  ya sea por  decisión patriótica,  o por  el instintivo   y último   recurso   de matar  para vivir o defenderse.


12.  Al mediodía    del  25  de octubre,   sonaron   a rebato   las campanas  de  la  Catedral   y la Compañía,    el Ministerio   de Gobierno convocaba      "al  pueblo"    (en  realidad   sólo  pudieron   asistir  las mujeres,   los  ancianos   o los niños,  pues  los ciudadanos   en capacidad   de combatir   estaban   acuartelados).     Montero   habló  a la  concurrencia,     destacando    la  gravedad   de  la  situación   les consultó.          ¿Queréis   la  paz  o la  guerra?   (¡Qué   democrático militar!)   que  después   de  haber   vivido   14 meses  de los suministros   de  los  arequipeños     "para  hacer  la  guerra   y  firmar   la paz  decorosa":     que,  después   de haber teatralizado  en sus calles y plazas "las revistas",  "ejercicios doctrinales"  y "levas" de  los  arequipeños,   preparándolos   para  el  combate:   que, después  de haber  llamado  traidor  a  Iglesias por  no  pelear con  el enemigo:  pregunta  a los ancianos y a las mujeres de Arequipa:  ¿Queréis la paz o la guerra?   ¡Qué desilusión  para él y,  le respondieron:    ¡La Guerra!  Retirado  a "Palacio",  a los  pocos   instantes   recibió   a una  Comisión   Municipal   que  le llevó  el siguiente   oficio:   "Excelentísimo      Señor:   La  Munici­palidad     de    Arequipa,     interpretando       el   sentimiento      del vecindario,     se   cree   en   el   deber   de  suplicar    a  V .E.,   que cualquiera    sea  la línea   de  conducta    que  adopte   en lo político y militar,   por  la aproximación    del ejército   chileno,   procure  evitar,  en lo absoluto,   todo  combate,   choque   o resistencia dentro   de  esta  ciudad,   que  pongan   en  peligro  a sus habitantes.     Arequipa,    24   de  octubre    de   1883.     Diego   Butrón" (Muñíz    Op.   Cit.   Pág.   442).     

Montero    les  respondió     que "pelearía    en  el  campo   y  en  la ciudad,   en  las  calles  y  en  las plazas   y  HASTA   EN  EL  TEMPLO"    (Ibídem).      Retirada   la delegación    municipal,    Montero   ordenó   desarmar   a la  Guardia   Nacional    (en   instante     tan   difícil   ya  no   temía    a  los chilenos   sino  a  la reacción   de  los  arequipeños,    dispuestos    a dar  batalla),    ordenando    además,   que  su  batallón    predilecto  "el   2  de  Mayo"    se dirija  a la estación   del  Ferrocarril.      Las órdenes     de   desarme     fueron     motivo    de   rebelión     en   los cuarteles     de   la   Guardia    Nacional.       Los   ciudadanos     del       Batallón   No.  7 devolvieron    sus  armas  contra   los  que  quisieron   cumplir   con  las  órdenes   de  Montero   y  entre   tiroteos   y gritos   de    ¡  traición   !  Se echaron   a  las  calles.  Lo mismo sucedió  con los otros  batallones  de los cívicos y en general con  la población.   

La multitud,   embravecida  e indignada, presumió  que Montero,  sus ministros y oficiales huían  hacia la estación  ferrocarrilera   y allí se dirigió para escarmentar­ los. La muchedumbre  armada,  destruyó  parte de las instalaciones  ferrocarrileras,   desenrieló  parte  de  la  vía  férrea  y hasta   desvalijó  las  petacas   y  baúles  que  habían   enviado algunos  aristócratas  y comerciantes  extranjeros  que quisieron  ponerse  a buen  recaudo.  Montero  y sus hombres leales, conocedores   del  peligro  que  corrían  huyeron  por  el otro extremo  de la ciudad  con el objeto  de encaminarse a Puno, pero al llegar a Miraflores fueron recibidos a fuego graneado en el que cayó muerto  el oficial Velasco uno de los ayudantes  de  S.E.  Ante  el  recibimiento,   los jinetes   en  fuga  se replegaron  y a galope  tendido  lograron  llegar a "palacio", antes  que la muchedumbre  regresara a la ciudad. En el local prefectural  que   hacía las veces de "Palacio de Gobierno" se  encerraron   los  huidizos,   quedando   defendidos'  por  los efectivos  del  Batallón  de  Ejército  2 de  Mayo. Cuando  las sombras  comenzaban   a  envolver a esos muros  testigos  de innúmeras    violencias   republicanas    y la  gente  regresaba   de la estación     en   desorden,     un   grupo    anónimo     de   pueblo    al encontrar     en   unos   matorrales     a  Diego   Butrón   (me  se  encaminaba   a esconderse   en su chacra  de Challapampa,    mató  a Butrón   (el Alcalde  de Arequipa   que  puso  Montero).   De vuelta  a la  ciudad,   distintas   partidas   de ciudadanos   asaltaban   los cuarteles,    llevándose    armas   y  municiones    para   defenderse "de   lo  que  venga"   en  sus  parapetados     domicilios.    Comen­ zapa   ya  la  noche    del   mismo   día   25   de  octubre,    cuando hacían   su  ingreso   a  la ciudad   las tropas   del  ejército   que  se retiraron     de   Huasacache    y  Jamata:    vinieron    los  soldados cansados,    hambrientos     y  desalentados     y  al ver  el desorden que  primaba   en la ciudad,   se desbandaron.

13. La  noche   del  25  de  octubre   la  ciudad   de  Arequipa   era  "la tierra   de  nadie":    los  vecinos  parapetados    en  sus  domicilios, con  las  armas  en  las  manos   y la  angustia   por  el incierto   fu­ turo   en  los pechos,   tragaban   a sorbos   la cólera  que  les despertaba   la actuación    de  Montero   y  sus  ministros,   el ejército y  demás   leales a un  gobierno  que no estuvo a la altura  de esos dificilísimos  trances.  En las primeras  horas  del 26 de octubre,  protegidos  por la oscuridad  de la noche, fugó Montero y los suyos hacia Chiguata y de allí a Puno.

14. Con el ejército enemigo a puertas, triunfante  y perfectamente pertrechado,   con el contra-almirante  Montero  y sus altos jefes  políticos  y  militares  en  fuga,  con  el encargado  de la alcaldía  muerto,  con las tropas  del ejército  desbandándose, con  los cuarteles  asaltados  ¿qué  pudo  hacer  el pueblo  de Arequipa  para impedir  el ingreso del ejército de ocupación? Se reunió  espontáneamente   en la Plaza de Armas, se declaró en cabildo  abierto  permanente  y ante la ausencia de alguna autoridad  política,  nombró  como Prefecto  a José Domingo Montesinos. Igualmente ante la ausencia de' alguna autoridad militar  constituída,  acordó  organizar la Guardia Urbana comisionando  la tarea  a Marcos Fidel Briceño y a Carlos Montes; para salvar el armamento  aún disponible, acordó otorgar un socorro  al coronel  Godínez  y a otros jefes y oficiales para  que  trasladasen  el armamento   existente  en los cuarteles del  ejército  a la ciudad  de Puno.    El día  27  don  Enrique Wenceslao Gibson,  del  cuerpo  consular,  envió una  carta al Jefe de la expedición  chilena, pidiéndole  una cita para parlamentar  sobre   las  condiciones    pacíficas    de  la entrada   de  su expedición   a  Arequipa.      El 29  de  octubre,    muy  temprano, Gibson   recibió   la  respuesta   del  coronel   chileno   José  Velasquez   que  le  concedía    la  cita  pedida   para   ese  mediodía    en Paucarpata. Partió   Gibson,   junto   con  otros  cónsules  y concejales  a la reunión   y,  como  adelantados,    entraron    200 jinetes  chilenos   y  a  las órdenes   del  comandante     Rafael  Vargas y  el teniente    Exequiel   Fuentes   (Velásquez.    Op, Cit.) Se posesionaron  de la plazuela  de Santa Martha.   La Conferencia de Paucarpata  terminó  con  la firma  de un acta, que en su parte   medular  decía:   "  ...  que  a causa de la retirada  del Ejército,  y del abandono  del Gobierno,  el pueblo de Arequipa se vio en la necesidad de reorganizar sus autoridades  provisionalmente,  adhiriéndose  a la causa de  la paz  por creer imposible  toda  resistencia",   por  lo que  representantes  'de Arequipa  ponen  "la  ciudad  de  Arequipa  a  disposición  del señor  Comandante   en  Jefe del Ejército  Chileno, esperando que en sus procedimientos   se ciña a los principios del Derecho  de Jentes"   (Sic.).   Ese mediodía,  en telegrama  de Mollendo, llegó la noticia  de que el gobierno de Iglesias y Chile había  firmado  9 días antes  el Tratado  de Ancón.   El 29 de octubre  de  1883, a eso de las 9 de la noche, entró  el ejército  chileno  a la ciudad  de  Arequipa  y  acampó  en la  Plaza de Armas.

Al día siguiente los munícipes  reunidos desde las 7 de la mañana, sumaron  las responsabilidades  prefecturales  al Alcalde de la ciudad:  Armando  de la Fuente  y se entregaron  a gestionar  casas, alimentos  y forrajes para los indeseados  "visitantes"  y sus cabalgaduras.   Mientras el poder  extraño,  disponía  una serie de ordenanzas  y entregaba  a sus oficiales a cumplir sus órdenes de:
 
1° Clausurar todas las tipografías  de la  ciudad,   colocando   vigilantes  chilenos  en  sus  puertas.

2°  Destinar  el  control  administrativo  y  económico  de la Aduana   de   Mollendo   en  beneficio   de  la  "expedición"

3° Controlar  y poner a su disposición el transporte  ferroviario. 

4° Abrir una dependencia  en las oficinas de correo para uso  exclusivo  de la correspondencia   del ejército  de ocupación  quien  debía  tener  preferencia  en el servicio . Además de que  en la misma  fecha  (30  de  octubre  de  1883),  José Velásquez el jefe  chileno,  decretó e hizo conocer por bando y sueltos:  que estaba prohibido  salir de la ciudad sin permiso  escrito   otorgado    por  su  estado   mayor   y  que  todo   el que entrase   en  ella,  debía   presentarse    en  las 4 horas   siguientes; que  todos   los jefes  y  oficiales  del  Ejército   del  Sur, así como los  de  la  Guardia   Nacional   que  se encontrasen    en Arequipa, tenían    que  presentarse    en  las  próximas   48  horas;   que  en  el término   de  3  días  estaban   en  la  obligación,    todo   el que  poseyese   armas,   alimentos    o  cualquier    objeto   de  guerra   del ejército    o  la  Guardia   Nacional   de  devolverlos   al ejército   de ocupación.


El  pueblo   se resistió   a acatar   la orden   de  devolución    de  armamento     y  tuvo   que   interceder     el  Alcalde-Prefecto      para pedir   que  esa  tarea   podía   ser  cumplida    por  la  municipalidad,   la   que   devolvería     las   armas   al  Gobierno     Nacional, toda   vez  que  ya  estaba   firmada   la paz.    El mando   chileno accedió,    sin   embargo,    pocas   armas   pudo   recoger   la  municipalidad,   a pesar  de haber  ofrecido   recompensa    pecuniaria   a quien  las entregase.


Fueron   largos  y  pesados   los  días  de  la ocupación.      Aunque la  hostilidad     hacia   los   enemigos    era   real,   no   podía  estar sino   encubierta.        Algunas   veces  brotó    con   la  pureza   y  la debilidad   de  un  manantial    cristalino   como  en los sucesos  de Quequeña,    o como   en  los  de  La Higuera de Cayma, y en  algunos  otros  que  se han ido perdiendo  en la tradición  oral. Fueron  pequeños  lances,  pero no por  ello menos heróicos, de un pueblo  que tuvo que soportar  la humillación  del sable y del cañón enemigo en aquellos días de 1883 y 1884.


Cuando   el  régimen   de  Iglesias  preparaba   las  elecciones municipales  en  todo   el  país,  el  Alcalde-Prefecto   de  Are­quipa  arregló  con  el  mando  chileno,  para  que  el ejército de  ocupación   se  retirase  de  la  ciudad,  contribuyendo   de esta  forma  al   "éxito  electoral",     Los expedicionarios  .eligieron la zona entre Tiabaya,  Sachaca y Tingo para acampar, por  su acceso inmediato  a la vía férrea.   El 2lde  diciembre a las 3 de la tarde, por la calle de La Merced, se retiraron  los soldados  extranjeros,   en dirección  a la zona  elegida.   Esa misma tarde  e inmediatamente   después  de la salida de los chilenos, entró  a Arequipa, investido  de  facultades  extraordinarias,   el  Ministro   de  Guerra   del Gobierno   de  Iglesias,  General    Javier  de    Osma   (lo   acompañaba     el  prefecto    recién nombrado     y  enviado   por  Iglesias:  Juan   Martín   Echenique). Posteriormente,      el  4  de  febrero    de   1884,   fue  entregada    la Aduana   de  Mollendo    a  los  representantes      del  gobierno    de Iglesias,  y  el día  sábado   16 de agosto  de  1884  fue  desocupa­ do   definitivamente      el  departamento      de  Arequipa    por   las fuerzas   chilenas   que  marcharon    a su  país,   después   de haber sometido    al pueblo   de  Arequipa   a 300  días  de impotencia    e indignación.    24 horas después de la partida  de los últimos regimientos  chilenos, estalla una rebelión arequipeña  que derrota  a las fuerzas iglesistas aquí  acantonadas,   desconoce el  Tratado  de Ancón y al gobierno  de Iglesias que lo firmó, y proclama  como  "Presidente  Legítimo   del Perú",  al general Andrés  Avelino Cáceres, el valiente  héroe  de La Breña.

 El general Cáceres vivió e hizo gobierno  en Arequipa,  desde el 10 de octubre  de  1884  hasta  el 26 de marzo  de  1885, en que  partió  en campaña  para  tomar  Lima que estaba en poder  de  Iglesias.    Las  fuerzas  de  Caceres,  después  de  sangrientos  combates del 29 y 30 de noviembre de 1885, derrotó al ejercito  iglesista y aperturó  el camino para hacerse del poder unificado  del Perú, que asumió el 3 de junio  de 1886.


ACUSACIONES  CONTRA  LA ACTUACION  HISTORICA DEL PUEBLO AREQUIPEÑO  EN LA GUERRA  CON CHILE


En los  100 años  que han transcurrido   desde los sucesos ya referidos,  se ha tejido una  "leyenda  negra"  sobre la participación de Arequipa  en la guerra con Chile.  Ya en 1883, a las pocas semanas  de  haber  huido   de nuestra  ciudad  que  estaba  con  los chilenos  al frente,  el contra-almirante   Lízardo Montero,  en un manifiesto   redactado   en  Buenos  Aires, no  encontró   algo más cómodo   para  exculparse  de su responsabilidad  militar  y  política,  que  acusar  a los vecinos de Arequipa,  de no querer  combatir  al  enemigo.    Meses después,  cuando  el  general  Andrés Avelino Cáceres, con  el apoyo  del pueblo  de Arequipa,  desconocía  el gobierno  de  Iglesias que  pactó  con  los chilenos  y se preparaba   para  derrocarlo,  los iglesistas  "acusaban"   de  cobardía  al  pueblo  de- Arequipa.    En las últimas semanas,  esta "leyenda   negra"   ha   adquirido   notoriedad    nacional,   cuando   la revista  limeña  OIGA (en  el número   140 de su V Etapa,  Lima 12 de setiembre   de  1983)  publica   un artículo   sin firma,  que  acusa  a  Arequipa    desde  el mismo   título:    "Arequipa    se rindió     sin luchar   con  los  chilenos".      Ahora,   que   les  acabo   de  referir   en apretada    síntesis   los  hechos   más  significativos    de  la  participación   arequipeña    en  la guerra   con  Chile,  hagamos   un  análisis  de los   "cargos"     con   que   se  ha  acusado    y  acusa   de  cobardía    al pueblo   arequipeño    en su actuación   en la contienda   bélica.


PRIMER    "CARGO":   Como ninguna  de las batallas de la guerra con  Chile se libró en Arequipa,  entonces  se sostiene: Arequipa no  luchó  contra  los chilenos.   Deducción  incorrecta,  porque  la iniciativa de las acciones bélicas no fueron tomadas  por el Perú, sino  por  Chile, quien  determinó  con sus acciones de conquista dónde  se peleaba; y donde se peleó estuvieron presentes cientos de  combatientes   arequipeños  que,  incluso,  algunas  decenas de ellos  ofrendaron   su  vida  en  combate   por  la  causa  nacional: Pisagua-San  Francisco-Tarapacá-Arica-Tacna-La  Defensa  de  Lima-Huamachuco,  conocieron  de la participación  en combate  de los arequipeños.    Pero, además, toda  guerra no sólo se libra en el campo  de batalla  ni son sólo sus actores  los que visten el jergón militar y accionan las armas; sino que los ejércitos se sustentan  en el apoyo  civil que reciben.   En la conflagración  centenaria los ciudadanos  arequipeños  tuvieron  una sacrificada contribución  a la causa patria:  cuando  dejaban  sus ocupaciones  y se enrolaban  en la Guardia  Nacional marchando  al frente; cuando, privándose  de  recursos  personales  y  familiares,  proveían   por medio  de  suministros,   cupos,  colectas  y erogaciones:  dinero, frazadas,  alimentos,   forraje  -al   centro  de una  pavorosa  crisis económica-    al  ejército  peruano  en la campaña  del sur y en el gobierno  de  Montero,   principalmente;   cuando  las  mujeres  se organizaban  en  grupos  y confeccionaban   uniformes,  bordaban emblemas,  preparaban   hilos  y  vendas;  cuando  los  "tiznados" del  ferrocarril,  los profesores  del  Independencia  y los tipógrafos de La Bolsa, hacían  que se les descuente  por planilla, partes sustanciales de sus salarios, que entregaban  para socorrer a la patria.

SEGUNDO   "CARGO":     Arequipa  no  auxilió  a las fuerzas del general Andrés  Avelino Cáceres en la Campaña de Breña. Aquí, es necesario  hacer  una  precisión,  para desvirtuar  este "cargo". Si no  se entiende  que el Gobierno  de Montero  era una cosa, y el pueblo  de Arequipa  era  otra  cosa, en los sucesos que analizamos;   se  llegará  a torpes   confusiones.      El  "Gobierno    de  Montero",    era  conocido    también    en  el  lenguaje   político   y  militar de  la  época   como   el  "Gobierno    de  Arequipa"    Y  ¿qué  tenía   de "arequipeño"      el  gobierno    de  Montero?     Su  localización    física, pues  ya  hemos   visto,  que  el gobierno   de Montero   surge,  cuando los   chilenos    después     de  tomar    Lima-    quisieron    fabricar   un "gobierno"     que  consagrase   sus  ambiciones    territoriales    y, en tal sentido,   permitieron    que  se reuniese   en  el pueblo   de Magdalena (Lima)   una   Junta   de  Notables    que  eligió  el  22  de  febrero    de 1881,   a  García   Calderón   como   Presidente   del  Perú.    Ya  vimos también,    que  García   Calderón   no  obedeció    los  planes   chilenos, por  lo  que  fue  apresado   por  los  enemigos   y  enviado   en  calidad de  cautivo   a Chile,  por  prolongado    tiempo.     Es así como   Lizardo  Montero,    elegido  Vicepresidente,     días  antes   del  apresamiento  de  García   Calderón,   se convierte   en gobernante.     También   ya les  detallé   por   qué  decidió   Montero    establecer   su  gobierno   en Arequipa.     Igualmente,   habrá  quedado   en evidencia,   que  Montero  gobernó   en  nuestra   ciudad   compartiendo     una  posición   política  básica  con  el pueblo  de Arequipa:  no permitir  la amputación territorial  y si para ello, era necesario  continuar  la guerra, había  que continuarla.    Montero  y las más altas autoridades  de su régimen,  eran  mayoritariamente   piuranos,  limeños, es decir no arequipeños  (aquí es necesario precisar que hubo algunos ministros  arequipeños  como  Mariano Nicolás Valcarcel, o Ladislao La Jara que, sin embargo,  tuvieron  una  actuación  supeditada  al  , alto  mando  militar,  dado  a que el gobierno  "estaba en guerra").  
Bien, las relaciones  entre  el gobierno  de Montero  y el pueblo   arequipeño  en los  14 meses que  convivieron  en nuestra ciudad, tuvieron  la siguiente lógica: el gobierno mandaba (dictaba leyes, resoluciones,  imponía  cupos  y  suministros,  removía  funcionarios  y hasta  alcaldes y concejales,  disponía  las "levas"  de los ciudadanos,  organizaba la Guardia  Nacional, mandaba  al ejército,  realizaba  elecciones  y hasta  suplantaba  al municipio  en la atención  de tareas locales).   Por su parte,  el pueblo arequipeño    1 obedecía  (era levado, pagaba los cupos  y suministros para mantener  al gobierno  de  Montero,  en fin acataba  las disposiciones que se dictaban).    En estas condiciones,  ¿de quién es la responsabilidad  de no haber  auxiliado  a las fuerzas del General  Cáceres en La Breña?  Del  gobierno  de Montero  y no del pueblo  de Arequipa.          Yeso   lo comprendió  hasta  el mismo Cáceres, pues cuando  él necesitaba  y solicitaba  ayuda,  política  y militarmente era un subordinado  de Montero.

TERCER    "CARGO":      Los  arequipeños    defeccionaron     en  Huasacache   y J amata   y  quebraron    la 1ínea  de  resistencia   sin pelear, en  presencia   del  ejército   chileno.     La línea   de  resistencia   de Ja­ mata  y  Huasacache    fue  dispuesta   por  Montero   y los  altos  mandos  militares   (General   César  Canevaro,   General  en Jefe  del  Ejército   y  de  la  Guardia   Nacional;   Coronel   Belisario   Suárez , quien era  Alcalde  de Arequipa   hasta  el 15 de octubre,   en que  fue nombrado   por  Montero,   Jefe  de  Estado  Mayor  General  de los  Ejércitos   -nótese     que   el  nombramiento      de  Suárez  justo   cuando    el ejército   se disponía    a librar   batalla,   era una  postergación    de Canevaro   y  sembró   la  confusión    en  el  mando   militar->;   Coronel José   Godínez,    Jefe   del  campamento     de  Chacahuayo;     Coronel Francisco   Llosa,  Jefe  del  Batallón   Constitución,    posesionado    en la cuesta   de  Huasacache).      El Coronel   Francisco   Llosa,  consideró  que  con  los  290  hombres   que  tenía   a su  cargo  -que   podían elevarse   a' medio   millar  con  los  efectivos   del  Ayacucho,    no  podrían    defenderse     Huasacache    y  Jamata,    salvo  que  se  le  envíe refuerzos    del  campamento     de  Chacahuayo.      y así  se 10 pidió  al Coronel   Godínez  en  un  desesperado    oficio   escrito   con  lápiz  en de  cuero   de  un   tambor:    "Alto   de  Huasacache  , octubre    21  de 1883.   Señor  Coronel   Godinez ; por  nota  recibida   en la fecha,  del Comandante    Militar  del Valle  de Quequezana,    sé que  el enemigo ha recibido   nuevos  refuerzos ,lo    que  se confirma   con  los repiques y  diana   que  han  tocado    anoche   a  las  doce   en  Omate.    Ruego nuevamente     a  usted,    se  sirva   mandarme     el  batallón    10,  para defender    el  cerro,   con  10  que   estoy   seguro   de  dar  un  día   de gloria   a  mi  patria.     Francisco    Llosa  (firmado)    (Muñiz , Historia del  patriotismo           Segunda   Parte.       Capítulo    XX.    Arequipa, 1909).

Como  ya  les referí,   los refuerzos   no  llegaron  a Huasacache,   pero los  chilenos   sí,  y el jefe  del Constitución,    ordenó   el repliegue   de sus  hombres   al  campamento,     donde   el Coronel   Godínez   ordenó la retirada   total   "para   después   atacar".     Queda  pues  establecido que  la defección   de Huasacache   y Jamata,   fue una  defección   enteramente    militar,   decidida   y  ejecutada    por  Montero   y sus altos jefes  militares   (Canevaro   - Suárez  - Godínez    - Llosa,  quienes  dicho  sea  de  paso,  se acusaron   mutuamente     después   de  los  sucesos,  en  documentos    exculpatorios).        ¿Quién   y bajo  qué  fundamento    puede   responsabilizar     al  pueblo    de  Arequipa    de  haber quebrado     la   línea    de   resistencia     de   Huasacache     y   Jamata?

¡Nadie!.


CUARTO "CARGO":     Los ciudadanos  arequipeños  no quisieron  pelear contra  los chilenos y abandonaron  los cuarteles de la Guardia  Nacional.    Godínez,  en el documento   que OIGA da a conocer sin referencias y fragmentariamente,  dice:  "Los Señores Generales  Montero  y Canevaro y el Coronel  Suárez aseguraron entonces  que el pueblo  de Arequipa  en su mayor parte se resistía  a combatir,  pues no se podía  obtener  ni 2,000  hombres  de la  Guardia   Nacional  para  acuartelarse;   exponiendo   el  citado general Canevaro que en la mañana de ese día 25, al presentarse en los cuarteles  de los cuerpos  de la Institución,  no encontró  ni
200 ciudadanos  en cada uno y que, además era ostensible y no­ torio  el resfriamiento  de los ánimos,  que el día antes nomás estaban   decididos  y  vehementes   para  cooperar   en  la  defensa" (Op. Cit. Pág. 38).  ¿Cómo pudo caer en la población de Arequipa la noticia de que los batallones del ejército se habían  retirado de Huasacache y Jamata  sin combatir  y que el ejército enemigo avanzaba sobre la ciudad?    A pesar de ser persona interesada  en exculparse,  que nos responda  el contra-almirante   Lizardo Montero. Montero  afirma,  en la carta  que dirige a Andrés Avelino Cáceres entregándole  el mando desde las aguas del Titicaca, pues está firmada  en el vapor Yavarí, el 28 de octubre  de 1883: " ... Por hoy  basta saber que la retirada  de las fuerzas peruanas que ocupaban  Huasacache   y Jamata,  decidió al gobierno a trasladar el ejército  y el material  de guerra al interior  del país, para aprovecharlos con éxito y la idea de esa traslación disgustó a la Guar­dia  Nacional.  O sea al pueblo  de  Arequipa,  que se encontraba armado  por mí para luchar contra el enemigo extranjero.   El de­ sagrado del pueblo tomó la forma de completa  rebelión y colocó al gobierno  en esta dolorosa  alternativa:  o entablar la lucha entre el ejército  y la Guardia Nacional, aniquilando  los únicos elementos  de resistencia,  cuando  el invasor acampaba  a seis leguas de Arequipa , o ceder el campo a los que me combatían,  después de agotar  las medidas  de persuasión  y de prudencia".   A confesión de parte,  relevo de prueba.   Montero  con  una irresponsabilidad  que  jamás  le  perdonará  Arequipa,  decidió  irse con  el ejército  al  "interior   del  país"   ¡dejando a la población  de Are­ quipa   militarmente   desguarnecida   y  con  el  enemigo  a  "seis leguas".        ¿Que los ciudadanos  de Arequipa no querían  combatir? y entonces   ¿por qué se rebelaron?  por  qué en lugar de entregar  las armas  e irse a sus domicilios,  los guardias nacionales arequipeños  se amotinaron  y salieron de sus cuarteles  para linchar a Montero ya  su camarilla? porque la indignación colectiva  tiene  un  límite   y ese  límite   fue  vencido   por  los arequipeños    en la tarde  del 25 de octubre  de 1883.  Ahora, pongámonos  en los cuerpos y en las mentes de los arequipeños  en esa tarde funesta: con el enemigo  que  en los años precedentes  se mostró sanguinario-   en las proximidades,  con el alto mando militar y político sumido  en  la retirada  más irresponsable,  con los batallones  del ejército  desbandándose   y ellos, nuestros  antepasados,  convertidos en una  turba  sin orden  ni concierto  posible.   Los arequipeños  se retiraron   a sus domicilios,  con  las armas  que pudieron conseguir  en la revuelta  y se parapetaron.     Ya no  era  sólo  el patriotismo   lo  que  los  guiaba,  era  la  necesidad  instintiva  de defenderse  ante  lo  que  viniera,  tragando   más  rabia  que  saliva  en  sus gargantas.    Aquí  es necesario  hacer  una  aclaración, seguramente   no  todos   los  vecinos  de  Arequipa  quisieron  dar combate,  algunos   comerciantes    extranjeros    avecindados   en nuestra  ciudad  y algunos aristócratas  temían  perder  sus propiedades  y sus riquezas;  pero  el  pueblo,  ese pueblo  de artesanos, chacareros, jornaleros,  picanteras,  estudiantes,  sólo tenían  su vi­ da que perder y quisieron ofrendarla.

QUINTO   "CARGO":    Los arequipeños  entregaron  su ciudad  a los chilenos,  mediante  el Acta de Paucarpata,  antes  de conocer la firma  del  Tratado  de  Ancón.   Efectivamente,  el Tratado  de Ancón  se firmó  el  20 de  octubre  de  1883 y el documento   de Páucarpata  se firmó al mediodía  del 29 de octubre,  sin que los vecinos conociesen  la firma del Tratado  (la noticia  llegó a Arequipa al mediodía  del 29). Pero si los arequipeños  que firmaron el Acta de Paucarpata,  no conocían  de la firma del Tratado  de Ancón,   ¿se  puede  afirmar  que  la expedición   chilena  también la  desconocía?   no,  precisamente   la  única  explicación  posible de la   venida de la expedición  chilena a Arequipa en octubre  de 1883,  es porque  Chile ya había  pactado  la paz  con Iglesias y como el Gobierno  de Montero  y el pueblo de Arequipa eran los opositores  del gobierno  de Iglesias, y esto hacía  peligrar para los chilenos   la paz ya pactada,  vino la expedición  chilena como una  suerte  de cruzada  iglesista.  Por 10 demás, si las noticias de la firma  del Tratado  de Ancón  no fue conocida  por los firmantes  arequipeños  del Acta de Paucarpata;  el pacto  de la paz entre  Iglesias y Chile ya era vox populí desde fines de setiembre.


REFLEXION  FINAL:

La lección  de la derrota  no  puede  ser positiva,  a pesar de los ejemplos  de Grau, Bolognesi, Cáceres y otros.   La lección de la derrota  nos señala: que si encadenamos  al Perú con fácil recurso de la deuda  externa;  que si hacemos  "república"   sometiendo  a amplias capas de la población  a condiciones inhumanas de exis­tencia; que si entregamos la explotación  de nuestros recursos naturales  a la voracidad  incontrolada  de empresas extranjeras;  que si llegamos al poder  del Estado  o de sus instituciones  para vivir de prebendas, ventajas  y muchas veces, saqueando  al tesoro público;  que  si construimos   la riqueza privada  aprovechando  del "río  revuelto"   de la  injusticia  social; que si recurrimos  más al fácil expediente   de la importación   que al de la producción  industrial;  que si toleramos  el uso de los institutos  armados como trampolín   político;  que si permitimos  que los asaltantes  de los recursos  fiscales gocen  de impunidad;  etc,  estaremos  determi­nando la fragilidad de nuestra patria.

El que  la historia  no se repita,  dependerá  no sólo de la adquisición de armamento  moderno  y sofisticado,  sino, fundamental­ mente,  de que los peruanos  construyamos   un orden social en el que  TODOS  podamos   vivir  con  dignidad  y  por  el que  todos llegado   el caso  tengamos la necesidad y estemos dispuestos a defenderlo  con nuestras  propias vidas.

Así como no se debe explicar  la derrota  por la negligencia militar del general Juan Buendía,  o por la torpe  traición de Hilarión Daza,  o  por la incorregible  ambición  política  de Piérola, o por los desatinos  tácticos  de Prado,  o por la condenable  huida  de Montero;  la responsabilidad  histórica  de Arequipa  en la conflagración no hay que buscarla  solamente  en la entrega heroica de muchos  mistianos  a la defensa  armada  de la causa peruana,  no. La Guerra y la derrota  fueron  el corolario de cincuenta  años de desaciertos  y dilapidación  en la conducción  del Estado Peruano y, tanto  la aristocracia como el pueblo arequipeños,  vivieron denunciando  y luchando  reiteradamente   contra  esos manejos  que permitieron  la transferencia  de las riquezas guaneras del Perú a la  aristocracia   limeña  y a los  caudillos  militares,  conductores del  Estado  y  VERDADEROS   RESPONSABLES  DE  SU DERROTA.   La guerra no se perdió en los enfrentamientos   bélicos, se perdió  en los cincuenta  años precedentes  en que los dolosos manejos de la economía  y política  peruanas pusieron en evidencia nuestra inmadurez republicana. (Historia General de Arequipa, Juan Guillermo Carpio Muñoz)





Los últimos días de octubre  ,  Arequipa en 1883
   








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“Fragmentos para Escribir la Historia de la Participación de Arequipa en la Guerra con Chile (1879-1883)”. Arequipa: Municipalidad Provincial de Arequipa (MPA), 2016. Texto histórico producto del "I Concurso de Ensayo de Historia: La Participación de Arequipa en la Guerra del Pacífico" (2016), realizado por la Municipalidad Provincial de Arequipa. Siendo los ganadores por orden: 1ro- Cipriano Lucio Quispe Quispe. 2do- Mauricio Edilberto Núñez Fernandez-Baca. 3ro- Julio César Abanto Chani. Texto que desmitifica, a través de fuentes históricas, el mito negro de la no participación de Arequipa en la Guerra con Chile.




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