.

La Cárcel del Siglo XX



Es importante conocer los escenarios que antecedieron al edificio de la “Cárcel Central de sur “para poder comprender lo que tuvo que pasar la ciudad de Arequipa en el transcurso de su paso desde la colonia a la República. 

“En la ciudad de Arequipa durante la colonia después de su fundación, se construyeron en la plaza principal los edificios más importantes de la ciudad: La Catedral, sede del poder eclesiástico; el Cabildo, centro del poder civil y la Real Cárcel, símbolo de la justicia del hombre. Por mucho tiempo la Real cárcel de la ciudad se ubicó a un costado del Cabildo, en el portal de la Municipalidad. Hacia fines del siglo XVIII, luego de muchas reconstrucciones realizadas, como consecuencia de los numerosos terremotos que asolaron la región, la Real Cárcel se hallaba constituida por seis calabozos, dos patios interiores, un cuarto para el carcelero, una celda subterránea destinada a los presos de alta peligrosidad y una capilla, para la administración de la liturgia. A principios del siglo XIX, la cárcel de Arequipa llegó a alcanzar su mayor aforo, albergando cerca de 70 presos, entre algunos locales y muchos “de aquellos que venían de La Paz y Cochabamba”.

 Siendo los encargados de su administración, el Diputado de Cárcel, el Alcaide y un Carcelero, quien dormía dentro del presidio sin ningún tipo de resguardo policial; y solo a fines del periodo colonial recibieron el “alivio de una guardia de soldados”, manifestaba un funcionario”. (La Real Cárcel de Arequipa a fines de la Colonia: 1780-1824, Víctor Condori Historiador).


 Pasada la guerra del pacífico la necesidad de contar con un recinto que albergara una mayor cantidad de presos hizo que las autoridades se preocuparan en contar con un penal lo suficientemente grande, y entrando al siglo XX entre junio y julio de 1905. El alcalde Juan de Aragón en su memoria municipal dijo al respecto lo siguiente: “Muy grata fue para Arequipa la permanencia de S.E. el jefe de estado en esta ciudad, y lo acreditan las manifestaciones de regocijo con que fue recibido y agasajado, por las instituciones públicas, por las particulares y por todo el pueblo”.


Su visita a la ciudad sirvió para inaugurar dos obras importantes para la ciudad como son: El hospital Goyeneche y la Cárcel Central, cuyos trabajos debían empezar por aquellos años. Arequipa se preparaba para entrar a un nuevo siglo y la construcción de estas obras le permitiría avanzar y afrontar un nuevo rol como una de las ciudades más importantes del sur del país, por lo que El hospital Goyeneche entró en funcionamiento en 1912 y reemplazo al antiguo Hospital de San Juan de Dios.

La Cárcel Central del Sur, fue un importante proyecto de reforma penitenciaria que fue inaugurado personalmente por el presidente Pardo el 1ro de julio de 1905, culminando las obras de la Cárcel ubicada entonces detrás del antiguo fuerte de Santa Marta en 1922 y en donde también colindaba con el canchón que sirviera de cancha de fútbol, llamado el canchón de Santa Marta, pero recién hacia la década de 1940 entró en funcionamiento. Mientras tanto, la cárcel quedo en la plazoleta 28 de febrero hoy plaza san Francisco, en el actual local del Fundo el Fierro. 

 La “Cárcel Central del Sur”, es una réplica a la hecha en Lima y demolida en 1964.


 Acta de la implantación de la primera piedra de la Cárcel Central del Sur.

"En Arequipa, el primer día del mes de Julio de mil novecientos cinco. Reunidos en la avenida siglo XX el Excelentísimo señor presidente de la República doctor José pardo y Barreda, el señor ministro de Justicia doctor Jorge Polar, el señor Prefecto del Departamento señor Fernando G. Alvízurí, el señor Presidente de la Iltma Corte Superior de Justicia doctor José Manuel Suarez, y los demás miembros del poder judicial que suscriben; El alcalde del H. Concejo Provincial , Señor Emilio Benavides ; Director de Beneficencia señor Guillermo Morrisón; los señores miembros del H. Concejo y Sociedad de Beneficencia que suscriben, gran número de vecinos notables y un considerable concurso del pueblo ; se procedió a colocar la primera piedra de la Cárcel Central del Sur, cuya construcción ha sido ordenada por decreto del 13 de junio próximo pasado, que dice: 

Apareciendo de este expediente que están presentados los planos para la construcción de una cárcel en la ciudad de Arequipa con arreglo a las instituciones del Ministerio del Ramo y de la Corte Superior de este Distrito Judicial; que también está presentado el presupuesto de los gastos que exigía la obra que se trata. Vista la ley de 29 de marzo de 1872 que dispone haya cárceles centrales, una en el Norte, otra en el Centro y otra en el Sur de la República. Se resuelve:

1ro. Llévese adelantada la construcción de la Cárcel Central del Sur, que se radicará en Arequipa. 

2do. Para la iniciación de los trabajos se tomarán mil libras oro de partida Nro 4,256 A. del presupuesto general vigente. 

3ro. La Ejecución de la obra se hará bajo la administración e inspección del Fiscal de la corte Superior de Arequipa doctor Víctor N. Morales.

 __Rúbrica__ de S.E: _Polar__ 

Leído el decreto anterior, el señor Ministro de justicia doctor Polar, pronunció un discurso apropiado al acto haciendo entrega de la obra el doctor Víctor N. Morales encargado de su ejecución, contestando este en otro discurso y ofreciendo cumplir la comisión con que ha sido honrado por el Supremo Gobierno. 

El Excelentísimo Presidente doctor José Pardo, coloco enseguida la primera piedra, y manifestando su complacencia al inaugurarse la obra de la “Cárcel Central del Sur”, que ha permanecido en proyecto desde el año 1872 y que en su gobierno le ha tocado la gloria de llevar a cabo. 

Terminada la colocación de la primera piedra se acordó que está acta firmada por las personas que han concurrido a la ceremonia y encerrada en una caja de metal se deposite en el centro de la primera piedra del edificio que se ha preparado al efecto, a fin de que quede constancia de este acto y las generaciones venideras puedan conocer por este documento la fecha y circunstancias de la inauguración de la Cárcel Central del Sur, teniendo noticia de que ella ha sido decretada por el Gobierno del Excelentísimo señor doctor José Pardo, quien coloca y apadrina su primera piedra. Con lo que concluyó el acto de que doy fe y firmaron. (Diario el Deber 3 de julio de 1905, página 2) 



En la revista “Variedades” Nº 4, de Lima, 28 de marzo de 1908, página 147, con el título de “Cárcel central en Arequipa”, se ofrece valiosa información referente a la construcción de esa importante obra arquitectónica. En la nota mencionada que apareciera en esa revista, dirigida por don Clemente Palma, de aguda pluma y liberal a ultranza, como hijo que era del gran Tradicionista, se informa a los lectores limeños que “Entre las pocas construcciones modernas que comienzan a transformar y embellecer la hermosa ciudad del Misti, destácanse en primer lugar el ‘Hospital Goyeneche’ que se construye con fondos legados por el obispo que lleva su nombre y la Cárcel Central del Sur.” También señalan que “Presentamos a nuestros lectores dos grabados de esta última que permiten darse una idea de la citada obra”. 



Una de las fotografías reproduce la maqueta de la hermosísima fachada principal de la cárcel, y la otra, con una leyenda sugestiva: “Lugar de Arequipa en que se está edificando la cárcel”. 


En esta última se puede apreciar el avance de las obras, ya que estaban colocadas las dos primeras filas de sillar labrado. Llama la atención el paisaje rural que rodea la construcción, en donde unos años más tarde se levantarían los palacetes de la avenida Goyeneche, notable “boulevard” arequipeño que debería ser conservado en su integridad. 





 En esta publicación que reseña la obra de la cárcel se afirma también que “Su construcción fue decretada por el Congreso para el servicio de los departamentos de Arequipa, Puno, Cuzco, Apurímac, Moquegua y Tacna”. Informaban también que “El proyecto es obra del ingeniero Julio Andrés Arce”, con el apoyo del ingeniero Oscar López Aliaga. Y describen minuciosamente el edificio en construcción: “Lo componen edificios radiales con un observatorio central al que están unidas todas las dependencias. Tiene dos pisos, 500 celdas, talleres, salas de instrucción, capilla, etc., etc.” Indican a los lectores, además, que “La fachada es de 130 metros de largo y el fondo de 94. Está completamente aislado por calles en cada uno de sus cuatro costados”. 

 Este dato es muy importante, ya que demuestra que el edificio fue totalmente independiente y aislado por cuatro calles. Por ello llama la atención que en la parte posterior hayan cubierto las bellas murallas almenadas con edificios modernos adosados a éstas, y que el Palacio de Justicia, que da a la plazoleta de Santa Marta, cubra otro tramo de las murallas.” (Publicado en “Arequipa al Día”, Arequipa, domingo 9 de julio de 2006, páginas 1, 3). 


Fotografía : Diario el Deber, 1910 


Fotografía, en www.skyscrapercity.com thread Arequipa un Siglo de luz

La Cárcel Central del sur paso a ser luego el Cras de siglo XX .En la esquina que da a las calles Santa Rosa y Corbacho, en la esquina este del edificio, fue fusilado Víctor Apaza Quispe de cuatro balazos , la única víctima de la pena de muerte con que entonces, setiembre de 1971, se castigaba a los criminales, en el gobierno militar de Juan Velazco Alvarado.

 Al pie de este torreón el reo fue fusilado.

   “A cinco días del fusilamiento de Apaza Quispe (con sentencia cuestionada), el presidente del Perú, general Juan Velasco Alvarado, abolió la pena de muerte en el país”. 

Aquella fecha el diario Correo Arequipa reprodujo los últimos ruegos de Apaza por defender su vida: “No he mentido. No he engañado. ¿Por qué me matan ahora (…)? Yo nunca negué mi delito, dije la verdad”. 

Apaza fue fusilado en el año 1971 al ser hallado culpable del asesinato de su esposa Agustina Belisario, tras un juicio que se prolongó por dos años y fue seguido por la población, que hasta el momento cree que fue inocente.

 Actualmente es considerado una especie de santo popular y su tumba en el cementerio General de la Apacheta es bastante concurrida. Allí también eran depositados, cada vez que se le ocurría que era tiempo de inventar un complot contra la estabilidad de su gobierno, numerosos presos políticos de la época del dictador Manuel Odría en la década de los años 50 del siglo pasado, víctimas de la ley de seguridad interior de la república que se dio entonces. 

 Algunos se quedaban meses o años en las celdas de Siglo XX, según el nivel político, intelectual o sindical del detenido, y otros solo estaban de paso por allí, porque su destino era Lima, la Penitenciaría o Panóptico en cuyo terreno se levanta hoy el hotel Sheraton, el Sexto o el Frontón. Sin duda, y si se hace abstracción de los sufrimientos que miles de seres humanos, con justicia o sin ella, padecieron entre los altos y ciclópeos muros de la cárcel de Siglo XX, el bello edificio es una joya arquitectónica que ha sabido sobrevivir al tiempo y a la indiferencia”.( César Coloma Porcari) 


En junio de 1987, en la quebrada la Chucca en el distrito de Socabaya se inauguró el Establecimiento Penitenciario de Arequipa dejando de ser Siglo XX la cárcel oficial de la ciudad.

 En la década de los 80 en el gobierno municipal de Luis Cáceres Velasquez, al desalojar a los ambulantes del parque Duahamel y alrededores del Mercado San Camilo, los traslado a la ya ex Cárcel de Siglo XX . En los noventas, Mediante Ley N ° 25337 de fecha 03 de septiembre de 1991 se adjudicó en Propiedad a la Municipalidad Provincial de Arequipa el terreno y construcción que conformaba el Ex. - Cras del siglo XX, actual local donde viene funcionando la Sede Regional de la Dirección Regional Sur – INPE y los depósitos de la Municipalidad Provincial de Arequipa.

 El terremoto del 2001 dañó de gravedad los torreones del ex Cras, felizmente reconstruidos en el año 2015. La importancia que tiene conservar una importante construcción , como lo es el Ex Cras de siglo XX, constituye un reto que se debería tomar ya que es una parte importante de la arquitectura local de comienzos del siglo XX y que junto con el hospital Goyeneche y la propia calle siglo XX son un legado irremplazable, ojalas se hubiese conservado también las casonas de la época , una verdadera lástima ya que hubiesen promovido el turismo a la ciudad , se debería de mejorar la zona construyendo mejores recintos para los mercadillos circundantes y colocando los arboles característicos con los que la avenida se inauguró, el ordenamiento de la zona constituye un reto , que a estas alturas y teniendo como visión proyectarse al 5to centenario de la ciudad se debería hacer con responsabilidad.

Referencias:

1. https://sites.google.com/site/sillardearequipa/la-antigua-carcel-de-arequipa-el-unico-castillo-de-piedra-del-peru

2.       http://naufragoaqp.blogspot.pe/2009/05/la-real-carcel-de-arequipa-fines-de-la.html

3.      http://edgarchalcop.blogspot.pe/2011/11/victor-apaza-quispe-alma-mundo-del.html

Los Faites



Muchas son las tradiciones que la tierra del Misti nos puede ofrecer , pasando por las históricas, religiosas, culinarias, culturales y sociales, de está ultima algunas se han perdido en el olvido, y algunas se resisten a desaparecer, revisando la singular obra del doctor Juan Guillermo Carpio Muñoz sobre los arequipeñismos, nos encontramos con que, mucho del hablar mistiano ha cambiado considerablemente quizás algunos arequipeñismos de antaño hoy sean solo parte del recuerdo colectivo y otros que si bien subsisten han cambiado en su definición, justamente en el presente artículo presentamos y volvemos a revalorar arequipeñismos aparentemente olvidados en forma y significado, a fines de los años setenta se escribió una obra que recoge mucho de las tradiciones de antaño , está obra se titula "La Faz oculta de Arequipa" año de 1965, de Antero Peralta Vásquez en la cual describe y expone los cambios suscitados en la tierra del Misti en el Siglo XX, recogemos en este articulo en especial, esta parte.

  Los Faites 

"En las primeras décadas de este siglo Arequipa ya tenía sus rebeldes sin causa. Sólo que los "rockanroleros" de entonces no eran hijos de familia, irresponsables, mozalbetes engreídos de la "high life", sino mozos y hasta hombres maduros de la clase trabajadora; camorristas de oficio, supervivientes deslavados—a mi modo de ver— de los montoneros, es decir, de los guerrilleros mistianos de ayer. Se llamaban a sí mismo "faites" o "trejos" y se asociaban en "pandillas", "pandillas de palomillas", como las denominaban otras gentes. Cada barrio de la ciudad tenía su pandilla, enemiga jurada de las demás pandillas. Los "faites" señoreaban las calles sobre todo de noche, luego de escucharse el Angelus, teniendo por cuarteles ocasionales las esquinas principales de sus respectivas jurisdicciones. Cada grupo tenía su jefe, su santo y seña y su razón social, esto es, su mote: "Los Saca Chispas", "Los Chinchuchos", "Los Sapos Verdes", "Los Cachirulos", "Los Artilleros" y otros apodos que, por lo indecentes, no los consignamos. Cada pandilla era un ejército irregular de "trompeadores" sujeta a ciertas normas originales de rígida disciplina.

 La de probar la hombría, por ejemplo, comiéndose un rocoto sin decir ¡Ahu!. Para estar en forma, los "faites", se entrenaban trompeándose a diario entre "cumpas". No "de a de mentiras, sino golpeándose a todo forro". El "cachimbo", para ganar méritos, tenía que comenzar el "training" peleando con otros novatos o mansos de la partida. Y, para ir acumulando créditos, con cotejas de mediano cartel. Finalmente, para obtener el título profesional de "cancheros", con los "faites" del propio grupo. Pero quienes les servían de "sparrings" hechos a la medida, a quienes les daban a matar, eran los mozos extraños, generalmente serranos, que atinaban a pasar por una de las calles vedadas, calles tabú de uso exclusivo de los vecinos del barrio. Después de las oraciones ningún intruso podía transitar impunemente por las vías públicas sujetas a la vigilancia de las pandillas; excepción hecha, por supuesto, de la gente madura que nada tenía que ver con los celos moceriles. Joven extraño que asomaba las narices por una calle vedada, era de inmediato provocado, ya con la mentada inesperada de su madre o ya con la pechada sorpresiva. 

O cerrado a golpes sin expresión de causa. 

 Pero —sea dicho en honor de los faites— no toleraban abusos. Tenían, como los maleantes del hampa, sus propias normas de ética profesional. No permitían que un grandulón o "macote" agrediese a un chato, flacuchento o mosca muerta. En cada caso, el jefe de la pandilla, calculando a groso modo las medidas y peso del intruso, designaba el coteja. 

 —A vos te toca, "Calambrito" —decía, "verbi gratia"— 

¡Sácale la madre! Si no retruca, sácale la m..., carajo!. 

 A diferencia de los "rockanroleros" actuales, los "faites" justificaban sus tropelías con un vago ideal: el de la endogamia. (Lo que en verdad "no constituía causa de guerra). No estaba permitido que los suyos fueran a enamorar a chicas de otros trigales a lo menos en principio—; y menos lo estaba que mostrencos de otros pagos entraran a título de galanes en su propio gallinero. Pero no todos los jóvenes entraban en dominios ajenos con propósitos exogámicos. Bastaba que fueran mozos de otros barrios para ser agredidos. 

 Como en aquellos tiempos se enamoraba a distancia, contemplando simplemente a las chicas, sin dirigirles siquiera un piropo, contentándose el pretendiente, en el mejor de los casos, con mirarla tímidamente a la pretendida, una o dos veces al día, cuando ella salía de misa o iba al colegio, nadie estaba seguro de ser correspondido por nadie. Y menos los palomillas de las pandillas que socialmente estaban a una distancia astronómica de las niñas bien. Y como no estaban individualizadas las relaciones amorosas, los celos de los "faites" eran de carácter colectivo, anónimo. Al respecto, la conducta de los "faites" era negativa; como los perros del hortelano, no enamoraba ni dejaban enamorar. ¡Ay, de los que se atrevían a penetrar en el huerto ajeno para dar serenata a alguna dama o, en días de carnaval, para echar polvo y agua florida a las niñas!. 

En menos de que canta un gallo eran apabullados, en "huayquilla", esto es, en carga montón, por los pandilleros. (Ahí salía a relucir lo que hay de indio en el cholo: el "huayquillero". Pero en los combates singulares refulgía la otra cara de la medalla: lo que hay de caballero español en el mismo cholo). Los faites, en sus actividades ordinarias se dedicaban a los combates singulares y en las extraordinarias, a las guerras masivas. Peleaban, según propias expresiones, "porque sí" o "porque me da la gana". 

O porque no querían que nadie les pise el poncho o porque alguien encendía la chispa con un chisme, como este: —Oyes, "Takpi": dice que el "ñato" Pansa y Cuero de la Antiquilla te pega... —¿Quién dice eso, so bocón de m...? —La gente, pues. —¿Quiénes la gente? 

 —La Hipóla, el Toribio, la "Pasposa", el Chaparro.. "tuititos", hom!. —"Entón", "andá" "decile" a ese hijo de una "jijuna" que mañana lo espero detrás del molino de las Mercedes, a las 6 en punto, para sacarle la mugre, carajo!. 

 Las trompadas comenzaban con los puntapiés a las espinillas y a los talegos de la virilidad. Cuando alguna patada sonaba en las nalgas del adversario, surgía casi siempre un grito de buen humor: 

 —"Pegá" de frente so hue... ¡No patees por detrás!. 

 Cansados de cambiar patadas, comenzaban con los "chopazos" a las narices, seguidos de los, "chancacazos" a las testas. Terminaban con los "mojicones" de cuerpo a cuerpo. Al que caía no se le pateaba en el suelo. Nada de mariconadas. Sólo los cobardes de "mechica" patean al caído. El que quedaba en pie esperaba a que el contricante se pusiese de pie y se cuadrase. Si no se cuadraba, estaba vencido, como cuando se arroja la esponja en los matchs de box. Por lo regular, las "agarradas" de los "faites" terminaban tablas, en estado "groggy", cuando los puños y las puntas de los pies ya no desempeñaban a cabalidad su cometido. 

El empate obligaba a los contendientes a proseguir la pelea al día siguiente y si persistía el resultado indeciso, los días subsiguientes, hasta que uno de ellos plantase pico por A o B motivos: la luxación de un tobillo, la excesiva hemorragia nasal, etc. Así fue la contienda del "Coro" Vela (Raúl), trampeador famosísimo, con el "Cacho" Flores, campeón de la Maestranza, si mal no estamos informados. El escenario fue un canchón de lo que es hoy el barrio de María Isabel. 

El sexto día de la contienda intervino la policía. En mala hora. Los pobres "cachacos" de entonces se llevaron una buena "tunda". A uno de ellos le hicieron tragar el pito que tocaba de un puñetazo. No cayó, por supuesto, un solo preso, ni de actores ni de espectadores, todos "empalados" contra los custodios del orden público. “Huelga” decir que cada "faite" se sentía el más macho del Universo y cada pandilla la más treja de la ciudad. La tradición oral de Arequipa ha conservado hasta ahora los nombres de "faites" famosos, aureolados de gloria, como de protagonistas de hazañas legendarias. "Trompeadores" a la criolla, tenían todos ellos apodos que hoy se di' rían alias.

 Tales como Saturnino Santisteban, el "Tronco", del Beaterío, Salvador Gutiérrez, el "Salvacho" del Callejón Loreto, Pastor Gutiérrez, el "Pastaco" dé los Arrayanes, los hermanos Peralta (Gerardo e Isaac), el "Macote" peso pesado, y el "Trinquete", peso mediano, de la Ranchería, el "Chirote" Arce de Yanahuara, el "Ca... Chispas" Valdivia de la Cortadera, el "Ñato" Cleto de San Lázaro, los Polanco, "Patas de Fierro", de Miraflores, el "Tirallo" López de Camaná, Mariano Perea el "Acerau", de la Estación, el "Tacpi", el "Camisa de Seisuna", el "Ecebollau", el "Chiripipas", etc. (Algunos de estos datos estén acaso equivocados; pues nuestros informantes ancianos discrepaban en muchos detalles; en la atribución, por ejemplo, de un mismo apodo a varios "faites", todos ellos "trejos". 

Algunos de nuestros informantes se han referido "ponderativamente" al terrible "Repatriau" de la Pampilla, que rompía de cada puñete una puerta o una mesa de picantería —¿karate?—; pero ninguno de ellos recuerda el nombre del "faite" venido de las salitreras de Iquique). 

 Las peleas masivas, esto es, las guerras de barrio contra barrio, constituían verdaderos acontecimientos magnos . Se llevaban a cabo al margen de la ley y a despecho de las autoridades que hacían la vista gorda. Guerras formalmente declaradas y planeadas a conciencia por las pandillas y tercamente sostenidas por un barrio contra otro o contra otros, el Resbalón contra el Beaterío, por ejemplo, o Miraflores, numéricamente más poderoso, contra San Lázaro y "la Ranchería" coaligados. Los combates se libraban ya en los arenales de Challapampa, ya en los de Bolognesi (hoy Alto Miraflores), ya en los de "Cacallinca" (hoy Urbanización Hunter), ya detrás del cementerio (hoy Ciudad Mi Trabajo).

 Cada ejército iba armado de palos, hondas, piedras, escopetas y hasta cañoncitos de fabricación casera, de su bandera y su tambor y corneta. Los disparos iniciales de las armas de fuego no herían, por supuesto, a nadie. Servían únicamente para hacer ruido y crear ambiente de guerra. Los siguientes disparos de piedras con hondas daban algunas veces en blanco, por casualidad.

 Al acortarse las distancias, los proyectiles que sí hacían impacto eran las piedras lanzadas a pulso; las que generalmente provocaban "retumbos" en las cajas torácicas. Y los garrotes asentados de alma que hacían tronar los cocos defendidos por sombreros metidos hasta las cejas. 

Lo más espectacular de la lucha venía a la postre, con la "trenzadera" general: a patada y puñete limpios, por lo menos, al comienzo. Aquellas batallas campales, de masas contra masas, con acompañamiento de tambores y clarines de mala muerte, levantaban polvo y vocerío ensordecedor, al que se sumaba el de los espectadores azuzantes. "¡Dale a ese indio espeso!", "Ño echen tierra a los ojos, carajos!". Los "cocachos" arrancaban chispas de las testas. Los cabezazos hacían ver estrellas rojas. Y los puñetes bien descargados en los órganos del olfato hacían oler a pólvora quedada. La pelea final, de cuerpo a cuerpo, duraba horas, hasta el agotamiento absoluto, son signos de asfixia, provocados por el polvo y la sed. Entonces el entrevero era ya de lo más intrincado y cómico. 

Ofuscados por el enojo y los golpes asimilados, los contendientes ya no distinguían a los objetivos de su agresión. Cada quien disparaba golpes a tronche y moche y, a la vez, recibía todos los que provenían de su contorno. Amigos y enemigos, todos los que estaban al alcance de los puños, eran objeto de agresión, indistintamente. Esto debido, además, a que, desde antes del caos final, en lo más álgido de la contienda, ya se hollaban ignominiosamente los principios humanitarios que hacen menos salvajes las guerras de la civilización moderna. Ahora todos los medios de agresión eran lícitos, digo, inevitables, incluso el ensañamiento a patadas con los caídos; con los combatientes que, cubiertos de sudor y de sangre, sedientos y exhaustos, en papeles de gladiadores criollos, daban con sus humanidades en la arena.

 Si tales gladiadores lograban todavía levantarse, volvían a la carga con más ira, pero ya sin fuerzas. Jadeantes, "jipando", injuriándose con palabrejas sucias de la peor jerga, empujándose, estrujándose, propinándose ajos a granel, terminaban por echarse en cara densos escupitajos.Y, al desplomarse definitivamente, se daban todavía de patadas, en un supremo esfuerzo de estirones de piernas. No pocas veces el triunfo se decidía en un duelo singular; entre los jefes máximos de los dos bandos disputantes. Y cuidado que cada jefe era el más "trejo" de los "trompeadores" de cada bando, triunfador en 100 peleas y respetado y obedecido sin chistar por los oficiales y soldados rasos de su pandilla. Hasta hace poco refulgían en el recuerdo de los arequipeños los sobrenombres de varios de esos jefes indiscutidos y vencedores de otros jefes en plenos campos de batalla: el "Toro" de Cayma, el "Yunque" de la Estación, el "Rajacho" de Pampa y Camarones, cuyos nombres propios han sido eclipsados por sus apodos famosos. “Huelga” decir que el saldo de aquellas batallas sin motivo eran de heridos leves y graves y, cuando no, de algunos muertos "de resultas de una mala pedrada o de patadas a todo forro en los riñones".

 Muchos de los lesionados eran de simples mirones que, a veces, "chupaban" también por "metetes"; "por meterse a meter candela en la pelea". 

 Cuando hablamos de aquellas querellas colectivas sin motivo, tenemos en mente, por simple asociación de ideas, las peleas estudiantiles de nuestros días, las que libran, en plenas calles de la ciudad, los alumnos del Colegio Nacional de la Independencia Americana con los de la Gran Unidad Escolar "Mariano Melgar", por ejemplo, no obstante de haber nacido ésta por simple disparidad de aquél.

 ¿Qué los induce a golpearse como enemigos rabiosos?

 Se dice que las rivalidades deportivas o la emulación en el arreglo de carros alegóricos para sus fiestas, como toda rivalidad, conduce inevitablemente a la querella. 

 Hay mucho de cierto en este aserto. Pero las explicaciones de los propios actores desconciertan; pues se nos ha dicho que pelean "porque les hierve la sangre cuando ven a los alumnos del colegio rival". Considerando el fenómeno en su amplitud universal, toda "rivalitate" lleva consigo las ideas de competencia y de enemistad y, por ende, el propósito muy humano de salir victorioso, esto es, de vencer al adversario. 

Pero, para vencer, hay que pelear, en el coliseo y el ring, en el foro y el parlamento, en todos los casos de oposición entre dos o más personas que aspiran a obtener una misma cosa. Sí, pero en el caso de las pandillas que contendían por contender y y nada más, no existía claramente ese motivo de la competencia: el de aspirar a alcanzar una misma cosa. No tenía otra explicación que aquella de los colegiales de hoy, "porque les hierve la sangre en cuanto ven a los colegiales extraños". 

Es decir, procedían de la misma manera y con la misma predisposición gratuita que los romanos antiguos cuando se les ponían a la vista los "hostis", esto es, los extranjeros que, por el simple hecho de ser tales, eran considerados enemigos. Predisposición primitiva que, por lo demás, está latente en los instintos aún de los hombres más calificadamente cultos de nuestros días. Como cuando se diluyen en la masa que pulula en los tendidos de los estadios o en los mítines políticos. Las competencias futbolísticas, que tanto apasionan a las multitudes, terminarían de continuo en batallas campales si no existieran los cercos de alambres que protegen las canchas de juego. Aquí se nos podría oponer el argumento de que las pandillas de "palomillas" tenían también el propósito de ganar, de aspirar a los honores de la victoria. 

Aparentemente es así, por la circunstancia misma de que cada pandilla se sentía superior a las demás. Pero precisa no perder de vista esta característica fundamental: a las pandillas, más que alcanzar lauros, les interesaba pelear, pelear a toda costa, permanentemente, por el solo placer de pelear. (Aguzando en demasía la sutileza, podría decirse que esté placer es un motivo poderosísimo. Pero resulta absurdo suponer que los "faites" o las pandillas pudieron aspirar a la misma cosa: al placer de pelear). 

Los pandilleros eran los guerrilleros de la guerra permanente. Y eran, a la vez, los peleadores puros de la pelea como tal. Ya llevamos dicho que aquellos episodios de tipo "rockanrolero" de las pandillas de "faites" eran los rebrotes deslavados de las antiguas campañas de los montoneros. En ambos casos el dato tipificador era la espontaneidad. Tan espontáneos en sus acciones eran los "faites" como los montoneros. Tan prestos a disparar como las escopetas de salón. Los famosos montoneros, en cuanto tocaban a rebato las campanas de la catedral, salían de sus casas, a la carrera, rifle al hombro, preguntando: "¿Por quién peleamos y contra quién?". En este sentido, los montoneros de ayer eran los "rockanroleros" de la política nacional. Y sólo en este sentido, y no se nos mal entienda.

 Otra cosa eran los motivos de carácter ideológico con que los caudillos enfervorizaban a las masas populares. Se ha sostenido insistentemente que los montoneros de ayer tomaban las armas en defensa de la Constitución y de las leyes conculcadas por las tiranías. Cierto, muy cierto; pero no por propia y espontánea decisión, dictada por una conciencia cívica muy elevada, sino obedeciendo a las directivas políticas de sus caudillos, presionados éstos a su turno, por los órganos mentores de la opinión pública. 

Lo que, por cierto, no merma ni empaña el relieve histórico de las montoneras; pero sí que explica los perfiles de la "faitería" mistiana. Perfiles que aún se advierten hoy. Perfiles que dicen relación al modo de ser, a la esencia, de los arequipeños. ¿De dónde provienen si no el espíritu singularmente camorrista del cholo arequipeño? Probablemente, en línea directa, del "faite"; éste del montonero y éste del osado caballero español".




Arequipeñismos:

Chancanazo: golpe.
Chirote: Ave de la campiña arequipeña de color negro o pardo con el pecho rojo, apodo d evarón que se parece al ave.
Chopazo: puñetazo.
Cocacho: Utilizado en el artículo : Coscorrón , golpe que se da con los nudillos en la cabeza. como arequipeñismo: golpe que da un toro a otro con el asta.
Faite: (Del inglés fighter, guerrero , batallador peleador). Hombre  de presencia física imponente por su vestido fuerza y gallardía.
Jijuna: Insulto que descalifica a un apersona  de la más baja estofa moral.
Macote: Persona tosca , fuerte, torpe.
Seisuna: Cedazo de tela burda  o de yute que se utiliza para colar la chicha cuando se está preparando.
Tacpi: Persona que tiene los pies mal formados que, tacpea: que gasta de forma desigual los zapatos.
Tirallo: La bola, canica o fril (especie de frejol) más grande, Apodo de varón con la cabeza grande y corpulento.
Trejo: Dícese de la persona fuerte valiente.
Trompeador: Persona que le gusta o es diestra en pelear a trompadas.





Ccalas y Lonccos



Ccala 

Como arequipeñismo, "ccala" proviene del quechua “qala” : desnudo, cosa pelada, calato, estar en cueros, también significa estar sin dinero sin bienes , pobre, e inclusive es el nombre con el que se conoce a un tipo de perro prehispánico (perro ccala , o perro calato) . Ccala en Arequipa es también el tratamiento despectivo con el que los chacareros nominan a la gente de la ciudad, defendiéndose o reaccionando del tratamiento que estos les dan: lonccos (ccala, originariamente se aplicó sólo a los habitantes de la ciudad de más elevada situación económica y social). Se usa generalmente en el apodo “Ccala calzón sin forro”, del cual explicaremos más adelante.


El gran tribuno arequipeño Don Francisco Mostajo, escribió sobre el arequipeñismo ccala , que los campesinos se mofaban de las gentes de la ciudad a quienes calificaban de decentes o que lo parecieran, por eso también acostumbraban designar cariñosamente con el mote de “ccalita” al hijo de un señorito y una señorita urbanos que se criaban en la chacra , para ocultar el desliz o al hijo de un caballero de la ciudad habido en una aldeana . Basta oír el mote para saber el origen del rapazuelo. Mostajo en uno de sus cantares chacareros interpreta esta situación así:

 “Ay me enamorá ese ccala”
 Cuando yo era una sonsita:
Por creer en sus palabras, 
Sólo he sacado un “ccalita”. 

 Francisco Mostajo sostiene además que “ccala” proviene del aimara kala : piedra, y que los indios de Arequipa de los primeros tiempos de la colonia llamaron ccalas a los españoles porque estos edificaron sus casas con piedras, mientras los indios levantaban las suyas solo con adobe, y barro. Interesante hipótesis, aunque según el doctor Juan Guillermo Carpio Muñoz, está resulta no muy verosímil, porque no es cierto que los indios que encontraron los españoles en América solo construyesen con adobes y barro. Los vestigios arqueológicos que existen en la provincia de Arequipa demuestran que utilizaban las piedras con gran profusión respondiendo a sus diversos ancestros culturales: tiahunacos, collas, cahunakuntis, quechuas, puquinas, etc. Que fueron célebres talladores de piedras, es oportuno señalar que fueron los españoles y n o los indios los primeros en utilizar el sillar en sus construcciones. 

En este artículo, no se ha tomado, al escribir, el vocablo “cala” que recoge el doctor Carpio Muñoz en su diccionario de arequipeñismos , ya que en el DRAE, recoge este vocablo como nombre de la conocida flor blanca , En su lugar hemos escrito “ccala”” para diferenciarlo. 


 “Ccala Calzón sin forro” 

Este apodo según el doctor Juan Guillermo Carpio Muñoz, se remonta entre los años 1540 y 1800 (años solo referenciales), cuando casi la totalidad de los hombres que vivían en la ciudad de Arequipa y su campiña usaban pantalones hechos con una tela de lana muy burda, más gruesa y tosca que la bayeta. 

Estos jergones de lana burdamente tejida, eran ásperos, con diversos nudos, en una palabra, eran un lijar insufrible para la piel (pues no solo la arañaban, sino que hasta la hacían sangrar o generaban alergia). Para protegerse su piel los arequipeños de aquellos tiempos usaban los pantalones con forro (interior por supuesto). por otro lado, se tiene que tener presente que los antiguos llamaban calzones a lo que hoy llamamos pantalones.

Mucho tiempo después, en las primeras décadas del siglo XX se produce una intensa migración de chacareros de la campiña a la ciudad de Arequipa, proceso en el que los habitantes de la ciudad despreciaban a los chacareros y los hacen objeto de sus burlas, prejuicios raciales y sociales y como insulto les ponen el apodo genérico de: lonccos Los lonccos reaccionaron apodaron genéricamente a los citadinos como: ccalas. 

Ahora bien, resulta que a principios de los años XX los Ccalas, desde hacía ya varias décadas, hacían sus pantalones con casimires ingleses que, por ser finamente tejidos, eran suaves y no necesitaban ponerles forro interior. Entre las muchas cosas de la ciudad que les llamaba la atención a los lonccos , era que los ccalas no usasen forro en sus calzones (pantalones) .

Así nació entre ellos la expresión o extenso apodo con que se burlaban de los ccalas: ccala calzón sin forro, por llevar un aprenda incompleta, extrañamente confeccionada. Además, se burlaban así de los ccalas por amarretes o porque no tuviesen dinero, fuesen tan pobre diablos o miserables como para no tener plata para poner forro a sus calzones (pantalones). 

Loncco 

Este vocablo proviene del quechua lonq’o : cuerpo esférico o redondeado. Se designa así a todo aquello que debiendo tener filo cortante o punzante, no lo tiene, también significa poco filudo, tosco, romo. Por ejemplo, cuando tenemos un cuchillo que no corta, decimos: este cuchillo está loncco.



A su vez significa, es el trato despectivo con el que los habitantes de la ciudad de Arequipa se referían a los chacareros o habitantes de la campiña que rodea la ciudad, porque estos al venir a la urbe evidenciaban su desconocimiento del comportamiento urbano y actúan de forma tosca ya que por vivir en el campo ellos no se cultivaban intelectualmente como si lo hacían los habitantes de la ciudad y estos al ver el comportamiento de los campesinos toscos les llamarón lonccos es decir hombres que no eran finos, que no eran nada cultivados, o simplemente rústicos y toscos, en los cuales s e podía apreciar la falta de modales. 

Cuenta el doctor Carpio Muñoz, cuando realizó su investigación acerca del yaraví arequipeño allá en el año 1976, (que es una revalorización y un estudio histórico y sociológico del grupo “loncco”) ,es que se viene llamando loncco o loncca a todo aquello que pertenece al mundo del loncco, es decir ahora hablamos de una comida loncca, poesía loncca, sombrero loncco, música loncca , etc. Que antes recibía el nombre de chacarera o chacarero, y que denotaba , la comida chacarera, música chacarera, poesía chacarera etc. es decir lo que antes fue un apodo despectivo ahora es hasta una cuestión de orgullo. 

El DRAE registra la voz “lonco” pero le da una acepción que no conocemos y usamos y lo refiere a Chile , ya que entre los mapuches se dice "lonco" al jefe de un grupo de indígenas, y con un significado enaltecedor , esto llevaría a pensar que el arequipeismo loncco provendría de Chile y más precisamente de los Mapuches , cosa que no es así ya que nuestro arequipeñismo tiene características completamente distintas, y como se dijo antes al comienzo tenía un significado despectivo, además para mayor blasón nuestro arequipeñismo proviene del quechua ,por lo que es más una coincidencia, y es por eso que para diferenciarlo tanto en el diccionario de arequipeñismos como en este artículo escribimos “loncco”. Para el doctor Carpio Muñoz se trata de dos casualidades fonéticas entre el quechua y la lengua mapuche, como sucede incontables veces entre otras voces de distintos idiomas.


Lonccos y Ccalas

Los lonccos no son una clase indígena, y de hecho se perfilan como una clase español-mestiza que fueron excluidos de algún control en la vida de la ciudad. Ellos responden a este tipo de marginalización con el término calas, aunque dicho termino es también aplicado despectivamente para referirse a los españoles más acomodados de la ciudad. 

Los descendientes de los minifundistas lonccos son los típicos actuales habitante de la campiña de Arequipa. Pero este grupo de agricultores mestizo-españoles pobres se transformaron a si mismos a partir de 1940 en una clase prospera dedicada a la industria y otros grupo de agricultores se organizan en la Sociedad Agricola de Arequipa, fundada en 1916. 

Esta transformación estuvo marcada por dos hitos importantes: el establecimiento de la fábrica de leche por una subsidiaria de la Carnation Milk Co. y la conclusión de la carretera panamericana a finales de 1930. El término cholo para la generalidad de costeños significa el indio o campesino asalariado que no posee tierras de cultivo o cuida el ganado de sus propietarios o patronos, con otras palabras, el aborigen de la costa o de la sierra que trabaja como labriego los campos, sin mayor predicamento ciudadano. 

En cambio en Arequipa, el cholo es el campesino o chacarero español-mestizo propietario de su chacra o minifundio, que trabaja en las siembra como en la cosecha ayudado por campesinos sin tierra propia. El chacarero vive orgulloso de su estirpe, de su pasado, de sus sanas costumbres, cuyos hijos cada día se culturizan en los mejores colegios y universidades; tienen su estilo propio de hablar, sus pintorescas costumbres y su riqueza culinaria que conservan la tradición de las comidas arequipeñas, el consumo de la chicha de jora y la típica picantería criolla. 


 La forma de hablar tanto difiere en varios aspectos y se asemeja en otros, el “Ccala” que es el pituco de la Arequipa urbana un tanto amanerado, cuidadoso de las formas y de hablar ilustrado, en contraposición el loncco con un dialecto propio, mezclado con otros dialectos da como resultado un tipo natural, típico y rústico que la tradición arequipeña le ha motejado de “Loncco” , pero que al final “Lonccos” y “Ccalas” se identifican en una simbiosis maravillosa del arequipeño nato y neto en la que el “Ccala” tiene algo de “Loncco” y el “Loncco mucho del ccala” que da como resultado al arequipeño orgulloso de su mestizaje, culto, sin complejos de inferioridad, altivo como el Misti, romántico y audaz y por sobre todo querendón y amoroso de su tierra y de su estirpe. 


Manuel Zevallos Vera :Cholo, Expresión de mestizaje