.

La Academia Lauretana



Habiendo fracasado en dos oportunidades, principalmente, el anhelo de Arequipa por contar con una Universidad: la primera, al recesarse, por falta de recursos, la de Santo Domingo; y la segunda, al no haberse podido superar las dificultades para su establecimiento, años después, cuando ofreció el capital para su sostenimiento el Dr. Juan M. Moscoso y Peralta, seguido de otros empeñosos propulsores, surgió, en 1821, en la mente del Síndico del Ayuntamiento Dr. Evaristo Gómez Sánchez, la idea de que, por lo menos, se crease una Academia Superior de Ciencias y Artes, en esta ciudad. 

El momento no podía ser más oportuno para solicitarla a dicha Corporación, ya que, por entonces, regía la Constitución de 1812, a cuyo amparo ésta había nacido, y la cual disponía el establecimiento de escuelas de primeras letras, en todos los pueblos, así como el de universidades y otros establecimientos de instrucción; y se había dado por las Cortes el Decreto de 8 de Junio de 1813, que mandaba establecer sociedades de amigos del país en todas las capitales de provincias.

 INSTALACION.

La petición suplicatoria de Gómez fue, pues, aceptada sin ninguna resistencia, el 19 de Abril de 1821, con cargo a recabarse la aprobación del Virrey; pero como la comunicación con éste era, por entonces, propiamente imposible, por la guerra con San Martín, optó el Ayuntamiento por instalarla, sin ese previo requisito, el 10 de Diciembre de dicho año, dejando, para mejor oportunidad, el dirigirse nuevamente a La Serna. Se escogió dicha fecha por celebrarse, en ella, la fiesta de la Virgen de Loreto, declarada patrona de la Academia, y de la cual derivó su nombre. El lucido programa que se preparó digno de rememorarse por su esplendidez y delicadeza, fue anunciado por bando y convites, impresos en la primera imprenta que tuvo Arequipa, de don Jacinto Ibáñez, con los cuales ésta se estrenó. Comenzó el 9, en que se abrió, con llave de oro, la Sala que le destinó el Ayuntamiento o Cabildo en su local, y de ella fue sacada, procesionalmente, bajo un gran parasol, la Virgen patrona, para ser colocada, entre el Libro de la Constitución y el Acta de la Fundación de la Academia, en un rico dosel, del cual pendía una colgadura de terciopelo carmesí, con las armas de Arequipa, bordadas con oro y plata, en la galería que miraba a la Plaza (Portal de la Municipalidad) .

Vuelta la concurrencia a la Casa Consistorial, hubo recitaciones, derroche de mistura y entrega de bellos ramilletes por gráciles señoritas, vestidas regiamente de musas, coronadas de laurel y rosas, a los asistentes. 

Todo el día repicaron las campanas, y en la noche, las torres y casas fueron iluminadas. El Cabildo lucía grandes ceras de castilla, en candelabros y lámparas de plata. Coros de música actuaron en la galería de la plaza, y, en ésta, se quemaron vistosos fuegos artificiales. El día 10 se realizó la “función eclesiástico académica”, presidida por el Gral. Ramírez, con júbilo aún más desbordante, pues, como se anota en su historia, “todo cooperó al intento”, en el templo auxiliar de Santiago (Compañía), “prevenido y magníficamente adornado" y lleno “de un lucido y respetable concurso”. Se celebró solemne misa. El Sermón lo predicó el R. P. José de Maldonado, primer pico de oro religioso de esos días y el Discurso de Orden corrió a cargo de Evaristo Gómez Sánchez. 

Celebrándose “diarios cabildos, hasta dar la últitima mano a su perfección”, el Ayuntamiento acordó, el 19 de dicho mes, el plan y designaciones de los miembros de la Academia. El Excmo. Juan Ramírez de Orozco, Caballero Gran Cruz de la Orden Americana de Isabel la Católica y de las militares de San Fernando y San Hermenegildo, Tte. Gral. de los Ejércitos Reales y, en ese momento, con categoría de Virrey en Arequipa, fue proclamado Protector de la Academia y los seis principales jefes de su Ejército, socios de honor; distinciones éstas que halagaron profundamente al fiero vencedor de Umachiri, obligándolo a agradecer en los términos más finos y acomedidos. 

Como patrono fundador se consideró el propio Ayuntamiento. Como académicos natos fueron nominados el Jefe Político, el Sr. Obis po y principales autoridades religiosas, Rector del Seminario, jueces de Letras. Decano de los abogados y Proto—Médico de la ciudad. Y como académicos de número, el Cabildo designó a 25 personalidades, para que éstos después eligiesen a otras 25. El Ayuntamiento proporcionó, en su propia casa, el local y aulas que requería la Academia, ofreció dotarla de un anfiteatro y la subvencionó con 5 mil pesos al año, para su sostenimiento. 

APROBACION.

Observado al expediente por La Serna, por falta de las Constituciones de la Academia, el Ayuntamiento se apresuró a discutir y aprobar las confeccionadas por Evaristo Gómez Sánchez, y, remitido de nuevo, aquél otorgó la aprobación respectiva, con cargo de dar cuenta a S. M., para su ratificación y, alabando "el celo y espíritu público de quienes la promovieron”, pidió la foja de servicios y méritos de Gómez Sánchez, para recomendarlo al Rey (Decreto de 13 de Setiembre de dicho año). Al llegar la respectiva comunicación a Arequipa, el Cabildo la anunció con solemne bando, y su Presidente Lavalle, en su oficio de agradecimiento, le decía a la Serna: "Feliz el Perú confiado a la protección de usted, y particularmente feliz Arequipa, que, cuando otras provincias gimen bajo los horrores de Marte, disfruta ella con el apasionante reyno de Minerva”. 

SOCIOS.

Uno de sus primeros actos fue convocar a los 25 socios de número que el mismo Cuerpo designó, y que fueron:

Intendente Crnl. Lavalle, Brigadier Pío Tristán, Crnl. José Menaut, Mateo Cosío, Andrés Eguiluz, Mariano Cornejo, Manuel Centeno, Francisco de P. Gonzáles Vigil, Manuel Rivero Besoaín, José M. Corbacho, RR. PP. Remigio del Valle (dominico), Bernabé Locumberri y Juan G. Valdivia (mercedarios) y José Maldonado (franciscano), José Fernández Dávila, Juan M. Vargas, Rafael E. Barriga, José M. Adriazola, Fernando Arce y Fierro, Matías Agois, Tadeo Chávez, José Rey de Castro, Manuel Amat y L., Juan de Dios Salazar y Andrés Martínez; y, reunidos éstos, eligieron ellos mismos, a los otros 25, que fueron Evaristo Gómez Sánchez, Manuel Cayetano de Loyo, M. José de la Llosa y B., Isidro Guillén, Manuel José Ureta, Ignacio Noboa, Manuel A. Cuadros, Vicente León, Mariano Larrea, R. P. Claudio Capas, Rafael Guillén, Manuel C. Morales, Mauricio Vélez. R. P. Pedro Montesinos, José M. Pino, Santiago García, Manuel José Martínez, Agustín Gala, R. P. Pedro López, Mariano Blas de la Fuente, José L. Gómez Sánchez, Eusebio Nieto, R. P. Pablo Arrísueño, Pedro Barriga y Juan M. Somocurcio (1)

Salvando algunos nombres, como Zámacola, y otros, no comprendidos, por estar ausentes, pero que después fueron incorporados, como Francisco Javier Luna Pizarro, puede afirmarse que estos 50 socios eran las personalidades más destacadas, especialmente en el plano intelectual, con que contaba Arequipa, en esos momentos, y de los cuales 3 eran militares y 20, religiosos y, según lo que aparece de las actas, 25 eran doctores y 5 licenciados. Cómo se ve que, por aquella época, la ilustración brillaba especialmente en la Iglesia. Como Presidente fue elegido el Crnl. Juan B. Lavalle, Jefe político y Comandante Gral. de la Provincia, Caballero de la Orden de Alcántara; VicePresidente, el Brigadier Pío Tristán; Conciliarios, Evaristo Gómez Sánchez y Manuel Centeno; Secretario, Manuel Amat; Bedel y Maestro de Ceremonias, Santiago García; y Prosecretario, Baltazar Núñez. El 10 de Diciembre de dicho año, se repitió la misma ceremonia del año anterior, y el Discurso de Orden lo pronunció J. M Corbacho. 

Francisco Javier Luna Pizarro

(1).—Cornejo, Rivero, Morales, Cuadros, León, Gala, los Guillén, Vélez, Pino, Martínez, López, Arrisueño y de La Fuente renunciaron después (sesión del 26 de Mayo de 1823). Cuadros se reincorporo, y Salazar, tras fecundo ejercicio, fue separado, por sus ataques a la Academia. 


CONSTITUCIONES.

Sus Constituciones tienen un verdadero sentido de sabiduría y ponderación y su redacción es clara y precisa, sin el alambicamiento de la época. Según tal Carta, la Academia estaba instituida “para promover, por cuantos medios estén a su arbitrio y facultad, el adelantamiento de las ciencias y artes, en la provincia y de mejorar la educación científica, política y moral de la juventud” y también para “discutir proyectos de la beneficencia pública". Sus socios eran natos (para honrar y proteger a la Academia); honorarios de mérito (designados por cualidades o servicios distinguidos) y de número y ejercicio (cuerpo activo y operante). 

El socio de número tenía que ser “católico, apostólico, romano, vecino o residente en la ciudad, profesar alguna ciencia o arte, aprendidos por principios fundamentales de Facultad”, acreditar buena conducta, jurar defender la religión católica y el misterio de la Imaculada Concepción y vivir y morir dentro de la Iglesia. Y estaba obligado a sostener —por lo menos una vez al año— una disertación científica o literaria, la cual daba lugar a objeciones y debate entre los socios. Los conciliarios definían, con el Presidente, los casos en que no fuese necesaria la votación de todo el Cuerpo. La insignia de los socios era una medalla ovalada, con la Virgen de Loreto, en relieve, circundada de rosas, la que, en su anverso, ostentaba un volcán humeante, y la del Presidente, una llave de oro. En categoría inferior a la de socio existía la de asociado, para los “eximios en algún arte u oficio mecánico" (1)

(1).—Tal título fue otorgado, el 24 de Noviembre de 1825, a Pedro Jiménez y a Jacinto Ibáñez, “por sus progresos en la música y en la maquinaria” respectivamente.  

ACTUACION. 

En una época como la colonial, tan cerrada a la divulgación cultural, en la que —fuera del colegio— sólo se escuchaba la catequización religiosa, bien puede comprenderse con qué ansiedad acudirían los alumnos a las aulas de la Academia (abiertas para todos sin restricción); con qué interés consultarían los estudiosos, en su pública Biblioteca; y con qué curiosidad asistiría el pueblo a sus actuaciones. Fue nada menos que en la Academia donde Arequipa llegó a conocer a varios de sus futuros conductores. Ahí llegó a apreciar, en su excepcional valía, al eminente Evaristo Gómez Sánchez, verdadera alma del Instituto, por ser su apasionado forjador, su asesor permanente y su defensor más empeñoso (1).

 Ahí pudo admirar al genial tribuno Andrés Martínez, “cuya fogosidad de sentimientos y carácter impetuoso de su grandiosa elocuencia”, llevaba a pensar en Mirabeau, según la autorizada palabra de su contemporáneo, el prócer Pedro José Bustamante (2), ya escuchándolo recitar (el 6 de Junio de 1823), por más de dos horas, su clásico "Elogio del Obispo Chávez de la Rosa", que arrancó el más fervoroso aplauso del inmenso concurso, que llenó la Iglesia de la Compañía; ya exaltando a la Libertad o saludando a Bolívar, en las actuaciones realizadas, tras la victoria de Ayacucho o por el Ayuntamiento, a la llegada de éste; ya sosteniendo su célebre polémica con el R. P. Pedro Montesinos, en varias sesiones y que terminó con el triunfo de Martínez (3). 



(1).—Gómez Sánchez nació en Arequipa el 26 de Oct. de 1776 y murió en Lima el 23 de Agosto de 1841.

Fue, en nuestra ciudad Juez de Derecho. Arequipa le eligió su Diputado en 1826 y 1827. Igualmente, como su Senador, para los Congresos de 1829, 1831 y 1832.

Fue Consejero de Estado en el primer Gobierno de Gamarra.

Radicado en Lima, y habiéndose declarado a favor de la Confederación, fue elegido Diputado por dicha circunscripción a la Asamblea de Fluaura, de la que fue elegido, a su vez, su Presidente.
Fue Vocal de la Corte Suprema y Vocal del Tribunal de los 7 Jueces.

Refiriéndose a su labor en la Academia Lauretana, dice su consocio el Deán Valdivia: "Es imposible imaginar lo que él hizo en favor de la Academia y de cada uno de los jóvenes de ella. Rico como era, gastaba en la Academia y en lo que necesitaban los jóvenes con tanta liberalidad, tanto amor y tanto gusto que difícilmente un buen padre se portaría mejor con sus hijos (“Fragm. para la H. de Arequipa").

Figura en la "Galería de Arequipeños Ilustres , por acuerdo del Municipio.

(2) .—Anales Universitarios, tomo II, Pág. 161.
(3) La polémica la provocó el P. Montesinos, al censurar la proposición
de Martínez de que “La Divinidad de las Escrituras nos consta por la razón", en un examen de Ética.


En la Academia se afirmó también la fama, de Juan G. Valdivia, tanto a través de su labor docente, como por sus disertaciones públicas, de las que se recordaba, especialmente, la que sostuvo acerca del Gobierno Democrático Popular y, sobre todo, la del 14 de Mayo de 1827, impugnando el celibato eclesiástico, que provocó la más grande conmoción social. "El celibato clerical o no clerical, sostenía Valdivia, no está mandado en las escrituras y no le asiste el derecho divino que se le supone... Y las leyes eclesiásticas que lo prescriben no deben ser irrevocables... Yo reprendo a los hombres que no tienen valor para tocar esta materia... Invito, pués, a los literatos que se encarguen del asunto, yo no puedo hacer más que ofrecerme y ser la primera víctima en beneficio de la humanidad” (1).


Ahí se descorrió el genio científico de Juan de Dios Salazar, con sus disertaciones y presentación de su tratado de Trigonometría.



En la Academia templaron también sus armas: José María Corbacho, figura de gran relieve, por sus doctas intervenciones y su afamado patriotismo; Mnl. Amat y León, 1er. Secretario y después Presidente de la Academia, y a cuya pluma se debe la bella narración histórica de ésta; Tadeo Chávez (expósito del Orfelinato), profesor de Filosofía, quien, en 1823, presentó a su alumno Antonio Benavides, para que disertase sobre el revolucionario tema "La Soberanía reside esencialmente en la Nación”; y José L. Gómez Sánchez, el gran jurista y catedrático de varios Derechos.

Una institución como ésta, en la que se enseñaba cursos prohibidos por el Rey para el Seminario y se debatía sobre materias delicadas y espinosas, como la soberanía popular, la autoridad de los gobiernos representativos y los diezmos eclesiásticos y que dio Vuelo a las ideas liberales en pro de la Independencia (2), tuvo que despertar, como despertó, la reacción, en su contra, de los sectores conservadores y fidelistas de la ciudad. No habiéndose atrevido éstos a atacarla frontalmente, entre tanto rigió el régimen constitucionalista, lo hicieron tan pronto como se dio a conocer el real Dec. de 1° de Oct. de 1823, aboliendo la Carta de 1812.

Como resultado del nuevo orden, se eligió un Ayuntamiento absolutista, el que arrojó de su local a la Academia, le suprimió la partida para su sostenimiento y organizó, en su contra, un expediente, acusándola ante el Virrey de peligrosa y subversiva.

El Provisor del Obispado, el Cabildo Eclesiástico, el Rector del Seminario y los Prelados conventuales se solidarizaron con el Ayuntamiento y la acusaron, además, de hereje.


(1) .—La disertación le valió a Valdivia que el Obispó lo mandase instruir un sumario y que condenase sus ideas. Indoblegable en su actitud, aquél sólo se retractó de ellas, muchos años después, cuando su corazón cansado de la guerra y la política, se entregó de lleno a la Iglesia, pronunciando su célebre sermón de la Iglesia de S. Camilo.


Refutándole, disertó, anteriormente, el Dr. Mnl. Amat y L. en la Academia, defendiendo, el celibato, según las respectivas actas.
La disertación de Valdivia se conserva en el Archivo “Mostajo" de la U.
de S. Agustín.

(2) .—En las actas de sus sesiones, los académicos se mostraban muy cautos. Sus impugnaciones al orden existente han sido divulgados especialmente por Juan G. Valdivia y Francisco García Calderón.


“Para defenderse contra tantas acusaciones, dice su socio Valdivia, con su verbo castrense, que ya anunciaba al futuro guerrillero, se nombraron: a José M. Corbacho, para contestar y batir al Cabildo; a Santiago García, para defender la causa suscitada por el Provisor; a José L. Gómez Sánchez, para contestar y batir al Regente de S. Francisco; a Tadeo Chávez, para contestar y batir al Rector del Seminario y Regente de La Merced; a don Evaristo Gómez y J. Gualberto Valdivia, para revisar y arreglar las defensas que se hicieran y darles el curso conveniente” (1).



Y, a su vez, don Pío Tristán, en representación de la Academia,se dirigió al Virrey, levantando los carqos. La Serna, dando muestras de un espíritu superior, se negó a decretar, de facto, la muerte de la Academia, respondiendo, desde Yucay, que "el Virrey actual del Perú por nada ni por nadie varía su marcha de la senda de la razón y de la justicia” y que no podía existir “sujeto alguno que interpele mi extensiva voluntad para el sostén de la Academia y que sólo ésta la revocaría si hay motivos fundados para ello” (comunicación de 29 de abril de 1824), por todo lo que, después de visto el primer expediente, mandó seguir juicio contradictorio. Sólo la Batalla de Ayacucho puso término a la contienda.

La Academia cumplió exitosamente con su labor docente desde 1821 has ta 1827, en que cesó ésta con la creación del Colegio de la Independencia y la Universidad, a cuyos centros pasaron a servir distinguidos miembros de aquélla.

Las cátedras que servía la Academia, según sus Constituciones, eran la de Escritorio, para preparar buenos cartularios y pendolistas, hábiles en Caligrafía, Ortografía, Aritmética y labores de Comercio; las de Filosofía, Derecho Natural, Civil y de Gentes, Medicina y Cirugía, Derecho Canónico, Bellas Artes, Religión y Lenguas extranjeras. Posteriormente se crearon otras más.

Los estudios que en ella se hacían sólo alcanzaron validez legal, al darse los Decretos de 26 de Noviembre de 1826 y de 21 de Mayo de 1827, por el Consejo de Gobierno (ratificados por la ley de 11 de Enero de 1828). Según sus disposiciones, sus certificados podían suplir al título de Bachiller en Abogacía y Medicina.

Desde 1827 decayó la labor que venía realizando como Ateneo, a base de las disertaciones de sus socios, pues éstas se cumplían rara vez.

Desde 1846 su única actividad quedó circunscrita al sostenimiento de una Academia dé práctica Forense, para lo que fue autorizada por ley.

Sus rentas, que las readquirió en 1825, las volvió a perder en 1827.

(1) .—Ibídem. 



Genio mecánico y relojero, introductor de la imprenta en Arequipa, estrenada con la impresión de las invitaciones para la inauguración de la Academia Lauretana (9/12/1821), y de la cual salieron los volantes y proclamas patrióticos, los primeros periódicos ("La Primavera de Arequipa y “La Estrella de Ayacucho") y obras de nuestros intelectuales. Honrando sus méritos, la Academia lo hizo su miembro “asociado", la posteridad lo ha proclamado como el “Gútemberg arequipeño” y el Municipio dio ingreso a su retrato, ofrendado por la Soc. Patriótica de Artesanos, en 1901, en la "Galería de Arequipeños Ilustres".




Último local de la academia Laureta en el atrio de San Agustín

Al fundarse el Colegio de Abogados, en 1911, quedó totalmente extinguida la Academia, pasando a aquél, junto con su local (en el atrio de San Agustín), los libros de su archivo (1).

Así transcurrió la vida de este célebre instituto que, en su tiempo, ofició como una verdadera universidad: no calcada al estilo medioeval (escolástica y dogmática), sino orientada al espíritu moderno (investigadora, polemista y, hasta cierto punto, liberal y revolucionaria).

Su liberalismo quedó de manifiesto, singularmente, al haberse emancipado de los prejuicios de la época, en cuanto a raza y clase social. En contraste con lo que, al respecto, establecían otras instituciones, como el Colegio de Abogados de Lima, para la aceptación de sus miembros, en la Academia las puertas estuvieron abiertas para todos, con excepción única de los ateos y disidentes del credo católico.


(1).—El primer libro de Actas y el retrato del fundador de la Academia se encuentran en el Archivo Histórico Municipal. El segundo Libro lo conserva el Convento de San Francisco. Su biblioteca pasó al Colegio de la Independencia y los legajos de sus disertaciones existen en la Sala "Medina” de la Biblioteca de Santiago, a donde fueron llevados por el Ejército Chileno, que ocupó Arequipa en 1883.


Habiendo resultado el Colegio de Abogados verdadero sucesor de la Academia, por razones de función, especialmente, el Gobierno le ha reconocido tal carácter (1), haciendo así honor a la demanda del Foro Nacional, según acuerdo adoptado por éste en el 3er. Congreso de Abogados, realizado en Arequipa, en 1961  (2).


(1) .—Dec. Ley 18056.


CONSIDERANDO: Que el 10 de Diciembre de 1821 fue instalada en Arequipa la Academia Lauretana, en cuya formación y desarrollo tuvieron los abogados destacada actuación en el fomento de las ciencias y artes, al servicio de la educación científica, política y moral de la juventud y, especialmente, de la práctica forense. 

Que desde su fundación, el Colegio de Abogados de Arequipa continúa la labor de la extinguida Academia, dirigiendo la práctica forense de los estudiantes de Derecho del Distrito Judicial, siendo así su legítimo sucesor y, por lo tanto, con derecho a ostentar tal título.
En uso de las facultades de que está investido; y con el voto aprobatorio del Consejo de Ministros; Ha dado el Decreto Ley siguiente:
Artículo Unico.— Declárase al Colegio de Abogados de Arequipa, sucesor de la Academia Lauretana.
Dado en la casa de Gobierno en Lima, a 18 de Dic. de 1969.
(2) .—A propuesta del autor de esta obra

Fuente:
Arequipa, en el paso de la Colonia a la República. Guillermo Zegarra Meneses.



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