.
.

La lucha de Don Cipriano


Entre las más famosas pastelerías y panaderías arequipeñas de antaño, hay algunas que han sobrevivido a la prueba del tiempo, atrás quedarón los antiguos "amasijos" en donde nuestros abuelos compraban el rico pan de cada día, elaborado en hornos a base de "ccapo"y donde se veían aún los "balayes"(canastos grandes) repletos , hoy  reemplazados por modernos supermercados y panificadoras, sin embargo encontramos  vivo el recuerdo en  La Lucha, antigua panadería y pastelería que tuvo un singular nombre popular, "El cagalucho" para unos y "La cagalucha" para otros, pero este  nombre con el que la población llamaba con cariño a la mencionada panadería tiene  su historia, no por algo ya lleva entre nosotros más de un siglo, pues bien existen dos versiones acerca del singular nombre, una a manera de anecdota contada por el doctor Juan Guillermo Carpio Muñoz, en su importante obra, diccionario de arequipeñismos  y otra escrita en un artículo  acerca de los personajes folckloricos de antaño del tribuno Francisco Mostajo Miranda, que las pasamos a transcribir con el fin de conocer un poquito más acerca de la historia popular de nuestra querida ciudad. 

Arequipa tuvo importantes "amasijos" y pastelerías, entre las más antiguos esta la del Piqueso, célebre pastelero que inclusive le dió nombre una de las antiguas cuadras que formaban la calle Tristán, otra fue la de la Monja,  la de las Potosinas,   y La Lucha, entre las más recordadas que se iniciarón en el pasado siglo XIX, siendo "La Lucha" la que ha llegado a estar  presente en el siglo XXI tal vez no con la familia del fundador o fundadora original pero si manteniendo la tradición y conservando el antiguo legado de los amasijos de antaño, convirtiéndose en un simbolo y tradición arequipeña.
Don Cipriano Vilca Gutiérrez 


La Lucha y el Lucho 

A "La Monja" le sucedió "La Lucha", forma familiar del nombre Luisa y uno de los elementos del apodo anecdótico. Cuentan que su Padre confesor la sorprendió en una ocupación personalísima y que, al notar gran confusión, la tranquilizó, palmeándole el hombro y diciéndole: "¡cata", Luchita, cata Luchita! Pues la tal alocucioncilla, sin diminutivo, quedó convertida en sobrenombre en labios del pueblo, que lo repetía sin eufemismo alguno, pero formando una sola palabra: "La Cata lucha". Se extendió a la familia y se trasmitió por herencia. Inclusive a los sirvientes. Una de estas fue la que heredó la dulcería, ubicada donde hasta hoy se encuentra, segunda cuadra de Rivero, antes de Guañamarca.

La primitiva dueña, la del apodo, tenía, además, en la esquina, un establecimiento de velería. No se expendía en él sino velas de sebo, que se ostentaban colgadas en sartas cónicas, unidas por la mecha del pabilo. Las había de mitad, de cuartillo y de a medio, además de velones de a real. Cada sarta con el "vendaje" de costumbre. La visión del establecimiento era pues ¡blanca! por ambas puertas, la de San José .Pero volvamos a la dulcería. Cuando murió la verdadera Lucha llegó un cholito de Paucarcolla que rápidamente se convirtió en un experto en dulcería. Pronto fue pues el eje del negocio y la vieja sirvienta, Lucha II, triplicó y cuadruplicó las ganancias, al mismo tiempo que le tomaba cariño a un muchacho para cuyos engreimientos eran todas aquéllas.

El cholito de Paucarcolla, que se llamaba José Cipriano Vilca, trabajaba y trabajaba los mejores dulces de la ciudad, siempre como doméstico, sin ganar salario "lo comido por lo servido", como se decía y gracias a él crecía el crédito del establecimiento y su fama volaba por doquier. No faltó un comedido justiciero que le abrió los ojos sobre sus derechos de obrero y entonces nos lo recomendó como cliente de nuestro estudio de abogado. Como era de esperarse, pronto sobrevino la transacción y en ella José Cipriano quedó con la dulcería, incluso la casita que le servía de local. Y comenzó a trabajar para sí y a caerle el sudor de la frente, convertido en monedas. Ya los tiempos eran de mayor cultura, aunque menor ética y entonces el apodo se simplificó reduciéndose a su segundo componente y masculinizándose, porque ya lo portaba un varón. Se convirtió en "El Lucho" sin que importase que José Cipriano nada tuviera de Luis, y el establecimiento tuvo el rótulo: "Dulcería el Sol".

Pero la gente no se dio por enterada de éste. Siguió y seguirá diciendo "donde Lucho" o "los dulces de Lucho". Son los mejores de la ciudad y nadie los ha podido igualar. Se exportan a Lima, a la Sierra y a La Paz, por los particulares que los compran con objeto de enviarles como obsequio. En cuanto a Vilca -a "El Lucho"- él no entiende de exportación ni siquiera de sucursal en la Plaza de Armas, para obtener hiper ganancias. Le basta trabajar sus dulces para que se expendan en su establecimiento reducido como cuartucho, de tres a seis de la tarde, con cálculo tan exacto que quien acudía a las siete de la noche ya no encuentra ni migajas. Así es de rápido e intenso el consumo y no hay quien lo saque de ahí á "El Lucho".

"Su dulcería es un banco" todos. Y en verdad gana el dinero que quiere, pero con la diferencia de que no se da cuenta de lo que gana. Guarda las monedas en ollitas, tachitos, cajitas, esparcidos aquí y allá, al extremo que últimamente le robaron y no sabía cuánto le habían robado, calculando la policía que era 15,000 a 20,000 soles. ¡Quizá! Los números para él no le hacen falta. Cuando nos otorgó poder sería un hombre de unos 30 a 40 años y nos dijo que tenía 80 años. Entonces le fijamos esa edad, enseñándole que en cada año aumentase uno. No sabemos si así lo haya hecho o ahora tenga cien, según su cálculo allá se te lo haya. Y por razón de subsistencia también le han cargado los números (S/. 3,000 de multa), sin oírle que harina y azúcar y mano de obra han subido y que por artículo de primera necesidad sólo se había impuesto cien ó doscientos ó tres cientos. Y el "Lucho" consignó la multa como si consignaran un cheque circular de cinco soles. Por tener pulpa en qué cortar, la equidad no reza con él.

El "Lucho" ha alcanzado a imperar en dos épocas: la de la bienandanza y la de escasez. En aquélla, los dulces que elaboraba eran de tamaño y de la exquisitez tradicionales. Y el precio sufragable hasta por el bolsillo del chicuelo y el sirviente. En ésta lo son de las dimensiones de la "yapa", de exquisitez disminuida y a un precio el triple de antes. ¡Ay! Lucho, hasta tú te has vuelto "misquirichi". Te has desvirtuado hasta cierto punto. Pero siempre eres el mejor dulce de la localidad, y bueno y generoso... cuando te golpean el codo. Verdad que agricultores, ganaderos, azucareros, harineros y todos se han echado a apretar el torniquete de la explotación hasta donde no lo hizo apretar a "Torquemada", antecesor de tus comensales más mimados.

Pero "El Lucho" tiene otra gracia, en la que tampoco le va en zaga a nadie, es un espléndido guisador de platos criollos. Por lo menos todos los domingos y jueves tiene mesa de "Estado" de la cual son comensales infaltables los domingos y especialmente las personas de su estima y "arbitrariamente" algunos convenenciosos que la comen a dos carrillos. Cuando quiera saborearse una papa a la huancaína buena, o un pato con arroz magnífico, o unos conejos "chactados" como el criollismo manda, hay que darse cabe para concurrir a la mesa de Estado de José Cipriano Vilca (o) "El Lucho". Tal es este tipo de la industria y el folklore arequipeño, que tiene algo de Sancho en la estampa, pero de buena talla, y con una cara que parece torva, pero que oculta un corazón de bizcocho. Cuando vayáis a Arequipa, os lo ponderarán y lo buscaréis:

"Catalucha, Catalucha", 
es apodo nada grato: 
el de "Lucho" si es decente, 
aunque San Luis bese al diablo.


Fuente: Antología de la Obra de Francisco Mostajo, Eusebio Quiroz Paz Soldán.


Nota: Francisco Mostajo coloca "Catalucha" en lugar de "Cagalucha" que es con lo que se popularizó el nombre.

Publicidad de la antigua Pastelería El Sol de don Cipriano Vilca, en 1940, cuando está cumplio sus 48 años de ser fundada.



Cagalucho jocosa anécdota

Una de las más antiguas y famosas pastelerías de Arequipa. Se dice que el Sr. José Cipriano Vilca Gutierréz que  la fundó (hace más de un siglo), tenía un nietecito a quien llamaban Lucho y que el memorable pastelero lo sentaba en una bacinica al pie de su mostrador , y que mientras él atendía a su clientela le decia "caga Lucho, caga Lucho" y así todos llamarón a la pastelería "El cagalucho" luego para no herir oídos , simplificarón a "La Lucha". 

Allá por los años sesenta del siglo XX tuvo su local el partido aprista al lado de "La Lucha" y como el líder del Apra: Víctor Raúl Haya de la Torre tuvo más de conciliador que d eluchador le sacaron que un día en su local vecino al terminar un encendido discurso dijo a sus partidarios : "¡Compañeros : a la lucha!"  y todos se fueron a la pastelería.


Los más célebres especímenes de la pastelería arequipeña tradicional han sido producidos en el siglo XX y se producen hasta la fecha en el "Cagalucho", la Lucha , o en los recientes lustros: Pastelería el Sol: las guaguas  de bizcocho y con careta de yeso, los alfajorcillos, "las empanadas del paso", las roscas de yema, las galletas de maní ,los bizcochos de canela y de natilla, los panetones arequipeños con bolas relucientes, que algunos llaman tetas (de natilla) y planos (de canela ), etc.

Fuente: diccionario de Arequipeñismos: Juan Guillermo Carpio Muñoz.


Nota: Las empanadas del Paso, se consumen en las procesiones de los Santos: Santo Domingo y San Francisco , Vea: aquí





Doña Hortensia y Don Cipriano

Todo empezó en el mes de noviembre de 1947, literalmente como jugando. Ella una menor de tan solo 9 años, única niña en su hogar, pues sus hermanos eran todos varones. No tenía caretas para jugar y se animó a hacer con mano propia sus diseños, esos que hoy son su orgullo y cada noviembre llegan a miles de hogares arequipeños. 

Los niños la retaban. “Juegas si tienes caretas, sino no”, le gritaban y Hortensia Alvarez, no sabía qué hacer. Su papá realizaba trabajos con yeso y entonces la curiosidad la llevó a descubrir un mundo del que no se apartaría jamás, el más querido hasta nuestros días.

Recuerda claramente ese día. Puso un poco de yeso en su mano, le echo agua y lo empezó a moldear. No tenía punzones, pero sí mucha creatividad. En ese tiempo no disponía de pintura vegetal, como hoy si tiene y muestra en su taller de producción, su pequeño patio. Entonces no dudó en ingresar a su cuarto y sacar un poco de acuarelas, esas que sus padres le compraban como parte de sus útiles escolares. Así les dio una lección a sus hermanos y descubrió su talento de vida. Aunque sus caretas no tenías ni ojos ni boca, eran muy artesanales.

Hortensia un día se paseaba por las calles cercanas a su barrio y un panadero la encontró en la tienda. Ella orgullosa de sus caritas de yeso y el panadero un curioso hombre que admiró el trabajo de esa niña. “Yo tenía varias caritas en una bolsa de papel de azúcar y el panadero me dijo donde las compraste y le respondí las hice yo misma. No quieres vendérmelas, yo te las compro me dijo”, asevera esta mujer próxima a cumplir 76 años, de ellos al menos 66 dedicados al trabajo de dar rostro a las guaguas de pan.

Pero sí las cosas hubieran sido planificadas, aunque esta artesana prefiere decir que fue de Dios. El panadero que le ofreció comprar las caretas fue Cipriano Vilca Gutiérrez, quien incursiono en el arte de la pastelería y dulcería. Fue este hombre quien dio forma al pan que hoy conocemos como guaguas y están presentes en las mesas reuniendo a familias a su alrededor.

Vilca Gutiérrez fue quien puso su panadería denominada inicialmente como “El Sol”, negocios que hoy sobrevive con el nombre “La Lucha”, reconocida por sus bizcochos dulces en forma de guaguas. Desde entonces Hortensia y don Cipriano fueron una dupla trabajadora a la que hoy podríamos decir tradicional.

A los 10 años Hortensia incursionó en este negocio. Aceptó vender caritas hechas en yeso y pintadas con acuarelas. Con los rostros más pequeñitos, pues eran los solicitados por los años 50 en la ciudad. Un día su progenitor la descubrió haciendo sus obras de artes, pero no la regañó, por el contrario, este decidió fabricarle moldes que dibujaban el rostro de un bebe. Por iniciativa de Cipriano Vilca accedió a pinturas vegetales para estilizar su trabajo y así sus diseños mejoraron considerablemente.

Sus inicios fueron tan buenos que rápidamente esta mujer se abrió las puertas de las panaderías y pastelerías más importantes de nuestra ciudad,  como “Las Américas”, “Astoria”, “Fanor”, “Don José” y desde siempre y hasta ahora de “La Lucha”.


Fuente: Parte del artículo del 1ro de diciembre de 2014 en el diario el Pueblo, titulado "Caretas de guaguas las hace mujer de 76 años"



               Ángel Miranda actual encargado de la pastelería "La Lucha"


Powered by emaze
Diccionario de Arequipeñismos: Juan Guillermo Carpio Muñoz

No hay comentarios :

Publicar un comentario