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Semana Santa Arequipeña




En el calendario católico de la Arequipa tradicional, no existe una sola semana en el año, tan llena de recogimiento público y las manifestaciones religiosas de la feligresía, como la Semana Santa. Advirtiendo que hoy, la observancia de los días santos no es tan rigurosa como en la Arequipa de antaño, veamos cómo discurrían.

El domingo de Ramos los arequipeños concurrían a los templos a escuchar misa, portando palmas, cruces tejidas con "cogollos" de palmeras, ramos de laurel o de cualquier otro vegetal apreciado. Después de bendecidos y recordando la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, los ramos eran enarbolados y agitados entre cánticos y rezos, mientras el Santísimo procesionaba por dentro del templo, en medio de una nube de incienso y en una custodia de metales y piedras preciosas. En la Catedral la ceremonia era mucho más solemne y extensa porque se verificaba La Reseña, en que los sagrados oficios los desempeñaban el Obispo y los venerables deanes del Cabildo Eclesiástico. Muy concurridas también eran las Iglesias de Santa Teresa y Santa Catalina donde procesionaban imágenes de Jesús montado en un borrico y primorosamente vestido por las monjitas de sus respectivos conventos. Al regresar las familias a sus casas, acostumbraban clavar las verde amarillas cruces tejidas con palma, o las cruces que hacían con los ramos benditos, en la parte posterior de la puert'icalle o en el dintel que la encimaba; para que "no entren" a sus hogares: brujerías, envidias, enfermedades, ni maleficios de ninguna clase.


                                           Recorte del diario El pueblo de Marzo 1974 


Nota: En  San Lázaro barrio antiguo d e la ciudad  las cruces hechas de ramas de  sauce eran  confeccionadas de singular manera  para ser colocadas detrás de las puertas  acompañadas de ramitas de arrayan y romero , estas cruces eran también confeccionadas  el viernes santo .. en especial tradición en algunas familias de san Lázaro próximas a chilina donde se podía conseguir todo este material .......



El Lunes Santo, las imágenes religiosas de todos los templos lucían cubiertas por extensas telas de color morado o negro. Así quedaban toda la semana. Desde ese día también la mayoría de las personas vestían de negro, es decir "de luto". Igualmente, en varios templos se empezaba a rezar "el quinario" el Lunes Santo. Los caballeros que tenían esa devoción se enclaustraban por tres días en los conventos de San Francisco y La Merced para hacer ejercicios espirituales (el retiro los preparaba mejor para comulgar en "pascua florida"). Por la tarde, los fieles en multitud procesionaban al Señor de La Caridad y a otras imágenes sagradas del Templo de Santa Marta, por las calles de la ciudad. Es de advertir que del Lunes Santo al Día de Gloria de Resurrección se silenciaban todas las campanas, llamándose al culto con matracas; no se tocaba música que no fuese sagrada; no se "levantaba la voz" por ningún motivo; no se permitía a los niños dar risotadas, jugar a la pelota o reñir entre ellos porque las abuelas consideraban que se convertían en "diablos curesmeros" que se "alegraban" del sufrimiento del Señor, o que le pateaban su cabeza o lo mortificaban; muchas familias hacían ayunos voluntarios o se abstenían de comer carnes, reemplazando sus comidas cotidianas por caldillos de huevos o de verduras, ajíes de pan, de lacayote, de calabaza, papa o fideo al horno, cauche de queso, torrejas de diversas verduras.


Por la tarde del Martes Santo se realizaba La Procesión del Encuentro en Yanahuara, en que Jesús en andas portado y acompañado por sólo varones se "encontraba" con la Virgen María y María Magdalena que eran llevadas por todas las mujeres que asistían por otro borde de la Plaza de la Villa. Previo sermón del párroco, las imágenes que estaban colocadas frente a frente, eran levantadas e inclinadas entre sí bajo una lluvia de flores. Luego, fundidos en un solo torrente todos los fieles e imágenes avanzaban hasta repletar la solitaria, como abovedada nave de la Iglesia de San Juan Bautista, conocido popularmente como San Juan Ccalato. Por la noche salía, en la ciudad, de la Iglesia de la Compañía de Jesús, la procesión del Señor cautivo, del Justo Juez y de la Virgen Macarena. Como sucede hasta ahora (aunque antes en mayor número) diversos feligreses acompañaban esta procesión descalzos,, cargando al hombro cruces de madera de tamaño natural y escondiendo su identidad bajo puntiagudas capuchas. Como era de rigor en ésta, como en las otros procesiones, salían por el centro de la calle precediendo a las andas, los integrantes de las hermandades, cofradías y demás organizaciones pías con sus estandartes, escapularios y -otros distintivos; además, claro está, de los que acompañaban en hileras sobre las aceras alumbrando con sus velas y de quienes, en tumulto y confundiéndose con los músicos de la Banda del Ejército, caminaban detrás de la Virgen cerrando la procesión. La Macarena, llorosa y bellísima, era muy visitada durante toda la Semana Santa, preferentemente por mujeres que le rezaban, le contaban sus cuitas y se ponían a llorar con ella.



El Miércoles Santo se sacaba en procesión al Señor de la Sentencia, venerada pintura del templo de la Merced.




Jueves y Viernes Santos no circulaban carretas, birlochas, tranvías "de sangre" (armatostes sobre rieles halados por caballos percherones que hicieron el transporte público en Arequipa, entre 1871 y 1913), ni siquiera jinetes a caballo o burro y, en las calles, se dibujaban las figuras negras de los atribulados viandantes que en las veredas y muros de blancos sillares parecían silentes hileras de hormigas compungidas.

El Jueves Santo, por devoción de unos caballeros se ofrecía un banquete a doce pobres de la ciudad, previamente seleccionados. Los doce pobres eran además obsequiados con ropas nuevas y "una limosna". Luego se los trasladaba a La Catedral donde, previo sermón alusivo, el señor Obispo de rodillas les lavaba los pies, delante de las autoridades políticas, militares, civiles y religiosas y una numerosa grey. Aunque con más sencillez, ceremonias similares de "lavado de pies" se realizaban en San Francisco, la Recoleta y San Antonio de Miraflores. Por la tarde, en todos los templos y capillas de la ciudad se celebraban misas de comunión general. Especial carácter revestía la comunión general en San Francisco y La Merced, donde los primeros en recibir la Sagrada Forma eran los honorables caballeros que salían del enclaustramiento en que habían hecho "ejercicios espirituales" desde el Lunes Santo.

Imagen, Diario El Pueblo 1956


A las seis de la tarde el Prefecto del Departamento, "presidiendo a las Corporaciones" y secundado por una Guardia de Honor comenzaba el recorrido de "las Estaciones". La población, organizada en grupos familiares, de amigos o de vecinos recorría las iglesias y capillas de la ciudad entre el recogimiento de los mayores, las miradas furtivas de los enamorados y el alegre retozo o el cansancio y aburrimiento de los niños. No faltaban algunos penitentes que hacían el recorrido cargando piedras, sillares o cruces de palo. Cada llegada a un templo era acompañada de las exclamaciones de admiración y sorpresa de los caminantes que, desde la puerta principal abierta de par en par-, divisaban el Monumento preparado, según los casos, por las monjas, frailes, legos, cofrades, beatas o sacristanes. Las alegorías escenográficas simbolizaban la institución de la Eucaristía, con imágenes de corderos degollados y sangrantes, cálices, o palomas de blancas plumas o cuadros vivos de la Ultima Cena. Todo profusamente alumbrado y decorado con flores, tules y cortinas. Según su fortaleza y voluntad los fieles, previa promesa o costumbre, recorrían cinco, diez, doce o más estaciones.



Recorte del diario El pueblo de Marzo 1974 


Antes o después de recorrer estaciones, las familias de acuerdo a su tradición particular acostumbraban a servirse las mazamorras. En todas las casas las hacían de tres tipos: la de harina con chancaca, el arroz con leche y la mazamorra morada con frutas secas, estas delicias se acostumbraba a acompañarlas con biscochos de natilla y canela de la celebrada pastelería de "Caga Lucho". La tradición y las buenas maneras hacían que las familias se convidasen entre sí las mazamorras, esperando -con legítimo orgullo- que las propias resultasen más ricas que las demás.


Nota:  Hace ya mucho que las mazamorras son consumidas también en la tarde del viernes Santo en muchas familias arequipeñas 


El Viernes Santo la fuerza de la costumbre imponía no lavarse, ni peinarse, hablar poco y en voz queda. El ayuno era colectivamente acatado y los compungidos pobladores reprendían suavemente a los "ccoros" que no entendían de esas devociones con expresiones como éstas:


-              No peguís al Señor ¡gua!
-              ¿ No podís callarte? estáis gritando al Señor en su agonía.
-              Ya pue, no juguís, ¡hereje!


El Viernes Santo se estilaba conseguir yerbas benditas. En realidad a todas se las consideraba como tales, particularmente a las silvestres. Las gentes se premunían o compraban en la Plazoleta del Mercado hojas o gajos de eucalipto, romero, hinojo, arrayanes, tiquil-tiquil, cardosanto, achicoria, borraja, adormidera, espina 'e'perro, matecllo, malva, ortiga, paico, ruda, saúco, toronjil, sábila  y tantas otras. Conseguían también para procurarse la buena suerte herrajes, guayruros, patas de conejo y frites de exóticos colores, con las ramas más grandes y aromáticas, barrían sus casas, especialmente "las dormidas" (así llamaban a los dormitorios) para alejar las enfermedades y aromatizarlas. Con ese mismo propósito algunos solían encender pequeños braceros en los que quemaban incienso.


Las señoras de campanillas enviaban a los templos sus reclinatorios y alfombras" personales, con sus criadas, para que los ubiquen en los lugares más destacados.


En aquellos tiempos el almuerzo se servía al mediodía, pero el Viernes Santo se lo adelantaba a las once de la mañana. Consistía en un chup 'e 'viernes que ese día tenía su día de gloria, a pesar que generalmente se lo servía todos los viernes del año. El chup 'e 'viernes exhala su sabor característico atemperando la agresividad de las machas frescas o secas, los trozos de pescado y el ají colorado; con la jugosa templanza de la leche* el queso fresco azangareño y una serie de verduras entre las que brillan las habitas tiernas y desnudas. Las familias con mejores posibilidades económicas preferían servirse un chupe de camarón, que con sus impresionantes crustáceos de roja caparazón, sus racimos de cau-cau y su rama de watacay; es también un chup'e'viernes, pero de gran Pontifical.





Antes del mediodía la población acudía a los templos para escuchar el "Sermón de las Tres Horas", dicho por el orador de su preferencia. Con días de anticipación se publicaba en los templos y en los periódicos de la localidad, los nombres de los sacerdotes que predicarían en La Compañía, Santo Domingo, San Francisco, La Merced, Santa Catalina, Santa Teresa, Santa Rosa, San Antonio de Miraflores, Yanahuara, Cayma, Sachaca, Paucarpata, Sabandía y Quequeña. Había "picos de oro" para todos los gustos: gongorinos, reflexivos, dramáticos, truculentos y hasta didácticos. A las doce del día empezaba el Sermón de las Tres Horas y, como todos los años, la población sometía sus oídos y sus conciencias al azote verbal de los predicadores y, cuitados, escuchaban reverberar en las naves, la voz ora centelleante, era reflexiva y ora suplicante de los clérigos. En algunos templos los sacerdotes, asistidos por los sacristanes, y para dar mayor "realismo" a sus "oraciones sagradas" en las que acusaban implacablemente a sus escuchas de provocar con sus pecados los sufrimientos, pasión y muerte de Jesucristo; hacían representar el Gólgota, con el buen y el mal ladrón flanqueando a Cristo Crucificado, quien en el momento preciso expiraba -descolgaba la cabeza, sujeta de un hilo a distancia- . O también al Cristo crucificado comenzaba a manarle "sangre" del costado, por otro mecanismo didáctico e ingenuo. Sermones y representaciones conmovía al auditorio hasta las lágrimas. Después de las tres interminables horas en que los oyentes se evaluaban como receptáculos de Satán, relicarios del pecado e hijos inmerecidos del Patrón de los Ejércitos; salían del templo compungidos, escondiéndose de los demás y de sí mismos y admirando a aquél con que tanta elocuencia y desde el pulpito, les había señalado el íntimo crepitar de sus miserias humanas.


Enseguida, en algunos templos que tenían la imagen adecuada de Cristo (articulada en los hombros), se verificaba la ceremonia del Descendimiento. Un grupo de miembros de la hermandad respectiva, vestidos con túnicas a la romana y premunidos de sábanas y paños blanquísimos, desclavaban brazo por brazo y los pies de una imagen de Cristo Crucificado y, con delicadeza y fervor extremos, lo depositaban en el Santo sepulcro. Entre acto y acto un religioso decía breves sermones alusivos. La Sagrada imagen, antes de ser puesta en la urna, recibía de los feligreses: flores, besos en los pies, rezos y súplicas.

                                   
                                              
                                               Recorte del diario El pueblo de Marzo 1974 



Cuando las sombras de la noche avanzaban y la luna llena empezaba a enviar sus rayos que, esa noche, parecían cubrir con mortaja blanquecina todos los paisajes, en las aldeas rurales de Arequipa salían diversos cortejos fúnebres con el Santo Sepulcro. Paucarpata, Sachaca, Cayma, emulando al Gólgota, sentían el paso fantasmagórico de sus rudos pobladores que, conmovidos por su fe, reverentes la desplegaban por sus callejas campestres.


Pero era en la ciudad, esa noche de Viernes Santo donde se verificaba la más importante y multitudinaria manifestación religiosa de la Semana Santa arequipeña: la procesión del Santo Sepulcro que se venera en la Iglesia de Santo Domingo. Todos los asistentes vestían de luto riguroso. La gran mayoría de hombres con terno y corbata negros. Flanqueaban las calles las largas hileras de titilantes velas, que en Semana Santa eran de un color morado o verde obscuros. Por un lado iban sólo mujeres y, por el otro, sólo varones. Por el centro de la calle avanzaban los clérigos dominicos y los seminaristas. Grupos de jóvenes se turnaban para llevar, a distancias prudenciales, el anda con "los elementos de la pasión; la corona de espinas, el cetro de caña y los clavos de Cristo; el anda de "La Verónica" y la que portaba a San Juan, el discípulo amado de Jesús. Más atrás el "Lignum Crucis" era llevado, bajo de palio, por el Padre Prior de Santo Domingo. Luego, con paso mayestático avanzaba el Obispo que, literalmente, arrastraba el duelo con una capa extensísima y negra, que ayudaban a cargar varios seminaristas a manera de cauda. Escoltaban al Obispo, los deanes del Cabildo Eclesiástico con sus rostros rugosos, expresión solemne y portando grandes ciriales en sus añosas manos. El Prefecto de rigurosa etiqueta, o si era militar con uniforme de gala, llevaba enseguida el Guión al centro "de las Corporaciones": militares con uniforme y entorchados, magistrados con sombreros napoleónicos y levitas; el Alcalde de la ciudad, munícipes, catedráticos, de etiqueta y luciendo en el pecho las cintas y medallas que los identificaba. Enseguida venía, tambaleante, la urna con el Cristo yacente que era cargada por miembros de la Hermandad del Santo Sepulcro de Santo Domingo y que, de trecho en trecho, recibía una "lluvia" de pétalos de flores que le echaban desde balcones y techos.




Detrás de la imagen venerada, una muchedumbre compacta y dolorida avanzaba, entre rezos murmurados y sollozos apenas contenidos; mientras sonaban el jadeo monótono de la matraca y la melodía desgarradora del Miserere cholo que la orquesta y voces de la Sociedad musical de Santa Cecilia interpretaban con fúnebre y sobrecogido acento:




"Señor... ten misericordia de mí, según tus piedades; que, cuánto importan por tuyas ¡Ay! ¡Ay! ¡ayayay, ayayayay! cuanto más tienen de grandes."


Miserere y marcha fúnebre de Moran 






Las hileras de velas titilantes seguían flanqueando el extensísimo cortejo, hasta que venía la Virgen Dolorosa, "lacrimosa", acompañada por la Marcha Fúnebre de Morán que interpretaba la Banda de Músicos del Ejército, y una multitud que se apretujaba como queriendo enjugar con sus rezos y llantos las lágrimas de la Virgen.





Entre los que vivían en el Beaterío, La Antiquilla, la Recoleta y Yanahuara, había la costumbre de regresar de la procesión "de la ciudá" y asistir a la del Santo Sepulcro que salía del Santuario del Señor de la Caña a eso de las once de la noche y se recogía pasada las dos de la madrugada. A la Hora Nona (la primera de la madrugada) del sábado y hasta las cuatro de la mañana aproximadamente, recorría las calles de la ciudad una procesión exclusiva de caballeros llevando en andas a la Virgen Dolorosa (que algunos llamaban la Virgen de la Soledad) del templo de La Merced. La varonil concurrencia se flagelaba así misma, cuando con voz arrepentida cantaba:
"¿Hasta cuándo hijo perdido, hasta cuándo has de pecar? No me seas tan ingrato, guarda, pues, tu iniquidad."
En el momento cumbre del madrugador peregrinaje y luego de haber  rezado un rosario con sus misterios y letanías completos; ofrendaban a la Virgen con el "te aclamamos", bellísimo canto a la Virgen que, con su coro y trece estrofas, constituye un valioso "Stabat Mater" mestizo y popular. Recordemos su coro y dos de sus estrofas:


"Te aclamamos: abogada, Madre amada del Señor."
"Blanco lirio de belleza; de pureza sin igual; que perfuma con su esencia la existencia del mortal."
"Te aclamamos: abogada, Madre amada del Señor."
Contemplando, Madre mía, la agonía, la pasión; se agobiaba tristemente tu doliente corazón."

En la primera mitad del siglo XX se conmemoraba la resurrección de Jesucristo el Sábado de Gloria. A las nueve de la mañana se celebraba misa en todos los templos y, en el momento del Gloria, simbolizando la resurrección, se soltaba en el altar mayor una paloma blanca que emprendía vuelo. Acto seguido lanzaban sus alegres tañidos todas las campanas de la ciudad que por varios días estuvieron silentes; repiqueteaban los cohetillos chinos en todas las calles; tronaban los cohetes y petardos de las troyas extendidas en las inmediaciones de las iglesias expulsando su fragancia de pólvora quemada; las gentes se abrazaban de contento; las bandas de música trompeteaban la Marcha de Banderas mientras se izaban las banderas que estuvieron a media asta en todos los edificios públicos. Después de la Misa de Resurrección se reabrían todos "los comercios" que permanecieron cerrados desde el Miércoles Santo por la noche. Y, con alegría, el pueblo retornaba a la normalidad.



En la noche del Sábado de Gloria "era la cosa". Los jóvenes preferían asistir a los "bailes de Pascua", que empezaban muy tarde "para quedarse hasta la amanecida". Los mayores, en cambio, tenían por predilección reunirse en verdaderos clanes familiares en la casa de la pareja a la que "tocaba el turno", Algunas familias tenían por costumbre reunirse en esta fecha en la casa del patriarca de la familia o, en su ausencia, de la matrona (en realidad uno u otra eran más mencionados como los "troncos" de la familia). Los "troncos" con todas sus "ramas" se amanecían conversando, cantando, bebiendo, riendo, bailando y, aunque en nuestros agitados días nos parezca poco práctico, cocinando el "Caldo de Pascua". No sé si la anónima matrona que bautizó como "caldo" a la más suculenta y exuberante manifestación de la culinaria arequipeña, estaba "chispeadita" o nos "quiso tomar el pelo". Por qué algo así tuvo que ocurrir para llamar "caldo" a este menjunje pascual, sápido por cuádruple partida, como que tiene que llevar cuatro carnes en abundancia: cordero, vaca, cecina (con una lengua por comensal, por lo menos) y gallina (de las de aontes, criadas en casa o chacra con maíz chanca-chanca y verduras picadas; de padres, esposo e hijos conocidos; y que por llevar una vida natural y feliz, botaban una sustancia como "para chuparse los dedos". A propósito de las gallinas para el Caldo de Pascua, era también una tradición festejar el considerar más rica a la gallina robada, por lo que, esa noche, los maltones de algunos clanes familiares, se encargaban de "cumplir" el cometido; y en todas las casas que tenían gallinas se redoblaba los cuidados de los gallineros). Además de las cuatro carnes, el "caldo" de Pascua tiene que llevar: yucas, papas, chuños blancos, racachas (por algunos llamadas "aracachas"), garbanzos, apio, nabo, ajos, un poco de arroz y hasta cebollas tiernas y rocotos o ajíes verdes cortados en "cuadraditos" para coronar, al momento de servir, el rebalsante plato. Para concluir diremos que los arequipeños de aontes, con la abstinencia, ayunos y penitencias mil a que se sometían en el curso de la Semana Santa, tenían el derecho a ganarse el cielo y, de paso, ganaban el derecho a "resucitar" con tan poderoso Caldo de Pascua.


Esa madrugada se iniciaba el rito familiar de cocinar el caldo de Pascua, cuando se mandaba a los ccoros del clan a preparar con sillares o piedras y a prender un fogón con leña en el jardín, la huerta o el "patio 'e tierra" caseros. Simultáneamente las señoras se dedicaban a trozar las carnes, pelar las papas, yucas, racachas y, en fin, a preparar el famoso caldo, entre alegres conversaciones y con el aliento de los brindis espirituosos de los caballeros. A eso de las tres y media de la madrugada y después de haber colado el caldo ante la expectativa del clan, ponían las inmensas como pesadas ollas de fierro de nuevo en el fogón y las dejaban al cuidado de la empleada doméstica hasta que el caldo "Tome punto". Entonces partían todos a la Misa de Pascua que se iniciaba a las cuatro de la madrugada. En todos los templos se realizaba esta misa madrugadora, en la que confluían los tres grupos en que se dividía la población de Arequipa esa noche: los jóvenes que se recogían de los bailes, los clanes familiares que habían pasado en vela y juerga preparando el "caldo 'e pascua" y, los que preferían pasarla dormidos porque en sus clanes familiares se acostumbraba hacer el Caldo de Pascua para el almuerzo.


Los tres templos más concurridos para la primera Misa de Pascua eran los de La Merced, Yanahuara y Cayma, por las "consecuencias" que seguían a las misas en estos lugares y que en seguida les refiero. Concluida la celebración eucarística, salían los feligreses del templo dándose de abrazos y deseándose "felices pascuas", en medio de una alegría generalizada. Enseguida salía en procesión la Virgen María que, acompañada por mujeres, tomaba un lado de la plaza. Luego avanzaba la Sagrada Forma al centro de una custodia preciosa, llevada por el sacerdote que había celebrado la misa, bajo palio y acompañada por los caballeros y entre fragancia de incienso, tomaba el otro lado de la plaza. Avanzaban por el perímetro de la plaza las dos procesiones hasta quedar frente a frente. Ahí el sacerdote levantaba la custodia lo más alto que podía y los del anda de la Virgen la inclinaban, de tal suerte que parecía que María se aproximaba a abrazar a su hijo resucitado, mientras repicaban las campanas y los cristianos se santiguaban. Convertida en una sola procesión, el gentío avanzaba triunfante hasta que la Virgen y Cristo transubstanciado entraban a la iglesia.
Después, a golpe de bombo se callaban los presentes, y empezaba la desgañitada lectura del "Testamento de Judas".





La concurrencia ora silenciosa, ora carcajeándose, escuchaba una retahila de tomaduras de pelo a los más característicos y populares vecinos y festejaba -como si fueran propias- las "ocurrencias" y críticas sarcásticas que hacía a las autoridades del poblado el vecino y anónimo escriba que se escudaba en "Judas". Terminado el Testamento (que en la ciudad se realizaba en el barrio popular de "Las Siete Esquinas"), se procedía a quemar a Judas, representado por un aparato pirotécnico al que, por supuesto, no le faltaba ni la bolsa de las monedas de la traición. Como fin de ese largo amanecer, unos se metían a las chinganas de las inmediaciones para gratificarse con los consabidos Caldo de Pascua y adobo y, la mayoría volvía a sus casas donde ya tenían preparado ese caldo de los manjares o, donde, lo prepararían para el mediodía. Para los habitantes del extremo oriental de la campiña era de rigor el Domingo de Pascua, comer el caldo, holgar y espectar las peleas de toros en la bucólica Sabandía.





                                               Recorte del diario El pueblo de Marzo 1974 



Cuando hace más de cuarenta años la autoridad eclesiástica dispuso conmemorar la resurrección el domingo y no el sábado, convirtió al Sábado de Gloria en Sábado Santo, en el que, desde entonces, se realizan procesiones de la Virgen en diversos lugares, siendo la más concurrida la de la Virgen de las Angustias que sale de la Iglesia de San Francisco. En los últimos lustros se está implantando la tradición de representar, "en vivo" o sea personalmente, la pasión y muerte de Jesucristo en el distrito de Paucarpata, el día de Viernes Santo y ante concurrencia multitudinaria. Igualmente, en el último medio siglo y de acuerdo al explosivo crecimiento poblacional de Arequipa, se vienen multiplicando los lugares en que se realizan las procesiones y las quemas de Judas. Ello demuestra que las tradiciones de la Semana Santa arequipeña perviven aunque -obviamente- sin el rigor e intensidad de antaño.

Nota: antaño los cines  principales de la ciudad ofrecían en su cartelera películas  sobre los pasajes de la biblia y la vida  de Jesús.



Notas: familias antiguas del barrio de San Lázaro
Fuente: Arequipa sus tradiciones y comidas típicas
Juan Guillermo Carpio Muñoz




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